20.3.17

La clase media es consecuencia del Estado social, esto es, después de que el socialismo histórico se convirtiera en Estado... y muere con él, en 1992, cuando el tratado de Maastricht acaba con ese estado social...

"(...)  Su libro une democracia española a una creación forzada de la clase media. ¿Es fatal esa relación? ¿Cómo se encuentran la democracia y la clase media esta mañana a primera hora?

Toda clase media es una creación “forzada”. La clase media no se produce en las “relaciones de mercado”, por decirlo de forma clásica, en el desigual reparto de la propiedad y el control sobre los medios de producción. En ese espacio solo hay lugar para los desheredados, los pequeños propietarios y los grandes propietarios. 

La clase media se fabrica a posteriori, tras la intervención del Estado; su intervención como regulador del mercado de trabajo, como seguro colectivo frente a la fragilidad de la existencia (enfermedad, vejez, etc.), como mecanismo parcial de redistribución de la riqueza, como empleador de un cuerpo social protegido frente a los vaivenes del mercado (el funcionariado), como garante de determinados títulos educativos proporcionados en su mayoría por él mismo.

 La clase media es consecuencia del Estado social, esto es, después de que el socialismo histórico se convirtiera en Estado.

Plantea la clase media en España como algo que se construía a la vez que, en cierta manera, se destruía, a la sombra del Estado. Da por finalizada la clase media muy tempranamente tras el 78,  antes del siglo XXI, y dibuja que, como quien dice, la clase media afecta a una sola generación, la de la Transi. ¿El futuro político pasa por gobernar para esa generación?

En realidad en el caso español y en general en Europa, la crisis de la clase media se debe situar un poco después. Una fecha aceptable podría ser la firma y aplicación del Tratado de Maastricht, de 1992 en adelante. 

Es el acta de desmantelamiento del Estado social, al tiempo que se aplican límites claros al gasto público como recurso ilimitado para la pacificación social. Desde entonces, también, se decreta que los servicios sociales van a ser un territorio privilegiado para el negocio, un nicho de acumulación para un capitalismo en crisis: liberalización de servicios, externalizaciones, privatizaciones, partenariados público-privados, amén de fondos de pensiones, seguros médicos privados, créditos al estudio, etc. 

Por eso la generación forjada en la Transición es la última que propiamente vive la edad dorada de las clases medias españolas tópicamente identificadas con la primera década de gobierno socialista. La paradoja es que esta época coincide con el desmantelamiento dramático de la clase obrera como sujeto político, y también como espacio cultural propio. 

Así se explica que en los ochenta del siglo XX convivieran la nueva jet set de Marbella y el “enriqueceos” de Solchaga con la heroína, expresión última de la devastación y la falta de horizontes de la juventud “de barrio”. La centralidad de esta generación reside en su propia identificación con esos “años buenos” de la democracia española.

¿Qué sucederá a la clase media? ¿Vuelta a la clase obrera? ¿Una lumpenclase media, o clase media precaria?

El término “lumpen” es aquí del todo apropiado, como una combinación de “casi” y “cutre”; la actual clase media es un “sí pero no”, que puede derivar en toda clase de monstruos políticos, pero también de esperanzas. La aspiración a una vida tranquila, con futuro y garantizada, aparentemente como resultado del trabajo y el esfuerzo propio (pero en realidad solo gracias a la intervención del Estado), seguirá dando formato a la gran mayoría de la sociedad. 

El problema es la gestión de esta aspiración cuando ya no es viable más que para segmentos de población muy determinados. De momento podemos decir que la crisis de la clase media (del ciclo que va de la crisis de la socialdemocracia a la crisis del “social-liberalismo”) ha dado lugar a fenómenos tan dispares como Podemos y el Front National, Syriza y el Brexit, Cinque Stelle y Alternativa por Alemania.

La Europa de dos velocidades, que parece que se está dibujando, ¿son dos Europas, y una sin clase media?

