"(...) Un informe
publicado el 30 de marzo por la Conferencia de las Naciones Unidas
sobre el Comercio y el Desarrollo ofrece un atisbo de lo que aguarda a
las economías emergentes y en desarrollo.
Las más exitosas tienen su
crecimiento supeditado a las exportaciones, que se hundirán a la par de
la contracción de la economía global. Naturalmente, los flujos globales
de inversión también se están derrumbando, lo mismo que los precios de
los productos primarios, lo que permite prever un futuro complicado para
los países exportadores de recursos naturales
.Estos hechos ya se ven en los diferenciales de rendimiento (spreads)
de la deuda soberana de los países en desarrollo. A muchos gobiernos
les resultará sumamente difícil (o imposible) refinanciar los
vencimientos de deuda de este año en términos razonables.
Además, los
países en desarrollo tienen menos opciones para enfrentar la pandemia y
son más difíciles. Cuando la gente vive al día, sin mecanismos adecuados
de protección social, la pérdida de ingresos puede convertirse en
hambre. Pero estos países no pueden imitar la respuesta estadounidense,
que incluye (hasta ahora) un paquete económico de dos billones de
dólares que sumará más o menos un 10% del PIB al déficit fiscal
(...) hay al menos dos medidas que pueden tomarse en relación con la difícil situación de las economías emergentes y en desarrollo.En
primer lugar, hay que usar a pleno los derechos especiales de giro del
Fondo Monetario Internacional, una especie de «dinero global» cuya
creación forma parte de las atribuciones de la institución desde su
fundación.
Los DEG son un ingrediente esencial del orden monetario
internacional que John Maynard Keynes defendió en la Conferencia de
Bretton Woods en 1944. La idea es que como obviamente durante una crisis
la prioridad de los gobiernos es dar protección a sus ciudadanos y
economías, la comunidad internacional debe tener una herramienta para
ayudar a los países más necesitados sin que los presupuestos nacionales
resulten afectados.
Una emisión de DEG estándar –en la que un 40% de los
DEG se destine a las economías emergentes y en desarrollo– ya supondría
una enorme diferencia. Pero sería incluso mejor si economías avanzadas
como Estados Unidos donaran sus DEG o los dieran en préstamo (en forma
concesionaria) a un fideicomiso destinado a ayudar a los países más
pobres, tal vez con determinadas condiciones, en particular, que el
dinero no se use para el rescate de acreedores.También es crucial que
los países acreedores colaboren, anunciando una suspensión de pagos de
las deudas de las economías emergentes y en desarrollo.
En las condiciones actuales, muchos países están sencillamente
imposibilitados de seguir pagando sus deudas, y si no se aprueba una
suspensión mundial de los cronogramas de pago, puede haber una avalancha
de defaults a gran escala. En muchas economías emergentes y en
desarrollo, el gobierno se enfrenta a una elección entre la cantidad de
ingresos que se destinan a los acreedores externos y la cantidad de
ciudadanos que morirán.
Obviamente, para la mayoría de los países
permitir un aumento de la mortalidad sería inaceptable, así que la única
opción real para la comunidad internacional es o bien una suspensión de
pagos ordenada o bien una suspensión desordenada, alternativa esta que
generará inevitablemente graves turbulencias y amplios costos para la
economía global.
Por supuesto, sería incluso mejor si contáramos con un mecanismo
institucionalizado para la reestructuración de deudas soberanas. La
comunidad internacional intentó crearlo en 2015, cuando la Asamblea
General de las Naciones Unidas adoptó por amplia mayoría una serie de
principios compartidos. Por desgracia, el plan no tuvo apoyo suficiente
de los países acreedores más importantes. Es probable que ya sea
demasiado tarde para crear un sistema así para esta crisis.
Pero
inevitablemente habrá otras crisis en el futuro, de modo que la
reestructuración de deudas soberanas debería ser una cuestión
prioritaria de la agenda para después de la pandemia.En las inmortales
palabras de John Donne: «Ningún hombre es una isla». Tampoco lo es
ningún país (algo que la crisis de la COVID‑19 dejó suficientemente en
claro). Esperemos que la comunidad internacional decida finalmente hacer
frente a la realidad." (Joseph Stiglitz, Project Syndicate, 06/04/20)
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