"(...) Lo peor, sin embargo, lo verdaderamente lamentable no es la lentitud, ni
la disensión técnica, aunque esto muestre que la Unión Europea es un
armatoste que resulta ineficaz cuando la sociedad tienen problemas que
reclaman medidas urgentes para evitar, como en este caso, la muerte de
miles de personas.
Lo que está hundiendo a la Unión Europea es que ni
siquiera sepa disimular que sus dirigentes son incapaces de actuar
fraternalmente, de expresar de vez en cuando palabras de solidaridad y
de ayuda (...)
Ni en medio de un desastre son capaces de dejar a un lado los
resentimientos para hacer políticas auténtica y eficazmente
humanitarias, ni la desgracia les está ayudando a actuar como hermanos.
Ni ante la muerte son capaces de ser grandes y generosos. (...)
Al paso que vamos, la catástrofe que vamos a padecer los europeos no
va a ser la que directamente provoque el coronavirus sino la
irresponsable actuación de nuestros líderes.
En la reunión de ayer se discutía la forma de movilizar 500.000
millones de euros. Una cifra de por sí ya insuficiente si se tiene en
cuenta que ya hay estimaciones del daño que se va a producir que indican
que sólo un país como España podría tener una pérdida de actividad en
un primer año equivalente a la mitad de ese medio billón de euros.
Según han informado los medios, en la mesa de la reunión estaba
distribuir esa cantidad en tres medidas: 200.000 millones para que el
Banco Europeo de Inversiones proporcione garantías paneuropeas a los
bancos; otros 200.000 millones para que el Mecanismo Europeo de
Estabilidad (MEDE) conceda préstamos de rescate (dando por hecho que va a
haber que rescatarlos), sobre todo, a España e Italia; y 100.000
millones para ayudas al desempleo (dando, pues, por hecho, que no se va a
evitar sino que va a multiplicarse).
Como en ocasiones anteriores, Alemania y Holanda se atrincheran para
obligar a que la intervención y las ayudas no sean, en ningún caso,
mancomunadas; para que los préstamos del MEDE vayan unidos a condiciones
que obligarían realizar nuevos recortes; y para evitar por todos los
medios que las ayudas al empleo se consoliden, convertidas más adelante
en un seguro de desempleo europeo.
Esas tres medidas, para colmo, ni siquiera concitan el acuerdo de los
países más afectados, Italia y España. Los italianos se niegan, con
razón y por dignidad, a ser rescatados por el MEDE. España afirma que no
necesita todavía esa posible ayuda (lo cual, por cierto, sorprende
porque hay miles de empresas y autónomos que todavía no han recibido
ayuda alguna) pero estaría dispuesta a ceder, recibiendo el préstamo del
MEDE, si no conlleva una condicionalidad muy dura y a cambio de que se
ponga en marcha un Plan Marshall que facilite la reconstrucción. Una
apuesta arriesgada esta última porque equivale a dar por hecho que la
destrucción se va a producir, en lugar de luchar por evitarla.
El error de todos estos dirigentes es histórico y fatal porque, a
diferencia de lo que ha solido ocurrir en otras crisis anteriores, ahora
hay una coincidencia bastante grandes entre economistas de muy
diferente signo o matiz ideológico.
Incluso alguien tan poco sospechoso de extremismo, el anterior
presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, ha defendido
prácticamente el mismo camino de actuación que llevamos reclamando
muchos economistas de todas las tendencias en las últimas semanas.
En un artículo publicado en el Financial Times el pasado 25 de marzo (aquí),
dice que el coronavirus es "una tragedia humana de proporciones
potencialmente bíblicas" que "una recesión profunda es inevitable" y que
el desafío al que hay que enfrentarse es el de actuar "con suficiente
fuerza y velocidad para evitar que la recesión se transforme en una
depresión prolongada... que deje un daño irreversible". Y con rotundidad
afirma que la respuesta va a implicar implicar un aumento significativo
de la deuda pública porque "la pérdida de ingresos sufrida por el
sector privado... debe ser absorbida, total o parcialmente, por el
presupuesto del gobierno".
Draghi afirma que "debemos proteger a las personas de perder sus
empleos en primer lugar" pero también es esencial, sigue diciendo, "que
todas las empresas cubran sus gastos operativos durante la crisis, ya
sean grandes corporaciones o incluso más pequeñas y medianas empresas y
empresarios autónomos".
Para que eso sea posible, Draghi dice que "los bancos deben prestar
rápidamente fondos a coste cero a las compañías que pueden salvar el
empleo" y para que eso sea posible reclama que se movilice todo el
sector financiero europeo con la ayuda de capital si hace falta de los
gobiernos.
Si se actúa así, sigue diciendo, "los niveles de deuda pública habrán
aumentado. Pero la alternativa, una destrucción permanente de la
capacidad productiva y, por lo tanto, de la base fiscal, sería mucho más
perjudicial para la economía".
Lo que dice Draghi es lo que vengo diciendo en las últimas semanas y
me alegra que alguien con tanta información y crédito lo corrobore,
aunque no comparto con él el dejar a un lado al Banco Central Europeo a
la hora de dar soluciones (ni tan siquiera lo cita en su artículo). A mi
juicio, es la pieza fundamental para evitar que ese incremento de deuda
que él ve imprescindible se convierta en una losa fatal pasado mañana.
Dejarlo de lado es un error descomunal y tengo la completa seguridad de
que, antes o después, tendrán que rectificar para obligarle a actuar con
toda su potencia.
Coincido, en fin, con un vaticinio último de Draghi que yo desearía
que fuese un simple error de predicción: "el coste de la vacilación
puede ser irreversible".
La situación europea es muy preocupante no sólo porque sus ministros de
economía y finanzas y sus jefes de gobierno vacilan, sino porque ni
siquiera logran disimular ante los europeos de todas las nacionalidades y
grupos sociales para mostrar que, al menos ante la desgracia, son
capaces de darse la mano y de hablar sin reproches para transmitir
mensajes de esperanza, de cooperación y solidaridad.
Con su desunión
condenan a sus pueblos y prenden fuego a la Unión Europeo. Será un
milagro que los pueblos no le devuelvan la factura pero, al final,
seguro que no la pagan los burócratas que gobiernan las instituciones
europeas sino, otra vez, la población más débil y necesitada. Están
convirtiendo a Europa en una verdadera desgracia." (Juan Torres López, Público, 08/04/20)
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