"(...) ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué cree que se presta tanta atención al ‘libre comercio’?
El problema no es el comercio en sí, sino el estancamiento
o declive en las condiciones de vida de la clase trabajadora en EE.UU.
Por tomar solo un indicador: el salario medio de los trabajadores ‘no
supervisores’ es hoy un 10% más bajo que en 1973.
Los sueldos llevan
estancados, en el mejor de los casos, cuarenta años, al tiempo que se
disparaba la productividad. Se ha creado una clase de gente, y sus
familias, que vive peor que hace una generación. Eso es algo que nunca
antes había sucedido en EE.UU.
El comercio con otros países es una de
las causas, pero desde luego no la única. Trump se ha aprovechado de
este panorama poniendo el acento en el comercio, y obviando otros
factores. En cierta medida, es lo más fácil, porque le permite echarle
la culpa de todo a “los mexicanos” o “los chinos”.
Ha mencionado otros factores. ¿Cuáles son?
Para empezar, la ausencia de una política industrial que
promueva la manufactura estadounidense y el desarrollo de la economía
‘verde’. Por otro lado, la falta de inversión pública que renueve
nuestra maltrecha infraestructura, lo que redundaría en creación de
empleo.
Y luego están los asuntos puramente ‘distributivos’, como el
desvanecimiento del poder de los sindicatos, que defendían a los
trabajadores y lograban aumentos salariales. Si nos fijamos en Alemania,
por ejemplo, el salario medio en la industria es un 43% más alto que en
EE.UU. Y, sin embargo, son una potencia exportadora.
Lo son porque
tienen una política industrial muy activa, que promueve todo lo que
nosotros no promovemos, como la infraestructura, la investigación y el
desarrollo, la formación de los trabajadores o los programas de empleo.
No digo que Alemania sea una utopía (...)
¿Qué se puede hacer, desde la política, para frenar algunos de los efectos nocivos de la integración global?
Incluso si estamos de acuerdo en que abrir las puertas al
comercio es bueno para un país, porque aumenta su capacidad productiva,
siempre se ha entendido que el comercio es malo para los trabajadores de
los países ricos. Es algo que viene implícito en la teoría básica, pero
que los economistas a menudo preferimos ignorar.
Nos centramos en la
primera parte –que el comercio aumenta la eficiencia—, pero eso no
quiere decir que sea bueno para la igualdad. Como mínimo, son necesarias
políticas redistributivas sustanciales para los trabajadores
desplazados por el comercio, que pierden su trabajo por la competencia
salarial de otros países. Estas existen, pero son tan mínimas que los
sindicatos las llaman, con acierto, ‘seguros de entierro’. Hay que
tomarse esas políticas de asistencia más en serio.
Pero lo más
importante, más allá de tratar los síntomas de la integración global, es
propugnar la inversión pública en infraestructuras y energías
renovables, además del gasto de los gobiernos locales en educación y
sanidad. En lugar de recortar esas inversiones, como hacemos ahora,
deberíamos expandirlas, porque son buenas para el bienestar social y
crean empleo. Eso es lo fundamental, fortalecer la economía doméstica.
Si EE.UU. hiciera lo que dice, los trabajadores de otros países lo pagarían muy caro, ¿no cree?
Por eso los países, sobre todo los más ricos y los
gigantes emergentes, como China e India, deberían permitir que sus
mercados internos crezcan aumentando los salarios de sus trabajadores.
De este modo, no dependerían tanto del comercio exterior.
No estoy en
contra del comercio, pero no debería ser la pieza fundamental del
bienestar nacional. Así, si EE.UU. lograse cerrar la brecha de su
déficit comercial por medio de la política industrial, no lo haría en
detrimento de otros países, ya que estos estarían creciendo a base de
salarios más altos y consumo doméstico. (...)
Trump se dirige a menudo a la clase trabajadora, y
ha basado gran parte de su éxito en el apoyo que tiene entre los
obreros, en especial los de raza blanca. ¿Se beneficiarían estos de sus
políticas económicas?
Tomadas en su conjunto, no creo que sus propuestas
beneficiasen a la clase trabajadora. Aunque son tan incoherentes que es
difícil de entender qué propone realmente. Su principal rasgo es la
agresividad. A veces habla de imponer aranceles del 35% a China.
