"Estación de Chamartín,
viernes a las 15:00 de la tarde. El hall de salidas es un hervidero de
maletas y viajeros que, después de consultar diligentemente en las
pantallas, buscan el andén que les llevará a su destino. Entre ellos hay
muchos habituales a esta cita semanal: personas que hacen vida en la
capital de lunes a viernes, pero que el fin de semana vuelven a sus
provincias de nacimiento.
Óscar es uno de ellos.
Lleva seis años trabajando en el sector de la moda en Madrid, pero se
escapa a Tarragona siempre que puede. “Todos acabamos aquí porque es una
ciudad de paso, y queremos tener la experiencia de vivir en la
capital”, cuenta mientras espera la salida de su tren. “Pero yo vuelvo
todos los fines de semana. Echo de menos la playa, a eso sí que no me
acostumbro”.
Para Juan, ferrolano de 42 años, Madrid se ha
convertido en su proyecto de vida, después de llegar aquí con su mujer
hace ocho años. “Me parece que es la ciudad que más me ofrece ahora
mismo, además de que, por mi trabajo, no podría estar en otro sitio”,
explica este funcionario mientras espera el tren que le reúne con su
familia de vacaciones: “Aquí mis hijos pueden ir a la universidad,
trabajar de lo que quieran, podemos conciliar… En Madrid acaba todo el
mundo que tiene un trabajo a largo plazo”.
Cada
año llegan casi 100.000 nuevos inmigrantes de otras comunidades
autónomas a Madrid, en busca de unas salidas laborales y una trayectoria
que se les quedan cortas en sus provincias de origen. Aunque la capital
siempre ha sido un polo de atracción, es en los últimos años cuando se
está posicionando como la única opción posible para gran parte de la
población. La diferencia es que ya no llegan con el hatillo del pueblo,
sino con un máster a la espalda.
Desde la década de los cincuenta hasta los ochenta
España vivió el mayor flujo demográfico de su historia: el éxodo rural.
El campo se mecanizó y expulsó a millones de familias que huyeron hacia
las ciudades buscando un empleo en la industria como mano de obra
barata. Este movimiento urbanizó al país creando un entramado de
capitales de provincia que crecieron rápidamente hasta la década de los
ochenta y vació los pueblos.
A partir los noventa, la industrialización fue sustituida por la globalización y la automatización, que irrumpieron en España gracias a la apertura al exterior. En ese momento comenzaron a cambiar los flujos de población: el motor de las migraciones dejó de ser el hambre y pasó a ser la ambición profesional de quien buscaba un puesto de trabajo acorde a su preparación.
A partir los noventa, la industrialización fue sustituida por la globalización y la automatización, que irrumpieron en España gracias a la apertura al exterior. En ese momento comenzaron a cambiar los flujos de población: el motor de las migraciones dejó de ser el hambre y pasó a ser la ambición profesional de quien buscaba un puesto de trabajo acorde a su preparación.
Fue así como el proceso de
urbanización se transformó en otro de metropolización, que ha
concentrado las actividades de alto valor añadido en las dos grandes
ciudades españolas: Barcelona y, especialmente, Madrid. Los pequeños
pueblos de las dos mesetas ya están desiertos y las grandes metrópolis
empiezan a vaciar también ciudades hasta ahora grandes y ricas, pero que
se están quedando atrás en este nuevo escenario global.
“Las pequeñas y medianas ciudades tienen mucha dificultad para generar
tejidos productivos, lo que provoca que sean las regiones emisoras que
más jóvenes mandan hacia Madrid”, explica Miguel González-Leonardo,
investigador del Centre d’Estudis Demogràfics. Esto explica que los
flujos desde las dos Castillas hacia Madrid se hayan reducido levemente
mientras que otros, como los procedentes de Andalucía, Aragón o Navarra,
estén en máximos.
Durante las décadas de
industrialización, las ciudades españolas pudieron competir por atraer
fábricas: bastaban buenas comunicaciones y mano de obra barata. Sin
embargo, en el siglo XXI las multinacionales de servicios han sustituido
a la industria y estas empresas buscan localizarse en las grandes
metrópolis, con economías de escala y abundante mano de obra
cualificada. Madrid y Barcelona están vaciando a otras ciudades grandes
de España que son incapaces de competir en esta economía global
En
las dos últimas décadas se ha triplicado el flujo de población desde
las ciudades de Valencia o Sevilla a Madrid y se ha duplicado el de
Zaragoza o Pamplona. Grandes ciudades con una renta alta que pierden
población porque no pueden ofrecer los empleos que solo existen en la
capital del país, lo que significa que el vaciamiento de España se
empieza a extender a zonas prósperas.
Para Marta, por ejemplo,
Madrid no era una opción. Era la única opción.
