"(...) La Moncloa seguía muy de cerca los movimientos de Cs y del PP. Hasta
el final, confiaron en que su abstención era una posibilidad. Y era lo
ideal, desde su punto de vista, para conservar la centralidad, frente a
una coalición con Unidas Podemos que generaba muchos recelos.
Aún así, la primera reunión de Sánchez e Iglesias
fue como la seda. El presidente, que esa mañana había comprobado en una
cita con Rivera que no había nada que hacer con él, estaba apostando
claramente por un Gobierno de izquierdas. Sánchez le dijo que nunca
podrían tener ministerios de Estado —Exteriores, Justicia, Defensa,
Interior— y el líder de Podemos lo aceptó enseguida. Le ofreció la
presidencia del Congreso, pero Iglesias la descartó. Quería ministros.
Ya entonces se empezó a ver el que después sería el gran problema:
Trabajo. Sánchez le dijo que eso sería imposible. Pero no profundizaron.
No tenía sentido cerrar nada antes de las municipales y autonómicas. El
pacto sería global. Todo iba bien.
El batacazo de Podemos en las elecciones del 26 de mayo cambió todo.
El PSOE comprobó la enorme debilidad de la organización de Iglesias. Y
sobre todo, cayó Madrid. Iglesias conservaba sus 42 diputados, pero ya
apenas tenía con qué negociar en las autonomías. Ni siquiera controlaba
muchas de sus organizaciones locales, como se vio en La Rioja. Sánchez
llegó a la conclusión de que la coalición era un riesgo demasiado alto
para el PSOE, que podría revitalizar a la derecha. Y así se lo explicó a
su círculo, según relatan algunos de sus miembros.
“Muchos no entendían
lo que hacíamos. Pero es que está en juego el proyecto del PSOE. Nunca
hemos tenido a la derecha tan arrinconada. Con ministros de Podemos les
ayudábamos a recuperarse y nos íbamos a un Gobierno inestable con
elecciones en unos meses en condiciones peores. En noviembre podemos
consolidarnos y además no depender de los independentistas. Es una
decisión muy difícil, pero se ha tomado por cuestiones de fondo, no por
capricho”, explica un miembro del Gobierno.
El PSOE forzó entonces la máquina para intentar
lograr una abstención del PP y Cs. Con Rivera parecía muy difícil, pero
desde La Moncloa se seguían con interés los movimientos en el PP y la presión de Alberto Núñez Feijóo.
En ese intento pasaron varias semanas, convencidos de que Iglesias
bajaría mucho su precio si se lograba una abstención del otro lado.
Pero ya entonces empezó un debate interno muy
intenso en el PSOE entre los que querían evitar las elecciones a toda
costa, y por tanto asumían una coalición blanda con Unidas Podemos, y
los que rechazaban de plano su entrada para poder tener el control del
Gobierno en tiempos difíciles y no darle a la derecha esa baza. También
en Unidas Podemos Iglesias estaba siendo presionado para no aferrarse a
la coalición como única salida. IU y En Comú Podem no lo veían claro,
preferían dejar abierta la puerta del acuerdo parlamentario.
Pero el
líder de la formación siguió adelante. Cuando se hizo a un lado, por
sorpresa, los que apostaban por la coalición en el PSOE ganaron
temporalmente la batalla. Y ahora culpan a Iglesias de perder la
oportunidad de oro. “Sánchez nunca lo vio. Le convencieron de que había
que intentarlo. Pero nunca lo tuvo claro. Porque era el que más había
hablado con Iglesias. Y sabía que con él fuera, el precio que pondría
sería imposible”, sentencia una persona de confianza del líder
socialista.
En Podemos insisten en que si en vez de romper las
negociaciones a media tarde hubieran seguido hasta la madrugada los dos
líderes, el acuerdo habría sido posible. Iglesias, admiten, se equivocó
porque pensaba que Sánchez iba de farol y mejoraría la oferta antes del
pleno del 25 de julio o en septiembre. Pero eso nunca llegó. Nunca hubo
septiembre.
Iglesias tenía en la cabeza el esquema de la negociación de los
Presupuestos, que remataron ambos con una reunión en La Moncloa cuando
ya los equipos negociadores se habían estancado en asuntos clave como el
salario mínimo. Pero no sucedió. Todo en esa noche clave que marcará la
historia de la izquierda española fue caótico. La ruptura de las
negociaciones le llegó a Iglesias conduciendo su coche camino de Antena
3. Le contaron que se habían publicado los documentos iniciales de
Podemos y la última oferta del PSOE y no daba crédito. Pensaba que era
una noticia falsa. Los suyos dicen que esa noche se quedó como en shock.
