"El año 2020 comenzó jugueteando con el desastre de forma abierta. El 3
de enero Estados Unidos asesinaba al general iraní Soleimani con un
bombardeo en el aeropuerto de Bagdad, Irak. La acción dejó estupefacta a
la comunidad internacional, ya que no se podía justificar de ningún
modo un ataque contra un alto de cargo en visita pública y oficial en un
tercer país.
(...) el día 5 de enero, la OMS anunciaba una neumonía de origen desconocido en China.
En esos días de alta tensión, Donald Trump, ese Biff Tannen
en posesión del almanaque deportivo, se dio su habitual festín de
salidas de tono en las redes sociales. Entre ellas expresó la barbaridad
jurídica de que sus tuits debían valer como notificación al Congreso de
declaración inmediata de guerra a Irán si este país atacaba a algún
estadounidense. (...)
Otro de esos episodios, protagonizados por el mandatario que merienda exclamaciones, que hicieron que nos frotáramos los ojos: is this the real life?
"Esto se acaba, no hace falta ser muy listo para darse cuenta",
escribí en esas jornadas. No tanto por una posible guerra entre Irán y
Estados Unidos, sino porque todo aquello era un síntoma más de la
declinación de EEUU: incapacidad de aplicar el poder blando en sus zonas
de influencia, dislates internos no vistos desde hacía décadas.
Trump
es el síntoma, como los Bolsonaro, Orban y Boris Johnson, como la
creciente influencia de China y Rusia, como los chalecos amarillos, como
los avisos de una nueva recesión a finales de 2019 y otras tantas
señales. El capitalismo neoliberal sobrevivió a la crisis de 2008, pero
da la sensación que en un futuro nos daremos cuenta que lo que consiguió
fue tan sólo tomar aire, ganar unos años a costa de profundizar su
decadencia. Y todo esto antes de la pandemia.
Por eso la frase ya manida de "el coronavirus ha venido para cambiarlo todo" es cierta pero incompleta.
El coronavirus ha sido una patada de campeonato a alguien que ya tenía
la pierna gangrenada. Acelerará el proceso, lo que aún no sabemos es
hacia dónde. (...)
España atravesó una crisis de régimen político que se solventó justo a
la par que nos llegaban noticias de Wuhan, de forma paralela a las
hostilidades entre EEUU e Irán. El 8 de enero Sánchez era investido
presidente, tras haber sorteado dos primarias, un golpe palaciego en
Ferraz, una moción de censura a Rajoy y una repetición electoral. Y lo
hizo acompañado de Unidas Podemos.
Las iras en aquel momento se
centraron en el independentismo catalán, pero su latencia señalaba a los
rojos, que tras ochenta años volvían al Gobierno. Una anomalía, algo
inasumible para muchos sectores del país tan reaccionarios como
poderosos. Esa ansiedad por elevarse sobre las urnas sigue presente hoy y
es lo que mueve los furibundos ataques de los ultras y la derecha, a
menudo indistinguibles. No recurren a las víctimas como acusación de una
mala gestión, sino que utilizan los ataúdes como Milán del Bosch
utilizó los tanques. (...)
Unidas Podemos lo sabe, de ahí su extremo cuidado en ser útiles, antes
que críticos, en sus tareas de Gobierno. Ya se dejan escuchar las
primeras voces en la izquierda que reclaman el sanbenito de la traición,
un poco por hacerse ver, un poco por cobrarse venganza contra los que
se sientan en la Moncloa.
Las actitudes prepolíticas son aquellas que
sitúan antes el "debería" del "puede". Dejan a salvo la conciencia y dan
brillo al furor revolucionario, que hoy cabe en 280 caracteres. Pero
son extremadamente inútiles en la vida real, donde la tarea de gobierno
se demuestra siempre más compleja que el análisis ideológico y la firma
de decretos ley. El Gobierno tiene poder, pero el poder no es sólo el
Gobierno. Más aún en España.
Una de esas decisiones que han creado fricción entre los socios del
Ejecutivo ha sido la vuelta al trabajo en varias actividades no
esenciales que va a dar comienzo este lunes 13 de abril. Desde Unidas
Podemos se cree que se debería haber sido más prudentes por el riesgo a
un posible repunte de los contagios, porque los trabajadores más
afectados serán los más precarios, los que tengan que tomar el
transporte público, los que no tengan los elementos adecuados de
protección.