“Cuando acabé publicidad, solo había ofertas de trabajo aquí o en Barcelona. Como soy de Ponferrada, la capital me pillaba mejor y llevo ya nueve años”, explica mientras espera la salida de su tren. “Con Madrid tengo una relación de amor-odio. Te ofrece muchas cosas, pero soy de provincia, y tanto caos y tráfico me agobia un poco. Me volvería a Ponferrada o a cualquier otro sitio, pero el trabajo está aquí y hay que adaptarse”
El 40% de los empleos de alto nivel tecnológico que se han creado en
España en la última década se concentran en la Comunidad de Madrid. Esto
significa que si un joven con alta cualificación quiere encontrar un
buen empleo está casi condenado a emigrar a Madrid. Sencillamente, es
donde están las oportunidades. Ya no están en el campo, pero tampoco en las capitales de provincia.
“Cuando acabé publicidad, solo había ofertas de trabajo aquí o en Barcelona. Como soy de Ponferrada, la capital me pillaba mejor y llevo ya nueve años”, explica mientras espera la salida de su tren. “Con Madrid tengo una relación de amor-odio. Te ofrece muchas cosas, pero soy de provincia, y tanto caos y tráfico me agobia un poco. Me volvería a Ponferrada o a cualquier otro sitio, pero el trabajo está aquí y hay que adaptarse”
Madrid
ya no atrae a población campesina sin estudios, sino que se lleva a la
población clave: los jóvenes cualificados. Este fenómeno, conocido como
‘drain brain’ o fuga de cerebros, no es otra cosa que la
descapitalización humana de un territorio.
(...) esta fase es mucho más grave porque supone la condena definitiva a las
regiones que se vacían, ya que no solo pierden su presente, sino que
también se quedan sin futuro. “La emigración del talento local tiene
consecuencias negativas para el desarrollo endógeno y alimenta los
procesos de acumulación en las áreas receptoras que se benefician del
capital humano importado”, explican Miguel González-Leonardo, Antonio
López-Gay y Joaquín Recaño en un reciente estudio publicado por el
Centre d’Estudis Demogràfics.
Para
trabajar en las oficinas de Google, Amazon o Facebook, es necesario
mudarse a Madrid. Pero ocurre lo mismo para trabajar en las ciudades
financieras del Banco Santander o el BBVA: los dos gigantes españoles
son bancos ‘provincianos’ que también se han mudado a la capital.
Los compañeros de trabajo de Yolanda, una ingeniera
industrial en una multinacional de automoción, son el mejor ejemplo de
la diversidad de regiones que se concentran en la capital. “Hay mucha
gente de fuera: de Valladolid, del País Vasco en mi caso, franceses
también… igual de 40 solo hay diez madrileños”, explica. “En mi caso
también habría tenido oportunidades laborales en mi provincia, pero
Madrid me ofrece muchas otras cosas, como ocio, un círculo de amigos más
grande o estar mejor conectada con el resto de España y con Europa”.
Este
proceso de metropolización no es exclusivo de España, sino que está
extendido por varias capitales europeas, como Londres o París y es el
fruto de la concentración de las grandes empresas multinacionales en
torno al centro político y económico de los países. Esto ha permitido a
Madrid situarse a la altura de las grandes urbes europeas. Por ejemplo,
el 8,2% del empleo de la comunidad es de alta tecnología, porcentaje que
iguala al de Londres y se sitúa entre los diez primeros del continente.
La demanda de mano de obra cualificada, unido a la escasez de
oportunidades en el resto del país, provoca que los flujos migratorios
hacia Madrid arrastren un elevado capital humano. El 65% de los jóvenes
españoles de 25 a 39 años que llegaron a la comunidad desde otras
regiones tenía titulación universitaria. Ninguna otra región se acerca a
esta cifra: Cataluña se queda en un 47% y el resto está por debajo del
45%.
El otro lado de la misma moneda es que los
emigrantes de las comunidades emisoras se van con un elevado nivel
formativo. Navarra tiene los peores datos: casi el 60% de sus emigrantes
tiene un título universitario. Eso significa que, aunque esta comunidad
tenga una de las rentas per cápita más altas de España y universidades
con prestigio internacional, no puede competir contra Madrid. Datos
similares se dan en el resto del norte: en Asturias,
Castilla y León, Aragón y Galicia más de la mitad de los emigrantes
hacia otras comunidades españolas tienen titulación superior.
“Los
autóctonos de 25 a 39 años que han emigrado tienen un nivel educativo
superior respecto a sus homólogos que permanecen en la región de
nacimiento”, explica González-Leonardo. Es así como la inversión en
formación de las regiones emisoras provoca una despoblación acelerada,
ya que el porcentaje de emigración entre los titulados es superior. Por
ejemplo, en Castilla y León o Galicia, solo el 30% de los jóvenes que se
quedan tiene estudios universitarios; sin embargo, de los que se van,
más del 50% tiene formación. Esta descapitalización se retroalimenta
hasta el punto de que ninguna ciudad española puede competir ya con
Madrid. Ni siquiera Barcelona." (
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