Izquierda Unida y los comunes le presionaban para
que aceptara la oferta. Aunque tuviera pocas competencias, era una gran
victoria, una vicepresidencia y tres ministerios, la imagen era muy
potente. Ya habría tiempo de pelear más adelante por los detalles. Lo
intentaron toda la noche. Pero Iglesias e Irene Montero, la que habría
sido la vicepresidenta, tenían claro que habría otra oportunidad de
mejorar la oferta. Al día siguiente o en septiembre. Nunca sucedió.
Por el otro lado, Sánchez se armaba de razones
frente a los que le empujaron a negociar: "¿Veis? ¡Con Iglesias es
imposible!", les dijo. Esa noche, según varios dirigentes socialistas,
la decisión ya era definitiva. Entre coalición o elecciones, la opción
era elecciones. (...)
El PSOE confiaba a última hora en que la división en Unidas Podemos pudiera abrir espacio a un apoyo, aunque fuera sin acuerdo. (...)
Pero ya no había margen. Los líderes estaban enrocados. Sánchez no
quería volver a negociar una coalición de ningún tipo, ni siquiera a la
baja. Iglesias insistía en que el mínimo era lo que ofrecieron en julio y
un poco más. “No podemos admitir que nos equivocamos en julio, porque
no es verdad”, insistían en el entorno del líder de Podemos. Nada
funcionó. (...)
En el PSOE también había división de opiniones,
muchos creían que debían evitarse las elecciones a toda costa. Pero
Sánchez, a diferencia de Iglesias, que dirige un magma de partidos y
grupos, controla absolutamente la organización y no ha necesitado ni
siquiera reunir a los órganos del partido.
Ahora algunos dicen que todo es una cuestión
personal, pero tanto en el PSOE como en Unidas Podemos recuerdan que
antes de que se empezara a discutir la coalición, la relación entre
ambos era muy buena, sobre todo después de la moción de censura. Para
buscar claves más de fondo, algunos recurren a la historia cainita de la
izquierda española, que en 1996 impidió un pacto entre Felipe González y Julio Anguita y ahora ha sobrevolado la batalla entre Sánchez e Iglesias. (...)" (Carlos E. Cué, El País, 19/09/19)
Ni siquiera los principales protagonistas tienen del todo claro cómo es
posible que una negociación en la que no se discutía de asuntos
imposibles, como la forma de Estado o el derecho de autodeterminación,
sino de un reparto de competencias y algunas líneas programáticas, lo
normal en todos los procesos de este tipo, haya acabado tan mal, con una
oferta a la desesperada de Pablo Iglesias en plena tribuna.
Una oferta en la que prácticamente aceptaba la última propuesta del PSOE que el día anterior había rechazado con un pequeño añadido, los 6.000 millones de políticas activas de empleo. Pero ya era tarde. Muy tarde.
Todo empezó muy mal. Nunca parecieron socios, sino rivales. Alguien
tenía que perder. Nadie jugaba al empate. Y por eso el inicio de la
negociación fue una derrota importante de uno de los dos contendientes:
la retirada de Pablo Iglesias, que él ha considerado algo parecido a una
humillación, no podía ser peor arranque. Pero lo cierto que hasta que
eso sucedió, 80 días después de las elecciones, no se dio un solo paso. A
partir de ahí ya se vio que iba a ser muy complicado. Pero no
imposible. Tenían cinco días.
Muchos en el PSOE y en Unidas Podemos aún confiaban en que el vértigo
ante la presión social de la izquierda compensaría la enorme
desconfianza desatada entre los líderes después de ese pulso en el que
finalmente Iglesias entregó la carta más alta.
Ahí empezó la negociación. Pero apenas hubo tiempo. En total, han
sido cuatro reuniones en cinco días y una de ellas de 20 minutos. Ahora
los dos grupos se acusan de que en realidad el otro no quería negociar.
Pero lo cierto es que sí lo intentaron, aunque los detalles que llegan
de las negociaciones hablan de unos cruces caóticos, dominados por el
recelo. Basta el dato de que, aunque se estaban jugando el Gobierno de
España, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias nunca llegaron a verse más allá
de sus tensos cruces en el pleno, donde el lenguaje gestual era aún más
duro que sus palabras. Solo hablaron por teléfono un par de veces.
Desde Unidas Podemos creen que Sánchez nunca quiso la coalición y por
eso fue forzado a una negociación que así era muy difícil que saliera.
Los negociadores de este grupo siempre tuvieron la sensación de que no
iba en serio. Los socialistas lo niegan, insisten en que el PSOE sí
apostó por la negociación porque en el partido mayoritariamente nadie
quería elecciones, y muestran su última oferta, con una vicepresidencia y
tres ministerios —Sanidad, Vivienda, Igualdad— como prueba de que sí
querían acordar.