Más bien resulta de un problema común a todos los países (la crisis del capitalismo europeo en el marco de la globalización financiera), pero que tiene expresiones políticas distintas, según la posición económica de cada país y de su propia experiencia como “centro” del mundo. En los países de memoria imperial reciente, la tentación nacionalista y el repliegue a la grandeur patria tiene reflejos políticos en su propia crisis social.

El nacionalismo autoritario y racista es parte de la historia de Europa. En el sur del continente se ha producido, en cambio, un giro a la izquierda. Pero incluso en Syriza o en Podemos resuenan elementos parecidos a los que se escuchan en el norte: la demanda de soberanía nacional, el retorno a los viejos tiempos de la sociedad garantizada y protegida… 

No creo que las experiencias de Syriza o Podemos vacunen definitivamente a estas sociedades frente a expresiones políticas de lo que cada vez más se llama “populismo de derechas”.

En su libro une el 15M y Podemos a una autopercepción de clase media. ¿Vienen a ser un quejido, una añoranza o una despedida?

Sin duda un “quejío”, pero que se puede interpretar de distintas maneras. El 15M y todo el ciclo político ha basculado entre dos polos. De un lado, la aspiración a una radicalización democrática, que es consustancial a la crítica de la representación y, por lo tanto, al Estado como monopolista de lo político.

 Lo que traducido en términos sociales podría ser algo así como una superación de la clase media por medio de la democracia radical y un amplio programa de distribución. De otro, un anhelo de restauración de la meritocracia, de la democracia representativa como ideal de buen gobierno y legítimo mecanismo de distribución y reparto social. 

En este último polo se encuentran las interpretaciones más conservadoras del ciclo, y obviamente la que ha impulsado el grueso de la apuesta institucional liderada por Podemos.  (...)

Plantea, si me permite, España como un Estado casi fallido, que nunca acaba de fallar. ¿Por qué lo fallido, por aquí abajo, nunca falla?

Esa es la condición de los Estados actuales, no sólo de España sino de todos los Estados. Si quieres una fórmula sencilla: los Estados “fallan” más cuanto más te alejas del centro. La regla principal, aunque no es la única, de la crisis del Estado es que ésta depende del volumen de recursos que, por su posición en la división internacional del trabajo, logra captar y gestionar. 

Por eso los Estados fallidos son los más pobres y los más dependientes. España (el Estado-España) tiene muchos rasgos idiosincráticos pero no escapa a esta regla que se aplica también a Italia, Grecia y Portugal como variantes de un mismo caso: crisis en la superficie, en el sistema de partidos, pero no tanto del núcleo duro del Estado.

Inserta la crisis económica, dura, en una crisis de largo recorrido, como la crisis política española y la crisis de la democracia. ¿Qué nos queda por vivir?

Años interesantes, quizás desgraciadamente, al menos para quienes tengan casi toda la vida por delante. La palabra que gobierna el futuro es incertidumbre. La idea de progreso no va a complacer a aquellos que todavía la defienden. 

La decadencia de Occidente no es como la que señalaron los reaccionarios de hace 100 o 150 años, no es el viejo mundo que se descompone, es el nuevo colapsando y para el que no hay recambio.

 Es la crisis de un capitalismo global, gripado en sus formas de funcionamiento tradicionales, empujado a una espiral de financiarización bastante enloquecida, incapaz de encontrar instituciones de regulación como en tiempos fuera el Estado-nación. Es un capitalismo triunfante, sin contraparte, pero también en el que no se dibuja ninguna salida clara a sus propias contradicciones. 

Valga como ejemplo que todo lo que empujó a la crisis global de 2007 (el apalancamiento bancario, el exceso de capacidad productiva a nivel global, la tendencia a suplir por vías financieras la caída de los beneficios empresariales, y en otro orden la crisis del Estado y de las clases medias) persiste 10 años después, sin ninguna modificación sustantiva." (...)"                (Entrevista a Emmanuel Rodríguez, historiador y sociólogo, de Guillem Martínez, CTXT, 10/03/17)