"(...) A mi modo de ver, la crisis presenta en estos momentos dos
dimensiones difícilmente reconciliables y que facilitan la consolidación
del status quo actual.
La primera dimensión es financiera y se
centra en el problema del endeudamiento generalizado que, en el caso de
la mayor parte de los países periféricos, se inició como un problema de
deuda privada y se convirtió en uno de deuda pública cuando se rescató
–y, por tanto, se socializó– la deuda del sistema financiero.
Los
niveles que ha alcanzado el endeudamiento, tanto privado como público,
son tan elevados que es imposible que esa deuda pueda reembolsarse
completa, y eso es algo de lo que se debe ser plenamente consciente por
sus consecuencias prácticas.
De eso, y del hecho de que, privados de
moneda nacional y con unas tasas de crecimiento del ratio deuda/PIB muy
superiores a las de la tasa de crecimiento económico, la carga de la
deuda se hace insostenible y se convierte en una bomba de relojería que
en algún momento estallará sin remedio.
La segunda dimensión es
real y se concreta en las diferencias de competitividad entre las
economías centrales y las economías periféricas. Esas diferencias se
encuentran, entre otros factores, en el origen de la crisis y el
problema de fondo es que no sólo no están disminuyendo sino que se están
ampliando.
Es más, la lectura de la reducción de los desequilibrios
externos de las economías periféricas al interior de la Eurozona como un
síntoma de que estamos en tránsito de superación de la crisis es
manifiestamente perversa porque desconsidera la tremenda repercusión del
estancamiento económico sobre las importaciones.
El vínculo de
conexión entre ambas dimensiones de la crisis lo constituye la posición
dominante alcanzada por los países centrales frente a los periféricos
y, en concreto, la posición alcanzada por Alemania en el conjunto de la
Eurozona, no sólo relevante por su peso económico sino también por su
control político de las dinámicas de reconfiguración de la Eurozona que
se están desarrollando con la excusa de ser soluciones frente a la
crisis pero que actúan, de hecho, reforzando su hegemonía.(...)
El problema se presenta cuando quienes únicamente están planteando
esa posibilidad de ruptura unilateral, de salida del euro, son los
partidos nacionalistas de extrema derecha, apropiándose de un
sentimiento de insatisfacción popular creciente contra el euro, frente a
una izquierda que sigue invocando la opción por unas reformas que
confrontan directamente con los intereses de quienes han puesto a su
servicio las potencialidades de dominación imperial por la vía económica
que facilita el euro.
Desde ese punto de vista, sería oportuno dejar de
visualizar al euro meramente como una moneda y pasar a asimilarlo a un
arma de destrucción masiva que está destruyendo no sólo el bienestar de
los pueblos europeos sino, también, el sentimiento europeísta basado en
la fraternidad entre esos pueblos que tanto trabajo costó construir.
El problema de credibilidad se agrava para la izquierda cuando, para
promover las reformas necesarias, se apela a la activación de un sujeto,
la “clase trabajadora europea”, que actúe como vanguardia en la
transformación de la naturaleza de la Eurozona.
Y es que la situación de
la clase trabajadora en Europa nunca se ha encontrado más deteriorada
en lo que a conciencia e identidad de clase se refiere, sin que ello
merme un ápice el hecho incontestable de que la relación salarial sigue
siendo la piedra de toque esencial del sistema capitalista.
Como
escribía recientemente Ulhrich Beck, vivimos la tragedia de estar en
momentos revolucionarios sin revolución y sin sujeto revolucionario. Ahí
es nada.(...)
O, por decirlo en otros términos, la ruptura con el euro no es condición suficiente pero sí necesaria
para cualquier proyecto de transformación social emancipatorio al que
pueda aspirar la izquierda.
Por lo tanto, reivindicar la revolución en
abstracto y, simultáneamente, tratar de preservar la moneda europea y
las instituciones y políticas que le son consustanciales en esta Europa
del Capital hasta que se den las condiciones europeas para su reforma,
constituye una contradicción en los términos que resta credibilidad ante
unas clases populares que parecen haber identificado al enemigo con
mayor claridad que los dirigentes de la izquierda.
Es por ello
que hasta que esa contradicción no sea asumida y superada y los
discursos políticos y económicos sean ambos de ruptura y corran en
paralelo; hasta que la salida del euro sea percibida no sólo como un
problema, sino también como parte de la solución a la situación
dependiente de las economías periféricas al abril el horizonte de
posibilidades para recomponerse como economías y buscar su senda de
desarrollo en la producción y provisión de bienestar de una forma más
autocentrada y menos dependiente de su inserción en la economía mundial;
hasta que deje de atenazarnos el miedo a romper las cadenas del euro
por carecer de certezas absolutas sobre cómo podría ser la vida fuera
del mismo, de la misma forma que atenazaba a quienes se negaban a romper
con el patrón oro tras la Gran Depresión de los años treinta del siglo
pasado; hasta que todo eso no ocurra sólo me queda pronosticar, con
pesar, un largo periodo de sufrimiento social y económico para los
pueblos y trabajadores de la periferia europea." (Alberto Montero Soler, Mientras tanto electrónico, en Rebelión, 02/01/2014)
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