"El capitalismo enfrenta al menos tres grandes crisis. Una crisis
sanitaria inducida por la pandemia, que rápidamente encendió la mecha de
una crisis económica con consecuencias todavía desconocidas para la
estabilidad financiera, y todo esto en el contexto de una crisis
climática que no admite respuesta dentro del paradigma actual («business as usual»).
Hasta hace apenas dos meses, las imágenes inquietantes de trabajadores
agotados que colmaban los medios noticiosos no eran de personal médico,
sino de bomberos.
Esta triple crisis ha revelado varios problemas en el modelo de capitalismo actual, que deben resolverse íntegramente mientras al mismo tiempo enfrentamos la emergencia sanitaria inmediata.(...)
La crisis de la COVID‑19 está exponiendo todavía más defectos en las
estructuras económicas, en particular la creciente precariedad del
trabajo, debida al surgimiento de la economía de plataformas y a décadas
de deterioro del poder de negociación de los trabajadores.
Para la
mayoría de la gente, el teletrabajo sencillamente no es opción; y si
bien los gobiernos están dando alguna ayuda a los trabajadores con
contrato formal, los autoempleados podrían quedar abandonados a su
suerte.Peor aún, los gobiernos están dando préstamos a las empresas en
un momento en que la deuda privada ya se encuentra en un nivel
históricamente alto. (...)
Y no olvidemos que un alto nivel de deuda privada provocó la crisis financiera global.Por
desgracia, durante la última década muchos países aplicaron medidas de
austeridad, como si la deuda pública fuera el problema. El resultado fue
un debilitamiento de las mismas instituciones públicas que necesitamos
para superar crisis como la pandemia de coronavirus. (...)
Como si estos daños autoinfligidos no bastaran, un sector empresarial excesivamente «financierizado» ha estado extrayendo
valor de la economía para premiar a los accionistas con planes de
recompra de acciones, en vez de apuntalar el crecimiento a largo plazo
invirtiendo en investigación y desarrollo, salarios y capacitación de
los trabajadores. Eso dejó a los hogares desprovistos de colchones
financieros, lo que les dificulta el acceso a bienes básicos como la
vivienda y la educación.
La mala noticia es que la crisis de la COVID‑19 está exacerbando todos
estos problemas. La buena noticia es que podemos usar el estado de
emergencia actual para comenzar a crear una economía más inclusiva y
sostenible. (...)
Por ejemplo, condicionar la ayuda estatal a las empresas a que estas no
despidan empleados, y asegurarse de que cuando la crisis termine,
invertirán en capacitación de los trabajadores y en mejorar las
condiciones laborales. Mejor aún, los gobiernos deberían (como en Dinamarca)
ayudar a las empresas a seguir pagando los salarios de los empleados
que no estén trabajando: eso permitirá, simultáneamente, proteger las
fuentes de ingresos de los hogares, prevenir la propagación del virus y
facilitar a las empresas el reinicio de la producción cuando la crisis
haya terminado.
Además, los programas de rescate deben estar diseñados de
modo de incentivar a las empresas más grandes a recompensar la creación
de valor en vez de su mera extracción; esto incluye prevenir las
recompras de acciones y alentar inversiones en crecimiento sostenible y
reducción de la huella de carbono. El año pasado la asociación
estadounidense de empresas Business Roundtable declaró
su voluntad de adoptar un modelo de creación de valor para todas las
partes interesadas (no sólo los accionistas); esta es la ocasión de
respaldar las palabras con acciones.
Si ahora el empresariado
estadounidense empieza a poner peros, entonces hay que denunciar que
aquello fue un engaño.En lo referido a los hogares, los gobiernos no
deben quedarse con el otorgamiento de préstamos, sino considerar la
posibilidad de un alivio de deudas,
especialmente en vista de los altos niveles de deuda privada que hay en
la actualidad. Como mínimo, los pagos a acreedores deben congelarse
hasta que la crisis económica inmediata esté resuelta, y hay que
destinar las inyecciones de dinero en efectivo a los hogares más
necesitados.
Además, Estados Unidos debe respaldar con garantías
oficiales el pago de entre el 80 y el 100% de las nóminas salariales de
las empresas afectadas (como han hecho el RU y muchos países asiáticos y
de la Unión Europea).
También es hora de reconsiderar el modelo de
alianza público‑privada. Ocurre muy a menudo que estos esquemas tengan
más de parasitismo que de simbiosis. La búsqueda de una vacuna para la
COVID‑19 puede convertirse en otra relación unidireccional, en la que
las corporaciones obtienen enormes ganancias vendiendo a la gente un
producto derivado de investigaciones financiadas por los contribuyentes.
De hecho, pese a la importante inversión pública con dinero de los
contribuyentes estadounidenses en el desarrollo de una vacuna, hace poco
el director del Departamento de Salud y Servicios Sociales de los
Estados Unidos, Alex Azar, admitió
que los tratamientos y vacunas que se desarrollen para combatir la
COVID‑19 tal vez no estén al alcance de todos los estadounidenses.Necesitamos con urgencia estados emprendedores
que inviertan más en innovación en áreas como la inteligencia
artificial, la salud pública, las energías renovables, etcétera.
Pero
esta crisis es un recordatorio de que también necesitamos estados que
sepan cómo negociar, para que los beneficios de las inversiones hechas
con dinero de la gente vuelvan a la gente.Un virus asesino ha expuesto
grandes falencias en las economías capitalistas occidentales. Ahora que
los gobiernos están en pie de guerra, tenemos una oportunidad de
arreglar el sistema.
Si no lo hacemos, no tendremos ninguna chance
frente a la tercera gran crisis (la creciente inhabitabilidad del
planeta) y todas las otras más pequeñas que traerá aparejadas en los
años y décadas que vendrán." (Mariana Mazzucato, Project Syndicate, 30/03/20)
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