"Un fantasma recorre las democracias, el de los populismos.
Y el miedo a la pérdida del estatus material es el motor del gran
resentimiento de una parte de la ciudadanía que los genera. El adjetivo
populista se utiliza con profusión para cosas muy distintas. (...)
El sociólogo francés Pierre Rosanvallon ha escrito que el
populismo nace de una crisis derivada del punto de encuentro entre el
desencanto político y la creciente conciencia de su impotencia por parte
de la ciudadanía, la ausencia de alternativas y la opacidad del mundo
resultante. Vallespín y Bascuñán recuerdan que no hay explicaciones
unidireccionales o monocausales.
Para entender el populismo de nuestro
tiempo, y su crecimiento, hay que tener en cuenta, entre otros, los
siguientes factores: los socioeconómicos, los culturales y
psicosociales, los políticos, y las nuevas formas de comunicación (las
redes sociales), producto de una profunda reestructuración del espacio público.
El analista José María Lasalle desarrolla en otro libro
(Contra el populismo. Cartografía de un totalitarismo pomoderno,
Debate), el papel de los factores económicos: la Gran Recesión ha hecho
nacer una especie de proletariado emocional que se ha visto privado de
la fe en el progreso.
La conciencia de clase de ese proletariado
emocional surge con la difusión de las imágenes de los empleados de
Lehman Brothers abandonando con sus cajas las oficinas del templo de
prosperidad neoliberal tras el seísmo que supuso su quiebra el 15 de
septiembre de 2008. Sus componentes se saben parte de una clase
despojada de su derecho a confiar en el futuro, a ser feliz y a
disfrutar de mayor prosperidad.
Una clase transversal airada que vive
deseosa de que se haga justicia con ellos, al precio que sea, formada
por ciudadanos acostumbrados a una estructura de sucesivas generaciones
de derechos que se propagaban incesantemente gracias al desarrollo del
Estado de Bienestar. La profundidad y extensión de la crisis los ha
dejado instalados en un ánimo de pérdida de expectativas de progreso y
prosperidad, que estimula los populismos.
Vallespín y Bascuñán profundizan en ello: la revitalización
de los populismos por las formidables sacudidas de una globalización
acompañada de la multiplicación de las nuevas tecnologías digitales; la
economía internacional financiera, las interdependencias comerciales
crecientes entre países, grandes empresas multinacionales operando como
verdaderos señores feudales con capacidad para esquivar los controles
fiscales soberanos de los Estados y con una efectiva capacidad de
chantaje a los más débiles de entre ellos, la digitalización, la
inteligencia artificial y la robotización con todas sus imprevisibles
consecuencias sobre el empleo y el poder económico, el cambio climático y
su potencial para agitar algunas economías nacionales, las migraciones
en gran medida resultado de fallos y disrupciones económicas, militares,
ecológicas, producidas en algunas regiones del mundo… todo ello genera
perdedores de la globalización, que también podrían calificarse de
perdedores de la modernización. (...)
la crisis económica ha traído la resurrección de los
populismos, de uno y otro signo: se ha levantado el espectro de un
enemigo del pueblo: el neoliberalismo. Para unos, el enemigo del pueblo
es el banquero codicioso, el capitalista sin escrúpulos, el que
atendiendo a su particularismo insaciable condena al pueblo a la
miseria; como sujetos de este tipo no han faltado en los últimos años,
las acusaciones se han sustentado en pruebas y el populismo ha
reafirmado la victoria de la economía (no democrática) sobre la política
(democrática).
Pero hay un populismo de signo inverso, el que entiende
que la política ha matado a la eficacia de la economía, y que la
intromisión de los políticos en el terreno económico es manifestación de
ignorancia y arrogancia, de la pretensión de los políticos de
desempeñar el papel de Dios en la creación, de modo que la única manera
de tener una economía sana es justamente librándose de los políticos y
la política.
Así, los factores socioeconómicos son identificados como
responsables principales del desorden producido por una globalización
que nadie gobierna, y que ha hecho de la gran crisis financiera el punto
de referencia fundamental.
La certeza de muchos ciudadanos de que se
les ha dejado en la estacada ante las dificultades los ha hecho
conscientes de formar parte de una clase huérfana de futuro y maltratada
por la hegemonía de una minorías extractivas que se ha protegido de la
crisis “mediante blindaje de casta y privilegios” (Lasalle)." (Joaquín Estefanía , El País, 27/10/17)
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