"La llegada a la presidencia de la UE de la alemana Ursula von der Layen
(en casa le llaman “Röschen”, Rosita) marca el fin de la época en la que
dos fuerzas políticas dominantes, los populares (conservadores) y los socialdemócratas dominaban el Partido Neoliberal Unificado Europeo, la coalición de hecho del establishment que
dirige el club.
También disminuye el dominio del conjunto por parte de
dos países, Alemania y Francia. Ambos, partidos y países, continúan
siendo más fuertes que los demás, pero ya no tienen en sus manos el
paquete mayoritario de las acciones de la UE. (...)
La pareja franco-alemana, tras muchos años de maltrato del macho
dominante hacia la hembra, ha dejado de existir. Ya casi se reconoce que
sus intereses son contradictorios, sus relaciones violencia de género y
sus negociaciones internas cada vez más complicadas.
Ambas cosas son tendencias que las elecciones reflejaron, a pesar de la histeria de la campaña del “¡que viene el lobo!” (los ultras, populistas y euroescépticos de diverso pelaje) lanzada por los llamados “proeuropeos”. Aclaremos el concepto.
Los “proeuropeos” son “las fuerzas pro UE que tienen por meta fortalecer la Unión Europea a costa de los estados nacionales”,
que es donde reside la poca democracia y soberanía que tenemos, según
la exacta definición del politólogo alemán Andreas Wehr. Desde esa
posición, los proeuropeos se permiten hablar en nombre de todo
el continente porque los estados de la UE no son capaces de unir sus
fuerzas en un proyecto alternativo.
Tal como se veía venir, el lobo resultó ser de papel. En el
actual Parlamento la extrema derecha está en dos grupos: Democracia e
Identidad, con 73 diputados, y Europeos Conservadores y Reformadores
dominado por los polacos de Zaczynski. Esos 135, más los húngaros del
Fidesz de Orban, integrados en las filas del Parido Popular Europeo, y
algunos más, están bien lejos de ser un peligro en una cámara de 751
diputados.
El espantajo de este lobo de papel no ha podido detener la
tendencia fundamental antes referida y aderezada por la crónica
abstención. La coincidencia de las europeas con otros comicios
regionales y municipales en diversos estados europeos, además del
espantajo, logró incrementar un poco la participación en mayo (se llegó
al 50,6% del censo, ocho puntos más que en 2014), pero el dato sigue
siendo que la mitad de los europeos del club UE no votan, pues con
bastante buen criterio consideran que no sirve de gran cosa. (...)
Este es el cuadro en el que irrumpe nuestra Rosita.
Aclaremos en primer lugar la primera anécdota de este panorama para los amantes de la simpleza del “miembros y miembras” y del “Unidas- podríamos- haber-podido”:
importa un rábano que Rosita sea mujer. Como dice Jean-Luc Melenchon,
las mujeres, como los hombres, aplican los programas de sus partidos. (...)
Ursula von der Layen pertenece a una familia gran burguesa alemana. Es
hija de Ernst Albrech, ex presidente regional alemán. Más que por mérito
propio, fueron sus excelentes conexiones familiares las que le
permitieron abrirse paso en la familia conservadora alemana. No fue
candidata en las elecciones europeas, ni participó en la campaña.
Carece
de experiencia europea y llega a la presidencia por una ambigua
carambola activada por el presidente francés, Emmanuel Macron, quien por
un lado logra poner a una compatriota, Christine Lagarde al frente del
BCE -evitando al jovencito talibán de Merkel, Jens Weidman- mientras que
por el otro sitúa a una alemana al frente del cargo más importante de
un club que ya estaba excesivamente dominado por alemanes, bien en los
cargos clave, bien en los inmediatamente siguientes en el escalafón. Y
no es una alemana cualquiera. (...)
Desde la reunificación de Alemania (1990) y al calor de su retomado
nacionalismo, se han acabado los complejos de culpa por las guerras del
pasado. En esa tendencia general, Ursula von der Layen representa, como
el reaccionario ex Presidente federal Joachim Gauck, al ala más
vehemente.
Von der Layen es una abogada de la « contención », es decir del
espíritu de la guerra fría contra ese “kremlin que no perdona ninguna
debilidad” y obliga a que “Europa tenga que actuar desde una posición de
fuerza”. Una persona que se jacta de la vergonzosa (para cualquiera con
memoria histórica) presencia militar alemana en las repúblicas bálticas
(“somos la única potencia continental europea que mantiene una
presencia destacada en el área báltica protegiendo a nuestros amigos
bálticos”), y de la absurda y mortífera presencia militar en países
lejanos (“somos el segundo mayor suministrador de tropas en
Afganistán”).
Lo más probable es que Rosita sea una presidenta de la Comisión que nos retroceda a épocas anteriores a la Ostpolitik
y la distensión, es decir a todo aquello que los socialdemócratas como
Willy Brandt, Bruno Kreisky y Olof Palme introdujeron en el continente
en los inicios históricos de cierta autonomía europea después de De
Gaulle: la idea de que la seguridad europea debe ser una cuestión conjunta y negociada, y no el resultado de la preponderancia militar de un bloque.
Al mismo tiempo, von der Layen no es una gran figura de la derecha.
Es más bien un peso ligero. Fue una pésima ministra de defensa en
Alemania, que fue claramente sobrepasada por su función de ministra,
promotora del incipiente intervencionismo militar alemán que tanto
cuesta imponer a una sociedad todavía alérgica al militarismo. También
ha sido, bajo la batuta de Merkel, artífice del horizonte del gasto
alemán del 2% del PIB en defensa, tal como pide Trump y de los desfiles
militares en el Báltico.
La nueva presidenta es también una ex ministra con sospecha de
escándalos sobre corrupción y pagos desmesurados a “consejeros” en
materia de modernización del ejército alemán, en la renovación del buque
escuela de la marina Gorch Fock y otros. La prensa alemana, y
detrás de ella la europea, no ha hecho cuestión de ello. Tengan la
sustancia que tengan estos escándalos, la indulgencia que ha merecido
von der Layen sería inimaginable si la candidata hubiera sido, italiana,
francesa, o meridional en general.
¿Quién gana con su presidencia? Si hay algún ganador son los Estados
Unidos “y con ellos sus ayudantes en Europa, es decir Macron, Merkel,
los gobiernos de Polonia y las repúblicas bálticas, así como toda una
serie de otros gobiernos de la UE”, dice Albrecht Müller, un
socialdemócrata que fue consejero de Willy Brandt.
En resumen: La UE ha puesto en su presidencia a una partidaria
acérrima de la militarización, abogada del complejo militar-industrial y
decidida atlantista. En el BCE, una gestora que viene del FMI, más
abogada que economista que irradia menos confianza que su antecesor,
Draghi. Esta nueva dirección más floja, diluirá, seguramente, la buena
noticia del relevo: la de Josep Borrel al frente de la política
exterior.
Borrell es uno de los raros políticos españoles con sentido de
Estado y solvente en materia de relaciones internacionales. Demasiado
bueno para nuestro PSOE, pero claramente limitado por el contexto: un
club más fragmentado y debilitado que el de hace cinco años, que
complicará, aun más, la formulación de una inexistente política exterior
autónoma y unificada en materia de lo más urgente: Oriente Medio,
belicismo, Rusia y China." (Rafael Poch, blog, 17/07/19)
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