6.7.14

Europa tiembla... mientras una mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de servidumbre contemporánea

"Europa tiembla. Está temblando desde inicios de los noventa, cuando la URSS se desmoronó. Este derrumbe es la gran clave de la historia contemporánea: algo como la caída del imperio romano de Occidente, en 476. (...)

Vivimos, en primer lugar, un temblor económico. Europa occidental ya no es el escaparate lujoso que el capitalismo exponía ante los países comunistas, para tentarlos con el cuento del bienestar basado en el hada madrina del capital. Poco a poco, en un angustiante goteo, las reglas generales del mundo se cuelan en nuestro continente: existe una esfera social privilegiada, que habla de recuperación económica, mientras una mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de servidumbre contemporánea.

Existe, además, un temblor político. Los misiles soviéticos apuntados a las capitales de Europa occidental eran una fuente permanente de cordura para los hombres públicos. Todo el proceso de aproximación entre los países de nuestro continente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX tuvo, como una de sus bases, la necesidad de sobrevivir ante la inmensa amenaza soviética. 

Y ahora, aunque sigue habiendo misiles, ya no es lo mismo. Podemos considerar el regreso a los viejos países.

El temblor económico y el político se dan la mano y ahí está un consecuente estremecimiento fronterizo. Ese suave seísmo de las lindes nacionales nos muestra bien tres posibilidades que tienen, que siempre han tenido, las viejas culturas europeas. 

Primera: ser tragedias, como ocurrió en la antigua Yugoslavia y está ocurriendo, en parte, en Ucrania. 

Segunda: transformarse en islas, en castillos que, sin dejar de relacionarse con las otras naciones, controlan cuidadosamente sus murallas. Ahí están Noruega y Suiza. 

Por fin, seguirá habiendo confederaciones: casi siempre las ha habido en Europa.

La reunificación alemana ha contribuido para todo este desequilibrio. Hoy en día, está claro que Francia y el Reino Unido no se sienten cómodos con el actual poder germánico. La nación gala refunfuña: el país de las revoluciones está cogiendo carrerilla para armar un buen motín. Los británicos, aparentemente, quieren volver a lo suyo de ser isla. Por otra parte, el pegamento monetario del euro no acaba de funcionar.  (...)

El autor de estas líneas es un europeísta. Ve con tristeza las banderas nacionales renaciendo por todas partes. Todos los días los viejos países se afirman, y Europa retrocede. Ya no están ahí los misiles soviéticos para hacernos entrar en razón. En Europa, parece, van a pasar cosas. 

Después de la cuesta de la austeridad, estamos en la parte de arriba de una montaña rusa. Antes de zambullirnos en la turbulencia política que se avecina, conviene que sepamos qué casilla es la nuestra en el tablero europeo. Conviene, también, que tengamos claro si queremos ser tragedia, isla o confederación."           (Portugal y el temblor de Europa, de Gabriel Magalhães en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 04/07/2014)

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