3.5.17

Corea del Norte: razones y sinrazones de una crisis

"La escalada de tensiones en la península coreana pone, objetivamente, al mundo al borde de una catástrofe de incalculables proyecciones. Tal como muchos observadores lo han repetido, Corea del Norte (nombre oficial: República Democrática Popular de Corea) no es Libia, no es Irak, no es Afganistán y tampoco es Siria. 

A diferencia de estos cuatro países, Pyongyang tiene una capacidad de retaliación que ninguno de aquellos jamás poseyó. Y, como lo recuerda periódicamente Noam Chomsky, Estados Unidos sólo ataca a países indefensos, nunca a los que tienen capacidad de respuesta militar. En estos días, a estas horas, un tremendo operativo naval se está desplegando a escasos kilómetros del litoral norcoreano. (...)

Días atrás Mike Whitney, un estadounidense especializado en el análisis de la política internacional, publicó un excelente artículo en el periódico digital CounterPunch que arroja luz para entender en toda su complejidad los acontecimientos “en pleno desarrollo”, como dice nuestro Walter Martínez, en la península coreana. 

En esa nota, sugestivamente titulada “El problema es Washington, no Corea del Norte” Whitney recuerda que en los 64 años transcurridos desde la finalización de la Guerra de Corea el gobierno de Estados Unidos hizo todo lo que estuvo a su alcance para castigar y humillar a Corea del Norte. Provocó letales hambrunas; le impidió a Pyongyang la llegada de capitales extranjeros y de acceder a mercados externos y créditos internacionales que jamás les negó a regímenes criminales como los de Pinochet, Videla, Stroessner, Somoza y otros de su calaña; le impuso tremendas sanciones económicas y como si lo anterior fuera poco instaló –con el consentimiento del gobierno cliente de Corea del Sur- baterías de misiles y bases militares a lo largo de la frontera en el Paralelo 38.  (...)

Como asegura nuestro autor, si hay un país que necesita armas nucleares ese país es Corea del Norte. 

Y pone un ejemplo bien didáctico: ¿cómo reaccionaría la Casa Blanca si un gobierno enemigo desplegara portaviones y una flota de mar en las costas de California al paso que hiciera ejercicios militares conjuntos en la misma frontera mexicana con la anuencia del gobierno de ese país? 

Obviamente que los estadounidenses se sentirían amenazados y tratarían de prevenir lo peor haciendo gala de su poderío retaliatorio. Y precisamente eso es lo que está ocurriendo. Y si Kim Jong-Un no corrió la misma suerte que Gadaffi y Saddam Hussein es por dos razones: primero, porque su país no reposa sobre un mar de petróleo y, segundo, porque tiene capacidad militar suficiente, aún después de un ataque, “para reducir a cenizas a Seúl, Okinawa y Tokio”. 

¿Suena exagerada esta aseveración de Whitney? Leamos lo que dijera la semana pasada Max Baucus, ex embajador de Estados Unidos en China durante la administración Obama. Preocupado por el estilo de “macho duro” que quiere imponer Trump en las relaciones internacionales Baucus dijo estar seguro que “el Pentágono y el Departamento de Estado y todos su asesores le han explicado al presidente que un ataque misilístico iniciado por Estados Unidos tendría consecuencias absolutamente desastrosas y cataclísmicas, y creo que Trump es lo suficientemente inteligente como para no querer tal cosa.”  (...)

un informe reciente sugestivamente titulado “Los estadounidenses se olvidaron de lo que hicieron en Corea del Norte” permite colocar el asunto bajo una luminosa perspectiva. En esa nota, que me voy a permitir citar en extenso, se afirma que “durante la Guerra de Corea EEUU arrojó más bombas en Corea del Norte de las que había arrojado en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

 Esto incluía 32.000 toneladas de Napalm a menudo deliberadamente lanzada en contra de objetivos militares y civiles por igual, devastando al país muy por encima de lo que hubiera sido necesario para terminar la guerra.” 

