"(...) Pero la distancia entre los que van tirando en el día a
día y los que dejan de hacerlo es cada vez más corta. Natalia, una
trabajadora social de 40 años que prefiere no dar su verdadero nombre,
tenía una situación económica acomodada hace pocos años. Vivía con su
marido y sus dos hijos en un chalé que habían adquirido en momento
álgido de la burbuja inmobiliaria.
Pero, tres años
después de divorciarse y tras perder su trabajo, comenzó un peregrinaje
nada grato por empleos mal pagados y a tiempo parcial. Finalmente, ha
tenido que dejar su casa y mudarse a la de su padre junto a sus hijos y
su nueva pareja.
El chalé ahora está en alquiler porque es la única
forma de seguir pagando la cuota mensual de la hipoteca, cercana a los
1.000 euros. "Estoy agotada. No sé si es el desánimo o la desilusión. O
todo", dice Natalia con un hilo de voz al otro lado del teléfono.
Hace tiempo que no puede asumir los gastos básicos, que corren a cuenta
de la pensión de su padre. Su nuevo hogar (en realidad, el de su padre)
es uno de los casi dos millones que, según la última EPA, tienen a
todos sus miembros activos en paro. También forma parte de ese 16,9% de
familias que dice llegar a fin de mes "con mucha dificultad" en la
Encuesta de Condiciones de Vida, lo que supone 3,4 puntos más que en
2012.
Ella tiene ocho meses de prestación acumulados,
pero no puede consumirlos porque dejó su último trabajo antes de ser
despedida. Su situación allí era insostenible.
Jorge, su pareja, tiene derecho a subsidio de 426 euros por 20 meses
más, pero probablemente se lo retirarán antes porque su hijo será en
menos de un año mayor de 25.
"Antes al menos sentía
que estaba en mi casa, que tenía algo mío. Ahora ya ni eso. Vivir
dependiendo de que otros te ayuden, porque solo así puedes seguir
adelante, machaca mucho y significa asumir una pérdida de indepedencia y
autonomía que ya habías alcanzado", asegura.
Entre
la incomprensión del "es lo que hay" y la frustración de buscar empleo
sin descanso y no encontrar, Natalia palia la angustia del día a día a
base de ansiolíticos. "Mi médico me dice que mi estado de ánimo no puede
considerarse depresión porque está justificado por la coyuntura. No me
deriva a salud mental, además, porque dice que está colapsado", cuenta.
Algunos estudios médicos ya han sacado a la superficie una relación directa entre crisis y salud mental. Es el caso de Screen (2006) e Impact (2010), dos trabajos que han analizado comparativamente la presencia de
ciertos síntomas en las consultas durante estos años.
Entre los
resultados, los más llamativos apuntan a un aumento del 19% de pacientes
que acuden a su médico de cabecera por problemas de sueño y un 12,8% de
los que lo hacen con síntomas de ansiedad." (Laura Olías
/
Sofía Pérez Mendoza
, eldiario.es, 04/06/2014)
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