"(...) El éxito de Johnson ha sido menospreciado en España, igual que lo fue el de Trump. Presidentes excéntricos, cuando no básicamente idiotas, fruto de la pura y chapucera irracionalidad,
payasos que se mueven a impulso de los aplausos y otras lindezas
semejantes son continuamente expuestas como explicación de su éxito.
Lo
malo es que cuanto más se les desprecia, peor se deja a sus rivales: si
con contrincantes tan torpes, calificados como los peores dirigentes de
la historia de sus países, no logran evitar que gobiernen, a saber qué
ocurriría si estuvieran de verdad cualificados.
Al insistir en el desdén, tampoco se acierta a comprender bien a esta clase de líderes, que representan una opción política en auge que combina elementos materiales con los culturales. Respecto de los primeros, como asegura Andrew Crines, profesor en la Universidad de Liverpool, en ‘Boris Johnson and the Future of British Conservatism’,
las nuevas derechas consideran que el papel del Estado debe ser el de
un proveedor mínimo, de modo que se eliminen todos los obstáculos para
la creación de riqueza, insisten en la recualificación de los
trabajadores y en la formación continua, solicitan que se apoye al
sector privado, en particular en todo lo que tenga que ver con
innovación y tecnología, y apuestan por una bajada de impuestos masiva.
En el terreno cultural, el freno a la inmigración, una mayor presencia
de lo religioso, la mano dura en la seguridad y el regreso al
nacionalismo emergen como sus pilares básicos. Y a estos elementos
añaden nuevos liderazgos, más desatados, más sinceros y directos.
Podrían denominarse antipolíticos, en el sentido de que combaten a los representantes electos:
dado que estos son gente preocupada solo por sus intereses, que se
escudan en las normas para no hacer nada, y que solo están pendientes de
su beneficio personal, ellos se ofrecen como personas ejecutivas, que
saben dirigir, que no se someten a reglas y que ante todo actúan.
El papel de las élites nacionales
Esto son las nuevas derechas occidentales, que más que un resurgimiento del fascismo son la continuación de Reagan o de Bush Jr.,
pero cada vez más atrevidas en lo económico y en lo cultural. Son,
además, un movimiento que mezcla dos ofertas para captar a diferentes
clases.
En lo económico, se apoyan en las élites nacionales, en esos
estratos sociales afortunados que han decidido coger las riendas de la política cansados de la vulgaridad y de la falta de decisión de los políticos tradicionales,
y que creen que esto solo pueden arreglarlo ellos. Es como si las
clases afortunadas hubieran delegado la política en los expertos y ahora
decidieran dar un paso adelante ante la falta de eficacia de estos.
La necesidad de dar un giro al sistema que permita que se liberen las
energías de la obstrucción administrativa y estatal, el requisito de acabar con la intrusión política en la economía
y de permitir cada vez un mayor grado de acción a los actores más
relevantes son ideas claramente situadas en este ámbito, que las élites
nacionales, por algún motivo, ven beneficiosas.
Por otra parte, atraen simpatías entre clases medias en descenso y
perdedores de la globalización en general mediante la promesa de que el
repliegue nacional les será beneficioso, porque permitirá mantener los
trabajos, y porque les resguardará de la competencia laboral de los
inmigrantes, así como les protegerá de la amenaza cultural que, desde su
perspectiva, estos traen consigo (como se demuestra en la 'Defensa de
los valores europeos' por parte de la UE). Es cierto que esas promesas
son de complicado cumplimiento, y más si vemos cuál es el plan previsto
en el caso de que exista un Brexit duro, pero de momento a los estadounidenses no les ha ido nada mal en las grandes cifras, pero pagando, eso sí, el precio del aumento de la desigualdad.
Estas son las dos grandes tendencias de la derecha contemporánea, mayor
fragilización de las reglas para los grandes actores, en especial para
los ligados al sector financiero, y un repliegue nacional como medio de
combatir las disfunciones que esas medidas crean. España es un lugar
peculiar en este sentido, ya que muchas de estas ideas están presentes
en nuestro país, pero de un modo propio.
En cuanto al lado económico, Vox es plenamente neoliberal, el PP ha contado con Lacalle
para dirigir sus propuestas y las ideas de Cs sobre las reformas que
deben realizarse van también en esta dirección, de modo que en lo
material hay muchas semejanzas con las opciones que crecen fuera. En el
ámbito cultural, sin embargo, ha habido intentos de colocar en el debate
la inmigración, pero han sido tímidos, y las derechas se contentan de
momento con atacar a feministas, animalistas y progres en general.
El nacionalismo
Las diferencias
con las otras derechas han estado situadas en el nacionalismo. Si bien
ese discurso ha regresado con fuerza, se ha limitado a la cuestión
territorial interna y ninguno ha adoptado una actitud hostil respecto de
la UE (ni siquiera Vox, que a la hora de la verdad ha sido europeísta) y
tampoco han emprendido una campaña que abogue por la permanencia de los trabajos españoles en nuestro país. Este nacionalismo interno diferencia sustancialmente a las formaciones nacionales de las europeas.
En estos tiempos extraños de elecciones, poselecciones y demás, los
partidos nacionales están pensando en términos puramente tácticos, tanto
para defenderse de los de su espectro ideológico como para situarse con
ventaja de cara al futuro. Se han olvidado de las ideas políticas y sus
planteamientos están reducidos a la mínima expresión, la electoral.
Pero una vez que pase la marejada,
la derecha va a tener que resituarse, ya que tres partidos fragmentan
en exceso la oferta, y de los que queden, al menos uno de ellos va a
apostar decididamente por una aceleración neoliberal en lo económico,
por el repliegue cultural y por el nacionalismo.
Los tiempos van a favorecerlo.
Decíamos que el capitalismo es hoy el peor enemigo de sí mismo, y cuando
eso ha ocurrido en otras épocas, han aparecido siempre cambios
políticos. Habitualmente, la dirección que se ha tomado ha sido la de correr más rápido,
la de seguir haciendo lo mismo pero a mayor velocidad. Las derechas
internacionales representan plenamente esta tendencia, ya que llevan
promoviendo transformaciones desde los años ochenta, pero su influencia
se ha hecho todavía más intensa en los últimos años, desde la aparición
de China como potencia.
Algún partido español se sumará a esa ola,
mientras que las izquierdas tradicionales, como la portuguesa o la del
PSOE, junto con lo que queda de liberalismo moderado, tratarán de
ejercer de opción sistémica. Lo malo es que este es un momento en el que quedarse anclado implica que el vendaval te arrastre.
Este es un instante de transformaciones, y llegarán propuestas más
atrevidas a un lado y a otro: lo que estamos viviendo en España no es
más que una pausa." (Esteban Hernández, El Confidencial, 17/09/19)
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