Desde su lado se ve diferente: ellos creen que para
Iglesias fue tan duro apartarse que creía que con esa decisión podía
pedir cualquier cosa a cambio. En Podemos insisten en que solo se pidió
una participación proporcional a los votos, renunciando a todos los
ministerios de Estado.
Desde la primera reunión se vio que las cosas iban muy mal, aunque los
negociadores engañaron a los medios e incluso a algunos compañeros que
preguntaban cómo iban. (...)
Desde el primer momento quedó claro que habría una vicepresidencia
social para Irene Montero y hasta ahí la negociación fue bien. Pero
Podemos presentó un documento, que según ellos era solo para negociar,
que tenía, además de esa vicepresidencia, cinco ministerios, entre ellos
Hacienda, Transición Ecológica y Trabajo, cosas que el PSOE no quería
ceder bajo ningún concepto.
“Nos han pedido hasta la Airef [Autoridad
Independiente de Responsabilidad Fiscal]”, se quejaban en el PSOE.
Las discusiones, según fuentes de la negociación, fueron duras. Poco a
poco, un día tras otro, se veía que Unidas Podemos estaba dispuesto a
olvidarse de Hacienda y que su batalla estaba en Trabajo —sin la
Seguridad Social y las pensiones— y en Transición Ecológica. El PSOE se
negaba. (...)
Los socialistas dicen que la oferta era mejor, y fue incluyendo
Sanidad, Cultura, Agricultura, Ciencia y Universidades, Turismo,
Deportes. Nunca todos juntos. Siempre uno u otro hasta sumar un máximo
de cuatro con la vicepresidencia, pero nunca cuatro ministerios de los
actuales, sino sumas de direcciones generales, como es ahora Vivienda.
La negociación volvía una y otra vez a Trabajo —sin Seguridad Social—
y Transición Ecológica. Podemos asegura que le llegaron a decir “no
podéis tener Trabajo, sois inquietantes para la CEOE”. Fuentes del PSOE
lo niegan y aseguran que el argumento era otro. Le negaban Trabajo por
dos razones.
Porque Podemos no votó el último acuerdo del Pacto de
Toledo y porque tienen una visión demasiado intervencionista en la
negociación colectiva, clave del ministerio. Y Transición Ecológica
tampoco porque Teresa Ribera es la mejor en su sector. “Si hubiera un
Gobierno de Podemos, la nombraríais a ella”, les llegaron a decir.
Mientras tanto había cruces de papeles programáticos, más de 100 folios,
pero ahí tampoco se avanzó mucho. No había tiempo.
Iglesias seguía la negociación y se desesperaba. En su visión de las
cosas, creía que querían una nueva humillación. A última hora, gracias a
una gestión de Alberto Garzón, líder de IU, con María Jesús Montero, se
logró Igualdad, que los socialistas vivieron como una gran cesión. Pero
Iglesias aún creía que podría lograr Empleo.
Por sorpresa, después de
una llamada infructuosa entre los líderes, el PSOE dio por “rotas
totalmente las negociaciones” el miércoles por la tarde. Y ahí ya no
hubo nada que hacer. Iglesias empezó a recibir presiones de todo tipo.
IU, que tiene muy deteriorada su relación con Podemos, le pedía que
aceptara. Los Comunes también estaban en esa posición. Él no se movió
esa noche. Parecía desconcertado por el movimiento del PSOE, convencido
tal vez de que era un farol. La filtración por parte de los socialistas
del primer documento de Podemos descoloca por completo a su líder.
El jueves la posición socialista ya era inamovible. Iglesias sigue
recibiendo todo tipo de llamadas. A esas alturas hay múltiples intentos
de mediación desesperada para evitar la investidura fallida. (...)
Todo es inútil. Iglesias lo intentó con una última oferta, dos horas
antes del pleno, que añadía Trabajo y Ciencia a lo ofrecido por los
socialistas y renunciaba a Vivienda. Nada de competencias de Hacienda ni
de Transición Ecológica. El PSOE la rechazó inmediatamente. Ya habían
asumido la investidura fallida.
Iglesias reunió a la cúpula de Unidas
Podemos, y no fue una cita fácil. IU le pidió que hiciera otra oferta:
renunciar a Trabajo a cambio de algo que ya hubiera ofrecido el PSOE en
las negociaciones. Ciencia estaba entre esas opciones. Iglesias lo
rechazó. Pero en el último minuto decidió esa oferta a la desesperada de
las políticas de empleo. Sánchez ni siquiera le contestó desde la
tribuna.
La negociación nunca estuvo más fácil que cuando fracasó. Pero los socialistas insisten: es demasiado tarde. Los tambores de elecciones han empezado a sonar. Quedan dos meses para acallarlos" (Carlos E. Cué, El País, 26/07/19)
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