(...) Y mientras esa operación, por ahora perfecta, se ejecutaba sin el
menor incidente y con el apoyo de la mayoría de la población, el
ministro de exteriores ruso le tocaba el violín al Secretario de Estado
John Kerry en una conversación telefónica: “Rusia no piensa violar la
soberanía de Ucrania”, dijo.
Más ducho que la ministra alemana,
un ex agente de la CIA citado por Bloomberg resumía así asunto; “están
eludiendo la impresión de una intervención militar abierta, pero eso es
lo que es”. Eso y algo más.
Puede que la situación sea confusa,
pero su lógica es meridiana: Moscú está tomando posiciones para una
crisis de largo recorrido. Lo hace de la forma que Occidente le ha
enseñado en los últimos años en medio mundo, desde Irak a Libia, pasando
por Kosovo: arrollando el derecho internacional.
La diferencia es que
Rusia lo hace en la tierra que sus ancestros conquistaron hace siglos y
defendieron en nombre de la madre Rusia, del zar, de Stalin y de la
patria, contra enemigos muy duros. Violación sí –porque Crimea pertenece
a Ucrania- pero con ciertos atenuantes: hay apoyo mayoritario de la
población y es respuesta a una jugada bastante turbia en Kíev, donde se
acaba de formar un gobierno que margina por completo a la minoría rusa y
a los representantes de la mayoría de ucranianos del sur y del este del
país, que, independientemente de lo que opinen de Putin, no desean una
Ucrania contra Rusia.
Compuesto a medias por favoritos de
Washington, ultraderechistas y neonazis del partido “Svoboda” y de la
organización “Pravy Sektor”, y magnates atlantistas, el nuevo gobierno
de Kíev tiene un futuro complicado. Además de no representar al conjunto
del país, se propone aplicar algo parecido a la desastrosa “terapia de
choque” aplicada en Rusia en 1992, bajo el dictado de las recetas de
Bruselas/Berlín y el Fondo Monetario Internacional.
De acuerdo con esa
ortodoxia se van a retirar subvenciones energéticas y agropecuarias que
son uno de los últimos sostenes de la economía popular local. Por eso,
el nuevo primer ministro, Arseni Yatseniuk, ha saludado al nuevo
gobierno diciendo, “bienvenidos al infierno”.(...)
el ministro de finanzas ruso, Antón Siluanov, le ha dicho a la Unión
Europea, que teóricamente ha conseguido todos sus objetivos en Kíev,
“les deseamos mucho éxito en esta operación de estabilización social y
económica que se parece a lo de hacer pasar al camello por el ojo de la
aguja”.
Mientras los occidentales se van dando cuenta del lío en el que
se han metido, Rusia toma posiciones preparándose para una larga partida
de ajedrez en su tablero nacional. Perderá el primero que de pasos en
falso." (Rafael Poch | Odesa, La Vanguardia, 01/03/2014)
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