14.4.20

Daniel Bernabé: ¿Qué podría protagonizar un embate al Gobierno y por extensión a cualquier sector mínimamente progresista del país? Lo judicial, al estilo Brasil. Lo que pide el presidente de la Cámara de Comercio: "Es momento de que sean apartados aquellos que quieren destruir el sistema"...

"El año 2020 comenzó jugueteando con el desastre de forma abierta. El 3 de enero Estados Unidos asesinaba al general iraní Soleimani con un bombardeo en el aeropuerto de Bagdad, Irak. La acción dejó estupefacta a la comunidad internacional, ya que no se podía justificar de ningún modo un ataque contra un alto de cargo en visita pública y oficial en un tercer país. 

(...) el día 5 de enero, la OMS anunciaba una neumonía de origen desconocido en China. En esos días de alta tensión, Donald Trump, ese Biff Tannen en posesión del almanaque deportivo, se dio su habitual festín de salidas de tono en las redes sociales. Entre ellas expresó la barbaridad jurídica de que sus tuits debían valer como notificación al Congreso de declaración inmediata de guerra a Irán si este país atacaba a algún estadounidense. (...)

Otro de esos episodios, protagonizados por el mandatario que merienda exclamaciones, que hicieron que nos frotáramos los ojos: is this the real life?
 
"Esto se acaba, no hace falta ser muy listo para darse cuenta", escribí en esas jornadas. No tanto por una posible guerra entre Irán y Estados Unidos, sino porque todo aquello era un síntoma más de la declinación de EEUU: incapacidad de aplicar el poder blando en sus zonas de influencia, dislates internos no vistos desde hacía décadas. 

Trump es el síntoma, como los Bolsonaro, Orban y Boris Johnson, como la creciente influencia de China y Rusia, como los chalecos amarillos, como los avisos de una nueva recesión a finales de 2019 y otras tantas señales. El capitalismo neoliberal sobrevivió a la crisis de 2008, pero da la sensación que en un futuro nos daremos cuenta que lo que consiguió fue tan sólo tomar aire, ganar unos años a costa de profundizar su decadencia. Y todo esto antes de la pandemia.

Por eso la frase ya manida de "el coronavirus ha venido para cambiarlo todo" es cierta pero incompleta.

El coronavirus ha sido una patada de campeonato a alguien que ya tenía la pierna gangrenada. Acelerará el proceso, lo que aún no sabemos es hacia dónde. (...)

España atravesó una crisis de régimen político que se solventó justo a la par que nos llegaban noticias de Wuhan, de forma paralela a las hostilidades entre EEUU e Irán. El 8 de enero Sánchez era investido presidente, tras haber sorteado dos primarias, un golpe palaciego en Ferraz, una moción de censura a Rajoy y una repetición electoral. Y lo hizo acompañado de Unidas Podemos. 

Las iras en aquel momento se centraron en el independentismo catalán, pero su latencia señalaba a los rojos, que tras ochenta años volvían al Gobierno. Una anomalía, algo inasumible para muchos sectores del país tan reaccionarios como poderosos. Esa ansiedad por elevarse sobre las urnas sigue presente hoy y es lo que mueve los furibundos ataques de los ultras y la derecha, a menudo indistinguibles. No recurren a las víctimas como acusación de una mala gestión, sino que utilizan los ataúdes como Milán del Bosch utilizó los tanques.  (...)

Unidas Podemos lo sabe, de ahí su extremo cuidado en ser útiles, antes que críticos, en sus tareas de Gobierno. Ya se dejan escuchar las primeras voces en la izquierda que reclaman el sanbenito de la traición, un poco por hacerse ver, un poco por cobrarse venganza contra los que se sientan en la Moncloa. 

Las actitudes prepolíticas son aquellas que sitúan antes el "debería" del "puede". Dejan a salvo la conciencia y dan brillo al furor revolucionario, que hoy cabe en 280 caracteres. Pero son extremadamente inútiles en la vida real, donde la tarea de gobierno se demuestra siempre más compleja que el análisis ideológico y la firma de decretos ley. El Gobierno tiene poder, pero el poder no es sólo el Gobierno. Más aún en España. 

Una de esas decisiones que han creado fricción entre los socios del Ejecutivo ha sido la vuelta al trabajo en varias actividades no esenciales que va a dar comienzo este lunes 13 de abril. Desde Unidas Podemos se cree que se debería haber sido más prudentes por el riesgo a un posible repunte de los contagios, porque los trabajadores más afectados serán los más precarios, los que tengan que tomar el transporte público, los que no tengan los elementos adecuados de protección. 

