"Los cambios sociales raramente se han producido de golpe. La mayor parte de las transformaciones son procesos que duran años, y solo mirando hacia atrás
cuando se ha avanzado en el camino puede apreciarse la magnitud de los
cambios. Hoy estamos en una de esas épocas, y es natural que existan
movimientos para recolocarse en el nuevo mundo.
El asunto de la soberanía nacional contra la globalización refleja con bastante nitidez estas transformaciones, pero suele manejarse de manera tramposa.
En primera instancia, porque se señalan como posiciones excluyentes, o
nacionalismo o globalismo, y sobre todo porque se obvia aquello que
configura la política real.
Un país es soberano no solo cuando posee una
arquitectura institucional, normas propias, una población y un
territorio, entre otras cosas indispensables, sino cuando posee la
capacidad de ejecutar sus propias decisiones. Es decir, cuando cuenta
con la legitimación interna precisa y con la fuerza necesaria para
evitar las intromisiones externas. Sin ellas, las decisiones que se
tomen serán frágiles, porque siempre estarán expuestas a ser cercenadas.
Una soberanía menor
Esto es fácil de entender con un ejemplo, Cataluña.
El intento de secesión era imposible porque los independentistas
carecían de todo aquello que se precisa para ser un país soberano: ni
ejército, ni dinero, ni estructura, ni apoyo interno mayoritario ni,
desde luego, un poderoso aliado exterior que les respaldase en su
intención. La gran ficción soberanista catalana consistía en pensar que
yendo a votar se solucionaba todo, un poco a la manera de Paulo Coelho,
como si bastara con desearlo a nivel colectivo para que todo se tornase
real. No es así, el voto indica una voluntad, pero luego están la
potencia y los medios que se pueden aplicar para que ese deseo se
traduzca en hechos.
No ocurre solo en territorios que pretenden la
independencia, sino en Estados teóricamente soberanos, y Tsipras puede atestiguarlo. Y la redacción actual del art. 135 de nuestra Constitución es también buena muestra.
Pocos Estados en el mundo cuentan con esta clase de soberanía y el resto, como España,
suelen establecer alianzas con otros países para obtener el poder del
que carecen o la protección que es necesaria. El mundo, como de
costumbre, está interrelacionado, y hoy más que nunca. Las posiciones
nacionalistas puras, autárquicas, no existen.
El trilema
Desde esta perspectiva se puede resolver el trilema de Rodrik,
ese que subrayaba que no se pueden tener a la vez globalización
económica, soberanía nacional y democracia. Lo cierto es que EEUU ha
contado con las tres durante mucho tiempo. Es un país democrático, por
más que la calidad de su sistema muestre fallas, tiene soberanía
nacional a espuertas y la globalización económica le ha favorecido
enormemente, en especial a sus mayores empresas. Un buen ejemplo es la
última generación de estas, las grandes tecnológicas, con Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft adquiriendo un papel muy relevante en el mundo.
Gracias a esta situación, EEUU ha
vivido muy cómodo en las últimas décadas, al menos hasta que emergió
China como rival. El giro geopolítico actual tiene que ver con unos EEUU
que tratan de ganar más poder para derrotar a la potencia emergente.
Pero, al hacerlo, ha devuelto el nacionalismo al primer plano:
regresan el proteccionismo, la importancia de las banderas y del
nosotros y la pelea en clave nacional, lo que también supone la
reescritura de las reglas de lo que fue la globalización.
La política reaccionaria
Lo
sorprendente es que el discurso del nacionalismo y la soberanía ha sido
difundido como una apuestas peligrosa de sectores políticos
reaccionarios que impulsa el riesgo real de que las sociedades viren
hacia regímenes mucho menos democráticos. Serían, según estas versiones,
las extremas derechas, las derechas populistas y los rojipardos los
responsables de introducir ideas muy dañinas en la sociedad. Pero esa versión solo funciona si vaciamos la realidad.
El regreso a la soberanía está aquí porque lo han traído EEUU, China y
Rusia, pero también porque Alemania y Francia se mueven en el mismo
espacio. El reciente reparto de puestos
en la UE ha demostrado una vez más que alemanes y franceses han pensado
mucho más en sí mismos que en resolver los problemas europeos, en
afianzar sus posiciones y perseguir sus intereses mucho más que en
construir una UE que nos sirva a todos.
Esta afición de las grandes potencias a
pensar primero en sí mismas es un problema serio para Europa y más
todavía para España. Nuestro país ha delegado parte de su soberanía en
la UE, y en aspectos no menores, como el monetario, como contrapartida
necesaria para una alianza que nos haría bastante más fuertes. En
abstracto, la UE es una buena opción en lo cultural y en lo estratégico,
y debería ser un instrumento útil para afrontar muchos de los retos que vienen.
En este contexto de lucha entre EEUU y China, una Europa soberana, que
fuera una potencia real, que contase con fortaleza interna y externa
sería la mejor solución. Por el potencial de nuestro continente, por
nuestra cultura y por nuestra capacidad para construir una fuerza
diferente, pero también porque es el mejor camino para que los europeos
podamos disfrutar en el futuro de una sociedad democrática y cohesionada
y con un Estado del bienestar sólido como modelo.
Las dos debilidades
Es
una buena idea, pero no basta con eso. Se precisan concreción, voluntad
y medios para llevarlas a la práctica. Y es aquí donde reside el
verdadero problema, ya que esa asociación que es la UE se ha convertido
en una potencia frágil, ya que su fuerza exterior es escasa y su
cohesión interior muy débil. En varios sentidos, pero fundamentalmente
en dos: porque las clases medias y trabajadoras de la UE han sido las
grandes perdedoras de la globalización y están en declive, lo que está construyendo fuerzas sociales diferentes,
y porque hay tensiones sustanciales en Europa entre países y bloques de
países que impiden una dirección común. A ello se suma la ausencia de
ejército europeo y una posición financiera que genera dudas.
Con todos estos factores, nacidos de
una doble ruptura, la de los países grandes de la Unión pensando más en
sí mismos que en la fortaleza de la UE, y el de las clases altas
europeas ampliando la desigualdad, se conforma un clima en el que es
inevitable que el nacionalismo reaparezca. Las asociaciones entre
Estados se mantienen o porque la mayoría de los socios sacan partido o
porque no se percibe una opción mejor. Y ya no es el caso.
Los países poderosos
Una
vez más, solemos malentender este movimiento, en el sentido de que esta
vuelta a la soberanía nacional se vincula a países como Italia, o a la
extrema derecha francesa o a Orbán, lo que obvia la realidad
primera: la secesión en esta época se está produciendo por arriba. Es
EEUU quien ha roto los consensos de la globalización, es el Reino Unido
el que se ha marchado de la UE, y son regiones ricas, como Cataluña, las
que quieren separarse de sus Estados. (...)" (Esteban Hernández, blog, El confidencial, 08/07/19)
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