Eso
supondría un trastorno enorme para la economía global. EE.UU. tiene una
relación simbiótica con toda Asia. Decir: “EE.UU. tiene que cerrar su
déficit comercial” es algo con lo que yo estaría de acuerdo. Pero ser
tan agresivo con China, o con México, haría que la economía se volviera
mucho más frágil. No es la manera de solucionar nada.
A Hillary Clinton se le acusa a menudo de ser
demasiado cercana a Wall Street. ¿Se ve reflejada esa cercanía en sus
propuestas o su discurso económico?
Creo que sí. El problema con los demócratas, incluido
Obama, ha sido la implementación. La ley de regulación financiera
Dodd-Frank está bastante bien sobre el papel a la hora de limitar los
excesos de Wall Street, pero sigue estancada, seis años después de
aprobarse, y casi no se ha puesto en práctica.
Las regulaciones
propuestas en el programa de Clinton son razonablemente buenas. El
problema, de nuevo, recaerá en la implementación. Si uno es tan cercano a
Wall Street… si no es firme a la hora de hacer cumplir las políticas, o
de nombrar a los reguladores adecuados, las propuestas no importan.
Que
el programa contenga ciertas cosas no quiere decir que luego se vayan a
poner en práctica. No es un problema de Clinton, sino del Partido
Demócrata históricamente.
A Clinton le gusta alardear de los éxitos
económicos de la presidencia de su marido. En los debates de la campaña
ha celebrado el aumento de la calidad de vida en los noventa. Usted
escribió un libro sobre la política económica de aquellos años y sus resultados. ¿Cuál es su veredicto?
Lo que dice es falso si uno se centra en datos básicos y
no los que más le convienen en cada momento. Durante los ochos años de
mandato de Bill Clinton, los salarios se estancaron. No aumentaron, ni
siquiera en comparación con la época de Ronald Reagan.
Otro indicador
básico, como la tasa de pobreza individual, se mantuvo al nivel de la
era Reagan y por encima de los gobiernos de Jimmy Carter o Richard
Nixon. Lo mejor que se podría decir es que el saldo de su gobierno fue
mediocre en lo económico.
Es cierto que en los últimos dos años hubo un
gran boom, pero estuvo basado en una gran burbuja tecnológica, la de las puntocom.
Y Bill Clinton culminó su presidencia con la desregulación financiera,
al derogar la ley Glass Steagall, de los años treinta. Eso nos llevó,
directamente, a la burbuja y el crash de 2007.
Y usted tiene la impresión de que Clinton continuaría con esa tradición…
Nadie puede saberlo con certeza. Pero sí creo que
continuará la línea de los Demócratas ‘de centro’. Hoy en día, eso se
traduce en políticas neoliberales, a favor de Wall Street, y poco apoyo a
la regulación financiera, los aumentos salariales o la política
industrial.
Dada la dicotomía entre Clinton y Trump, ¿cree que
la trayectoria de declive en las condiciones de vida que ha mencionado
al principio de la entrevista se verá alterada a partir de noviembre?
Desgraciadamente, no lo creo. Resulta irónico, pero Trump
es el más agresivo de los dos a la hora de denunciar que las cosas no
han ido bien en mucho tiempo, y hay que mejorar la situación. Por eso su
mensaje ha calado entre la clase trabajadora.
Clinton ni siquiera habla
de esos problemas. Pero no creo que Trump tenga la intención, ni la
capacidad, ni tan siquiera un programa coherente para resolver ninguno
de esos problemas. Así que sí, diría que al margen de quién salga
elegido, lo más probable es que continúe esa trayectoria descendente.
La
única manera de que esto cambie de manera significativa es que la
facción del espectro político de Bernie Sanders gane influencia, ya sea
bajo una presidencia de Trump o, lo más probable, de Clinton. Sanders es
el que más se ha aproximado a articular una visión alternativa
igualitaria.
Así que, si hay alternativa, ¿será después de las elecciones?
Eso es. A mí ya se me han acercado varios grupos que
tratan de organizar movimientos de resistencia, gane quien gane. La
Historia nos sorprende a menudo. Los movimientos sociales pueden ganar
impulso. ¿Habías oído hablar de Bernie Sanders hace año y medio? " (Entrevista a Robert Pollin, Álvaro Guzmán Bastida, CTXT, 11/10/16)
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