Desde el sector económico del Gobierno se asume que ese repunte puede ser posible, pero que para entonces habrá menos congestión en el sistema sanitario para tratar a los afectados. Se entiende que la economía ha de ponerse a funcionar porque otros países europeos, con confinamientos menos severos, pueden sacar ventaja en la salida de la crisis.

Desde Unidas Podemos se peleó la medida hasta el final.  (...)

El siguiente paso es llegar al Ingreso Mínimo Vital, ya que el confinamiento está resultando muy perjudicial para los trabajadores con empleos precarizados previamente a la pandemia, llegando a preocupar incluso una ruptura de la estabilidad social que ha caracterizado este último mes. 

Trabajo negocia con Seguridad Social un subsidio puente, ya que desde el ministerio de Escrivá no consideran que pueda ser posible poner la medida en marcha antes de julio. El problema sería la reordenación de ayudas ya existentes y la coordinación con las autonómicas, como la vasca. Desde UP no creen que se genere el mejor ambiente dentro del Ejecutivo peleando cada medida "a codazos", pero asumen su compromiso con la estabilidad del Gobierno de Sánchez ya que aunque se pierdan escaramuzas consideran que el resultado neto, el escudo social, no hubiera sido posible sin su presencia.

 Saben que estas derrotas les pueden costar apoyo en sus propios votantes, pero confían en que son más útiles manchados dentro que impolutos fuera, que con 35 diputados de una cámara de 350 están teniendo un peso decisivo para que la respuesta a esta crisis no sea como la del 2008. Entre otras cosas porque, volviendo al inicio del artículo, la situación de cambio e inestabilidad a nivel global y nacional, acelerada por el coronavirus, necesita de una mirada a medio plazo que no esté ensombrecida por la urgencia de estos días. Y trazar de forma milimétrica las líneas de la acción y el análisis.

 Sin embargo, no son pocos los que consideran que la presencia de la coalición de izquierdas en el Gobierno es una anomalía a corregir, como declaraba a El Mundo la pasada semana José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España: "Es momento de que sean apartados aquellos que quieren destruir el sistema".  (...)

Vox ha tenido, de hecho, otra consecuencia inesperada desde su aparición: el fraccionamiento, la desnaturalización y el debilitamiento del aparato mediático cercano a la derecha. Estamos en una situación inédita donde periódicos nacionales han entrado en competencia con panfletos digitales ultras, donde sus firmas clásicas compiten contra niñatos manipuladores subvencionados y donde, más allá del presunto espíritu de cruzada nacional, la hostilidad larvada entre los profesionales y los advenedizos empieza a ser palpable. 

La bajada de ingresos por publicidad tampoco ayuda a que un sólo un medio pudiera encabezar un ataque al Gobierno. Entonces, ¿dónde se halla el peligro?


En esas partes del Estado carentes de un control democrático directo y una larga tradición reaccionaria que engancha en línea prácticamente genética con la dictadura.

 La maniobra de producirse será uno de esos envalentonamientos que comienzan en corrillo y acaban en multitud. Se entiende que la pieza a cobrar es Unidas Podemos, incluso llegado el caso el propio Sánchez, pero sobre todo preocupa que la salida a la crisis, si la gestión del Gobierno se demuestra comparativamente acertada con los países de nuestro entorno, pueda dar alas al reformismo más progresista para alterar determinados privilegios que para los reaccionarios resultan intocables. Frente al avance social, escalada regresiva.


¿Qué podría protagonizar un embate al Gobierno y por extensión a cualquier sector mínimamente progresista del país? Lo judicial. Miren a Latinoamérica y especialmente a Brasil. ¿Les suena el anglicismo lawfare? La guerra jurídica que manipula y altera las leyes para convertirlas en herramientas políticas que acaben con gobiernos. 

La intención sería buscar cualquier resquicio en la gestión del Gobierno para poner en marcha procesos que primero entorpezcan su actividad para llegar incluso a su desalojo. Probablemente esas acusaciones se estén pensando y escribiendo estos días. Que salgan o no del cajón dependerá en gran parte de cómo resulta el fin inmediato de la crisis, de la valentía del Gobierno para profundizar en los cambios, que van a ser más que pretensión de izquierdas necesidad de país, e incluso de la fortaleza y pervivencia de la Unión Europea. (...)"             (Daniel Bernabé, Público, 13/04/20)

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