"Europa tiembla. Está temblando desde inicios de los noventa, cuando la
URSS se desmoronó. Este derrumbe es la gran clave de la historia
contemporánea: algo como la caída del imperio romano de Occidente, en
476. (...)
Vivimos, en primer lugar, un temblor económico. Europa occidental ya
no es el escaparate lujoso que el capitalismo exponía ante los países
comunistas, para tentarlos con el cuento del bienestar basado en el hada
madrina del capital. Poco a poco, en un angustiante goteo, las reglas
generales del mundo se cuelan en nuestro continente: existe una esfera
social privilegiada, que habla de recuperación económica, mientras una
mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de
servidumbre contemporánea.
Existe, además, un temblor político.
Los misiles soviéticos apuntados a las capitales de Europa occidental
eran una fuente permanente de cordura para los hombres públicos. Todo el
proceso de aproximación entre los países de nuestro continente a lo
largo de la segunda mitad del siglo XX tuvo, como una de sus bases, la
necesidad de sobrevivir ante la inmensa amenaza soviética.
Y ahora,
aunque sigue habiendo misiles, ya no es lo mismo. Podemos considerar el
regreso a los viejos países.
El temblor económico y el político se
dan la mano y ahí está un consecuente estremecimiento fronterizo. Ese
suave seísmo de las lindes nacionales nos muestra bien tres
posibilidades que tienen, que siempre han tenido, las viejas culturas
europeas.
Primera: ser tragedias, como ocurrió en la antigua Yugoslavia y
está ocurriendo, en parte, en Ucrania.
Segunda: transformarse en islas,
en castillos que, sin dejar de relacionarse con las otras naciones,
controlan cuidadosamente sus murallas. Ahí están Noruega y Suiza.
Por
fin, seguirá habiendo confederaciones: casi siempre las ha habido en
Europa.
La reunificación alemana ha contribuido para todo este
desequilibrio. Hoy en día, está claro que Francia y el Reino Unido no se
sienten cómodos con el actual poder germánico. La nación gala
refunfuña: el país de las revoluciones está cogiendo carrerilla para
armar un buen motín. Los británicos, aparentemente, quieren volver a lo
suyo de ser isla. Por otra parte, el pegamento monetario del euro no
acaba de funcionar. (...)
El autor de estas líneas es un europeísta. Ve con tristeza las banderas
nacionales renaciendo por todas partes. Todos los días los viejos países
se afirman, y Europa retrocede. Ya no están ahí los misiles soviéticos
para hacernos entrar en razón. En Europa, parece, van a pasar cosas.
Después de la cuesta de la austeridad, estamos en la parte de arriba de
una montaña rusa. Antes de zambullirnos en la turbulencia política que
se avecina, conviene que sepamos qué casilla es la nuestra en el tablero
europeo. Conviene, también, que tengamos claro si queremos ser
tragedia, isla o confederación." (Portugal y el temblor de Europa, de Gabriel Magalhães en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 04/07/2014)
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