"El primer caso de coronavirus se detectó el 1 de diciembre de 2019 en
Wuhan. Han pasado, por tanto, 120 días y, según las estadísticas
internacionales que acabo de leer cuando escribo estas líneas, desde
entonces han muerto en el mundo 37.091 personas. Es seguro que muchas
más, porque en algunos países no se está contabilizando, por ejemplo, a
quien muere en su casa o en una residencia de ancianos. (...)
Es un drama, pero no es el único que se está produciendo en el mundo. En
el mismo periodo en el que, según las cifras oficiales, han muerto esas
37.091 personas por el coronavirus, también han fallecido 2,95 millones (80 veces más) por hambre; 1,2 millones (33 veces más) por no haber podido recibir atención médica; 720.000 (20 veces más) por accidentes laborales; 96.000 mujeres (2,5 veces más) por no tener suficiente atención médica en el embarazo y 672.000 niños
(18,1 veces más) han nacido muertos por esa misma razón. Y tantas
muertes de seres humanos por estas causas evitables se vienen
produciendo todos los años, aunque es cierto que se pueden ir
reduciendo. (...)
En nuestro planeta no hay escasez de recursos, no falta dinero, sino que
hay un orden de prioridades que antepone el beneficio, el armamento, el
despilfarro o su concentración en pocas manos a la satisfacción de las
más básicas necesidades humanas. Eso es lo que de verdad explica que los
recursos y el dinero que hay de sobra en nuestro planeta para
proporcionar una vida digna a todos los seres humanos no se utilicen
para ello.
(...) con lo que ha cobrado cualquiera de las grandes figuras del fútbol
europeo en estos cuatro meses últimos se podrían comprar unos 2.000
respiradores (el doble de los que parece que ahora va a comprar España
con ugencia); con el presupuesto anual del F.C. Barcelona unos 45.000 (...)
Los gastos de todos los Gobiernos del mundo suman unos 20 billones de
dólares. Si se tiene en cuenta que, según los datos que proporciona el
Banco Internacional de Pagos, en todo el mundo se mueven cado años unos
14.900 billones (millones de millones) de dólares, resulta que, con una
tasa de menos de 15 céntimos por cada 100 dólares de transacción
financiera, y sin necesidad de pagar ni un solo impuesto más en ningún
lugar del mundo, se podría sufragar todo ese gasto público.
Y cubrir la
satisfacción adicional de las necesidades básicas y dignas de toda la
población mundial costaría unos pocos céntimos más, en términos
porcentuales, de todo ese astronómico volumen de transacciones, la mayor
parte del cual no paga impuesto alguno.
Sin necesidad de recurrir a esa tasa –hoy día no es muy difícil de
establecer porque la gran mayoría de esas transacciones dejan huella
digital–, hay otras fórmulas quizá más inmediatas de obtener dinero:
según el Fondo Monetario Internacional, en los paraísos fiscales se
ocultan unos siete billones de dólares de las grandes empresas y
fortunas; lo escondido allí por españoles supondría unos 140.000
millones de euros y la evasión fiscal anual en España se mueve entre
40.000 y 70.000 millones, según las estimaciones.
Si todas las grandes
empresas y bancos cumplieran con sus obligaciones fiscales (se calcula
que evaden un 30% de sus ingresos) y se prohibieran de verdad los
paraísos fiscales, habría bastante dinero para resolver una buena parte
de las principales carencias del mundo de nuestros días.
Ahora bien, ni siquiera combatir la elusión fiscal y generar nuevos
tipos de impuestos (que podría permitir que la presión fiscal fuera 200
veces más baja que la actual) son la única fuente de creación de dinero.
Si se necesita con mayor urgencia, los bancos centrales pueden
proporcionar todo el que sea necesario de un día para otro.
La Reserva Federal de Estados Unidos anunció hace unos días que
realizaría "compras ilimitadas de títulos" para evitar que su precio se
desplome. Eso significa que se va a crear dinero sin límite para
comprar, entre otras, las acciones de empresas que durante años han
estado dedicando miles y miles de millones a comprar sus propias
acciones. Así las revalorizaban y sus propietarios aumentaban su
capital. Y ahora que sus cotizaciones se vienen abajo, la Reserva
Federal pone dinero sin límite para evitar que se arruinen.
El actual candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, el senador Bernie Sanders, solicitó en 2011 una auditoría
de la Reserva Federal y al realizarse se encontró con que ésta había
gastado en secreto, sin dar ningún tipo de información, 16 billones de
dólares en dar préstamos sin interés a las mayores empresas y bancos del
planeta. Para ellos tampoco hubo escasez cuando necesitaron ayuda y la
recibieron prácticamente regalada: el banco central de Estados Unidos
creó dinero de la nada para sacar a flote a quienes habían provocado la
crisis.
Ahora, asustados por la enorme tragedia económica que puede suponer
la pandemia del coronavirus, los bancos centrales vuelven a poner
dinero, aunque, como acabo de decir, para comprar acciones o dando
dinero al 0% a la banca privada para que ésta haga negocio prestando a
tipos de interés bastante más altos a los Gobiernos y a las empresas.
Y mientras tanto, los hospitales se saturan careciendo de medios,
muchas personas mueren por falta de recursos materiales y de personal,
miles de empresas están a punto de cerrar por la inactividad forzada y
millones de personas se van al paro.
Es una doble tragedia. La del virus y la del comportamiento criminal
-vamos a llamar ya a las cosas por su nombre- de quienes pueden disponer
de todo el dinero necesario para afrontar con medios suficientes la
emergencia sanitaria y, sin embargo, prefieren crea artificialmente la
escasez, la que produce el miedo con el que se favorece el sometimiento y
la carencia que mata a millones de seres humanos.
No estoy reclamando que los bancos centrales despilfarren el dinero,
ni que los gobernantes puedan disponer de él a sus anchas para
malgastarlo. Hay multitud de vías para establecer controles que
garanticen su buen uso. Se trata, simplemente, de ponerlo allí donde
ahora mismo es imprescindible que esté para evitar una catástrofe humana
y económica.
Nos están engañando cuando dicen que no hay más recursos.
No es que falte el dinero sino que sobran la maldad, la avaricia y la
mentira, "los tres monstruos -como dijo Máximo Gorki- que han socavado y
amedrentado al mundo con la fuerza de su cinismo". (Juan Torres López, Público, La Tramoya, 31/03/20)
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