"Hace unos días, The New York Times publicaba un reportaje
sobre una sociedad cuyos cimientos estaban siendo socavados por la
desigualdad extrema. Esta sociedad proclama que recompensa a los mejores
y más brillantes, independientemente de cuáles sean sus antecedentes
familiares.
En la práctica, sin embargo, los hijos de los ricos se
benefician de oportunidades y relaciones inaccesibles para las criaturas
de las clases media y trabajadora. Del artículo se desprende que la
brecha entre la ideología meritocrática de la sociedad y su realidad
cada vez más oligárquica está teniendo un efecto profundamente
desmoralizador.
El reportaje explicaba, en pocas palabras, por qué la desigualdad
extrema es destructiva, por qué suena hueca la afirmación de que las
desigualdades no son importantes siempre que haya igualdad de
oportunidades. Si la diferencia entre los ricos y el resto de la gente
es tal que los primeros viven en un universo social y material
diferente, con esto basta para vaciar de sentido cualquier noción de
igualdad de oportunidades.
Por cierto, ¿de qué sociedad estamos hablando? La respuesta es: de la
Escuela de Negocios de Harvard, una institución de élite actualmente
caracterizada por una profunda división interna entre los alumnos
corrientes y una especie de aristocracia de hijos de familias
adineradas. (...)
La cuestión, por supuesto, es que en Estados Unidos las cosas funcionan
como en la escuela, o incluso peor, algo que parecen confirmar los
últimos datos sobre la renta de los contribuyentes. (...)
Pero los ricos han vuelto con fuerza, hasta el punto de que el 95% de
los ingresos de la recuperación económica desde 2009 han ido a parar al
famoso “1%”. De hecho, más del 60% fue al 0,1% de la población con los
ingresos más altos, gente cuyas rentas anuales superan los 1,9 millones
de dólares.
Básicamente, mientras que la gran mayoría de estadounidenses vive aún
en una economía deprimida, los ricos han recuperado casi todas sus
pérdidas y siguen avanzando posiciones.
Un inciso: estas cifras deberían (aunque probablemente no lo harán)
acabar por fin con las pretensiones de que la desigualdad creciente se
debe tan solo a que a los que tienen un mejor nivel de instrucción les
va mejor que a los menos preparados. Solo una pequeña parte de los
licenciados universitarios accede al selecto círculo del “1%”, mientras
que muchos jóvenes con un alto nivel de formación —la mayoría, incluso—
están pasando por momentos muy difíciles.
Tienen sus títulos, con
frecuencia conseguidos a costa de adquirir deudas importantes, pero una
gran parte de ellos siguen sin empleo o están subempleados, mientras que
muchos más descubren que acaban realizando trabajos en los que no hacen
uso de sus costosos estudios. El licenciado universitario sirviendo
cafés en Starbucks es un tópico, pero refleja una situación
absolutamente real.
¿A qué se deben estos astronómicos ingresos de las clases más altas? (...)
Creo que ya he señalado que una gran parte de esas rentas superaltas
procede del sector financiero que, como posiblemente recordarán, es el
sector que los contribuyentes tuvieron que rescatar después de que su
inminente quiebra amenazase con arrastrar al fondo a toda la economía. (...)
En todo caso, sea cual sea la causa de la concentración creciente de la
renta en las clases más altas, el efecto es que está socavando todos los
valores que definen a Estados Unidos. Año tras año nos vamos apartando
de nuestros ideales. Los privilegios heredados están desplazando a la
igualdad de oportunidades, y el poder del dinero está ocupando el lugar
de la verdadera democracia. (...)" (
Paul Krugman
, El País, 15 SEP 2013 )
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