"(...) el Partido Laborista británico ha perdido las elecciones generales con
gran diferencia ante los Conservadores. Es, en gran medida, el resultado
de la fuga de votos hacia el Partido Brexit y una suficiente subida
conservadora en las zonas del Noreste y Centro de Inglaterra.
Las
pequeñas mayorías de izquierda no han resistido al triple ataque del
nuevo liderazgo conservador, el compromiso de los brexiteers y la
abstención por desafección. Los nacionalistas escoceses han conseguido
recuperar su hegemonía en Escocia por su promesa de un nuevo referéndum.
Y, aunque Londres ha resistido, otras zonas progresistas no han
capitalizado el voto remainer antiBrexit. Es, en definitiva, una
derrota clara para Jeremy Corbyn en comparación al “empate técnico” con
Theresa May en las elecciones de junio de 2017.
En los últimos dos años, como ha recogido El Salto, el país ha
atravesado una multitud de escándalos de carácter político-económico. En
asuntos como las negociaciones del Brexit, el descrédito de los medios
de comunicación, la quiebra de empresas privatizadas o las amenazas
terroristas; Reino Unido ha carecido de una salida coherente, propuesta
por las élites y aprobada por el público.
A partir de 2020, este estado
de flujo tendrá fin. La solución al Brexit será un acuerdo lo más
alejado posible de los parámetros de la Unión Europea. Y el carácter del
gobierno que lo gestione será de derechas, sin paliativos; una
relativamente joven generación de militantes por la economía de mercado y
la mano dura. Con una amplia mayoría de nuevos parlamentarios, todos
fieles a Boris Johnson, el gobierno podrá hacer y deshacer hasta 2025.
Para
muchos, el resultado estaba anunciado, pero la historia paralela de
esta campaña ha sido la ilusionante campaña corbynista. Ilusionante,
cierto, y también perdedora. La ambiciosa maquinaria digital de Momentum
y otros colectivos ha movilizado a miles de activistas para llamar a la
puerta de la casa de posibles votantes. El resultado sobre el terreno y
las comunicaciones en redes sociales sugerían un giro de guion
inesperado. Hoy sabemos que sus esfuerzos para construir narrativas
alternativas a los grandes medios han sido insuficientes.
Tanto la BBC como los diarios han seguido paso a paso la estrategia
comunicativa de Dominic Cummings, el gurú conservador. Esto es, plantear
unas elecciones plebiscitarias, impedir la discusión sobre medidas del
programa y centrar la cobertura en lo irrelevante a través de
filtraciones y bulos.
El resultado final ha sido convertir estas elecciones en “las de hacer
el Brexit de una vez”: tanto este eslogan conservador como el mismo
Brexit Party ofrecían al votante una salida rápida y fácil. El voto
joven, movilizado o no, ha sido insuficiente; para los millones de
mayores de 40 que sí han votado, los cortes de audio del telediario no
eran lo bastante largos para hablar de la Revolución Industrial Verde o
la nacionalización de los ferrocarriles.
Cierto, el laborismo empezaba “perdiendo”: su voto estaba dividido casi por la mitad en zonas pro y antiBrexit.
Cierto, el laborismo empezaba “perdiendo”: su voto estaba dividido casi por la mitad en zonas pro y antiBrexit.
En
2017, la coalición resistió ante la promesa de Corbyn de “respetar el
resultado del referéndum”. En 2019, la oferta era celebrar otro
plebiscito tras negociar un nuevo acuerdo. Este cambio en el discurso,
aunque haya ayudado a resistir en Londres y otros núcleos urbanos,
podría haber determinado su derrota en otras zonas.
Igualmente,
los escándalos por supuesto antisemitismo dentro del partido y otras
luchas internas han tenido mucha más visibilidad en la campaña;
incluyendo la fuga de importantes parlamentarios a otros partidos.
Es
cierto que, frente a unos medios decididamente escépticos o incluso
hostiles, resulta complicado defender que otro mundo es posible. Esto
son los factores externos que usarán los camaradas de Corbyn para
justificar el resultado. Pero, ¿en qué ha fallado la izquierda
internamente, en esta visible derrota de su candidato y de su programa? (...)
eran Corbyn y McDonnell los que lideraron las manifestaciones contra la
Guerra de Irak de Tony Blair. Fueron sus escasos aliados, los que
cedieron su voto para que Corbyn pudiese presentarse a las primarias,
los que objetaron a los recortes de Gordon Brown. Y fueron los mismos
que siguieron yendo a encuentros, escasamente atendidos, con familias y
colectivos destrozados por la austeridad posterior.
Su presencia,
paradójicamente, era el último lazo del laborismo con su elemento
socialista. Los que ayudaban a demostrar al electorado que el corazón de
Labour seguía en su sitio, a pesar de la Tercera Vía. Y, tras la
derrota del moderado Miliband, sus representantes y militantes
decidieron dejar de ser conciencia para marcar la agenda. (...)
Con una coalición heterogénea y ciertos factores económicos a su favor, el corbynismo ha intentado ensanchar el debate
hacia propuestas como las nacionalizaciones o la universalización de
los servicios. Pero ha sido incapaz de subordinar el elemento liberal de
la coalición, que ha tratado por todos los medios de revertir su
derrota a través del sabotaje interno. Al mismo tiempo, el corbynismo se
lo ha puesto fácil, puesto que no ha logrado convencer o forzar a estos
dudosos compañeros de viaje a cooperar.
Las campañas de los centristas y
los izquierdistas han funcionado en paralelo, en lugar de
complementarse estratégicamente. Si algo se le puede achacar al
corbynismo es su permisividad con ciertos miembros díscolos y su falta
de autoridad para cerrar debates. Igualmente, no ha dado con la fórmula
adecuada para recuperar la confianza de los votantes mayores: algo que
la izquierda continental arrastra en esta última fase de repliegue. (...)
El Brexit es una instancia perfecta, como lo fue la crisis del
keynesianismo en los años 70, para hacer dinero con la sanidad, la
seguridad o incluso las fuerzas armadas.
La manera en que se vende
y venderá este programa transformador está ante nuestros ojos.
Recordemos que los grandes triunfadores de la noche son el nacionalismo
inglés y el escocés. Cierto, la izquierda suele tenerlo difícil ante la
cuestión nacional. Pero debe tomar conciencia de que, en un mundo con
recursos escasos y aún menos dueños de los mismos, las distinciones
entre el adentro y el afuera son cada vez más importantes. La nueva
derecha ofrecerá ciudadanías de primera y de segunda, en una pesadilla
tecnológica eficientemente gestionada por Silicon Valley. (...)
Ante esto, el progresismo tiene que olvidar sus sueños globalizadores
sobre Estados en repliegue y mercados eficientes. La derecha más
leninista, al estilo Bannon, está ejecutando su particular toma del
Palacio de Invierno para asegurar un buen retorno a sus inversores. La
izquierda tiene que recuperar su patrimonio soberanista e
internacionalista, que no es mutuamente exclusivo.
Defender la clase
obrera allá donde se encuentre y el derecho a los pueblos a
desarrollarse económicamente en condiciones de igualdad. Es decir, lo
equivalente repetir el corbynismo en cada país, aprendiendo de sus
errores. O seguir perdiendo." (Roy William Cobby, 13/12/19)
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