"(...) En cuanto a los principios, hay uno especialmente caro a la teoría de
la democracia, el voto igual. En España la Constitución lo recoge, pero
solo a título ornamental.
En realidad tenemos el voto más desigual de
toda Europa, y uno de los más desiguales del mundo. Tiene sentido,
porque si los ciudadanos de este país tuviéramos garantizado un voto
igual, la manipulación sería mil veces menos sencilla de llevar a la
práctica.
En otros lares no ocurre lo mismo. Un ejemplo perfecto
de lo que significa que un derecho deje de ser una vaguedad jurídica
perfectamente metafísica y se convierta, de la noche a la mañana, en un
derecho justiciable con todas las de la ley lo ofreció Estados Unidos en
los años 60.
Allí tenían con la desigualdad del voto un problema
idéntico al que tenemos en España. Entre nosotros, como es sabido, para
elegir un escaño en Soria bastan unos 25.000 votos, mientras que para
elegirlo en Barcelona hacen falta 130.000. Con los distritos electorales
estadounidenses ocurría exactamente lo mismo. Pero ahí uno de los
ciudadanos perjudicados se fue a los tribunales y alegó que se estaba
violando su derecho al voto igual. Y la cosa llegó al Tribunal Supremo.
Lo
primero que tal tribunal tuvo que decidir es si aquello era una
cuestión justiciable. Esto es, si ahí se encontraba envuelto un derecho,
y por tanto el Tribunal Supremo debía inmiscuirse y protegerlo, o si no
había derecho alguno y todo era una cuestión política que debían
solventar los políticos.
El Tribunal se pronunció en 1962, en la
sentencia Baker vs. Carr. Y lo que dijo fue que por supuesto que ahí
había envueltos derechos fundamentales, y que por tanto la cosa era
justiciable.
Pero hubo que esperar a una segunda sentencia para
que el Tribunal entrara en el asunto, es decir, para que hiciera
justicia con lo que ya era justiciable. Fue en 1964, en la sentencia
Wesberry vs. Sanders.
Allí las palabras del juez Warren, presidente del
Tribunal, delinearon para siempre el principio del voto igual: “los
legisladores representan a la gente, no a los árboles ni a las
hectáreas. Los legisladores son elegidos por la gente, no por las
granjas, ni por las ciudades ni por los intereses económicos”. Qué
simple, pero qué magnífico a la vez, ¿verdad?
Esa sentencia —una
sentencia emitida por un Tribunal independiente del poder político— tuvo
un efecto similar al de un terremoto electoral. Imagínense ustedes.
Tardaron décadas en delimitar de nuevo todos los distritos y en hacer
así que los estadounidenses tuvieran garantizado el voto igual. Y todo
porque un ciudadano, uno solo, acudió al juzgado de su localidad y al
final del proceso un tribunal independiente le dio la razón a él contra
todo el sistema político. Se llama Estado de Derecho, y a veces
funciona. Y, cuando ocurre, es sencillamente maravilloso.
Pero
aquí, ¡ay!, aquí la W que nos ha tocado en suerte no es la W de Warren…
sino la de W de Wert. Aquí no sólo es que el voto desigual se permita y
que no haya mecanismos jurídicos para erradicarlo. Aquí es que se
defiende públicamente su conveniencia, como si fuera algo normal y no la
vulneración de un principio democrático elemental.
Vean, en estas
mismas páginas, el artículo de José Ignacio Wert Sistema Electoral,
entre equidad y eficacia, del 20 de abril de 2010. Encontrarán en él una
inusitada defensa del voto desigual en aras de cierta “eficacia”… que
consiste en que el PP y el PSOE se turnen en el poder. Y si para ello el
voto de unos españoles ha de valer menos que el de otros, pues nada,
adelante. Cero problemas. (...)
Algo que, como es sabido, comenzó a cambiar con el 15M. El sistema
electoral (circunscripción única y listas abiertas) era y es su primera
reivindicación. Aunque sin duda es pronto para saber qué pasará, si la
formidable repolitización de la sociedad que entonces inició su andadura
logrará cambiar las cosas o si todo volverá por donde solía, no lo es
para afirmar que, pase lo que pase, la razón democrática no está con los
que asumen como normal la manipulación de la ley electoral en beneficio
propio, sino con los que desean que todos, también los que no piensan
como uno mismo, estén representados por igual. A eso le llaman
democracia y sí lo es." (
Jorge Urdánoz Ganuza
, El País, 3 OCT 2014)
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