Desde el sector económico del Gobierno se asume que ese
repunte puede ser posible, pero que para entonces habrá menos congestión
en el sistema sanitario para tratar a los afectados. Se entiende que la
economía ha de ponerse a funcionar porque otros países europeos, con
confinamientos menos severos, pueden sacar ventaja en la salida de la
crisis.
Desde Unidas Podemos se peleó la medida hasta el final. (...)
El siguiente paso es llegar al Ingreso Mínimo Vital, ya que el
confinamiento está resultando muy perjudicial para los trabajadores con
empleos precarizados previamente a la pandemia, llegando a preocupar
incluso una ruptura de la estabilidad social que ha caracterizado este
último mes.
Trabajo negocia con Seguridad Social un subsidio puente, ya
que desde el ministerio de Escrivá no consideran que pueda ser posible
poner la medida en marcha antes de julio. El problema sería la
reordenación de ayudas ya existentes y la coordinación con las
autonómicas, como la vasca. Desde UP no creen que se genere el mejor
ambiente dentro del Ejecutivo peleando cada medida "a codazos", pero
asumen su compromiso con la estabilidad del Gobierno de Sánchez ya que
aunque se pierdan escaramuzas consideran que el resultado neto, el
escudo social, no hubiera sido posible sin su presencia.
Saben que estas derrotas les pueden costar apoyo en sus propios
votantes, pero confían en que son más útiles manchados dentro que
impolutos fuera, que con 35 diputados de una cámara de 350 están
teniendo un peso decisivo para que la respuesta a esta crisis no sea
como la del 2008. Entre otras cosas porque, volviendo al inicio del
artículo, la situación de cambio e inestabilidad a nivel global y
nacional, acelerada por el coronavirus, necesita de una mirada a medio
plazo que no esté ensombrecida por la urgencia de estos días. Y trazar
de forma milimétrica las líneas de la acción y el análisis.
Sin embargo, no son pocos los que consideran que la presencia de la
coalición de izquierdas en el Gobierno es una anomalía a corregir, como
declaraba a El Mundo la pasada semana José Luis Bonet,
presidente de la Cámara de Comercio de España: "Es momento de que sean
apartados aquellos que quieren destruir el sistema". (...)
Vox ha tenido, de hecho, otra consecuencia inesperada desde su
aparición: el fraccionamiento, la desnaturalización y el debilitamiento
del aparato mediático cercano a la derecha. Estamos en una situación
inédita donde periódicos nacionales han entrado en competencia con
panfletos digitales ultras, donde sus firmas clásicas compiten contra
niñatos manipuladores subvencionados y donde, más allá del presunto
espíritu de cruzada nacional, la hostilidad larvada entre los
profesionales y los advenedizos empieza a ser palpable.
La bajada de
ingresos por publicidad tampoco ayuda a que un sólo un medio pudiera
encabezar un ataque al Gobierno. Entonces, ¿dónde se halla el peligro?
En esas partes del Estado carentes de un control democrático directo y
una larga tradición reaccionaria que engancha en línea prácticamente
genética con la dictadura.
La maniobra de producirse será uno de esos
envalentonamientos que comienzan en corrillo y acaban en multitud. Se
entiende que la pieza a cobrar es Unidas Podemos, incluso llegado el
caso el propio Sánchez, pero sobre todo preocupa que la salida a la
crisis, si la gestión del Gobierno se demuestra comparativamente
acertada con los países de nuestro entorno, pueda dar alas al reformismo
más progresista para alterar determinados privilegios que para los
reaccionarios resultan intocables. Frente al avance social, escalada
regresiva.
¿Qué podría protagonizar un embate al Gobierno y por extensión a
cualquier sector mínimamente progresista del país? Lo judicial. Miren a
Latinoamérica y especialmente a Brasil. ¿Les suena el anglicismo lawfare?
La guerra jurídica que manipula y altera las leyes para convertirlas en
herramientas políticas que acaben con gobiernos.
La intención sería
buscar cualquier resquicio en la gestión del Gobierno para poner en
marcha procesos que primero entorpezcan su actividad para llegar incluso
a su desalojo. Probablemente esas acusaciones se estén pensando y
escribiendo estos días. Que salgan o no del cajón dependerá en gran
parte de cómo resulta el fin inmediato de la crisis, de la valentía del
Gobierno para profundizar en los cambios, que van a ser más que
pretensión de izquierdas necesidad de país, e incluso de la fortaleza y
pervivencia de la Unión Europea. (...)" (Daniel Bernabé, Público, 13/04/20)
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