En este mismo informe el periodista norteamericano Blaine Harden afirma que “a lo largo de esos tres años exterminamos un 20 por ciento de la población norcoreana”, según lo atestiguara el Jefe del Comando Aéreo Estratégico de EEUU Curtis LeMay, un criminal serial que redujo Tokio a cenizas cuando Japón estaba totalmente derrotado. Dean Rusk, que a su vez fue Secretario de Estado del progresista John F. Kennedy y del conservador texano Lyndon Johnson dijo también con indisimulado y criminal orgullo que “bombardeamos cada cosa que se movía en Corea del Norte y cada ladrillo apilado sobre otro”.

 Una vez que no quedó nada en pie en ninguna ciudad las valientes tropas de Estados Unidos “se dedicaron a bombardear plantas hidroeléctricas y represas para el riego, a los efectos de inundar los campos y destruir las cosechas”, provocando tremendas hambrunas. En Enero del 1953, cuando las fuerzas de la resistencia coreana estaban diezmadas y los que quedaban vivos exhaustos los estadounidenses bombardearon durante dos días ininterrumpidamente a Pyongyang …. 

Al final del ataque quedaban en esa ciudad apenas unos 50.000 habitantes, de los 500.000 que antes había.” El número de víctimas fatales durante la guerra superó los dos millones de habitantes, sobre un total de unos diez millones. Si Corea del Norte no sucumbió fue por la ayuda, principalmente alimentos, recibida de China y la Unión Soviética mientras que los Estados Unidos convirtieron a ese país en un páramo: sin comida, sin cosechas, sin electricidad, sin nada.

Mucho después, en una carta enviada al Washington Post, el ex presidente James Carter manifestó que “Pyongyang ha enviado consistentes mensajes a Washington indicando que está preparada para firmar un acuerdo que ponga fin a sus programas nucleares, sometiéndose a las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica y también para firmar un Tratado de Paz que reemplace al precario “cese del fuego” transitorio que se estableció en 1953. 

El problema es que Estados Unidos no quiere negociar absolutamente nada con un régimen que si bien no derrotó a las tropas americanas como ocurriera en Vietnam las obligó a un vergonzoso repliegue y a firmar un armisticio. Es que la Roma americana, como decía Martí, no negocia con nadie aunque la realidad es otra. Pero no lo hace con países o pueblos considerados inferiores.  (...)

La soberbia y la barbarie imperiales, al igual que su patología belicista, siguen siendo factores determinantes de la política exterior de Estados Unidos.  (...)

 Pero sus socios y laderos en Extremo Oriente, en su nerviosismo, le han transmitido un mensaje muy claro a Trump: un ataque a Corea del Norte provocaría una catástrofe de proporciones en Corea del Sur y Japón y las víctimas civiles, que seguramente se contarían por decenas de miles, superarían con creces a las militares. 

Será tal vez por eso que Trump sorprendió a propios y ajenos cuando hace unas pocas horas (esta nota se escribe al anochecer del 1º de Mayo de 2017) anunció en una entrevista con la Agencia de noticias Bloomberg que “Si fuera apropiado reunirme con él –se refiere a Kim Jong-Un- lo haría absolutamente. Me sentiría honrado de hacerlo. Siempre y cuando ocurra bajo las circunstancias correctas. 

Pero lo haría”. Si se iniciaran las negociaciones que Corea del Norte viene reclamando hace largo rato las chances de evitar una tragedia termonuclear (cuyas consecuencias se sentirían en todo el planeta y no sólo en el Sudeste asiático) se incrementarían sensiblemente y este planeta se convertiría en un lugar un poco más seguro para vivir. 

Habrá que ver como reaccionarán los “halcones” que pululan en Washington y los mercaderes de la muerte del “complejo industrial-militar” ante la sorprendente declaración del presidente de los Estados Unidos, y si este será fiel a sus dichos. Ojalá que así sea. "                     (Atilio A. Boron  , Rebelión, 02/05/17)

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