"La alianza de PSOE y Podemos en el Gobierno se ha convertido en un
foco de atención masiva desde la pandemia. La animadversión que había
suscitado tal coalición entre sus adversarios políticos se ha
multiplicado peligrosamente desde la aparición del covid-19.
El
confinamiento enciende las pasiones, que son una manera de combatir la
impotencia a la que nos vemos sometidos, y el malestar entre las derechas respecto de este Gobierno está creciendo mucho. Se nota en la agresividad de los mensajes en las redes, tremendamente polarizados, pero también en la tribuna del Congreso.
Iglesias se ha convertido en el centro de esta batalla política. Es el flanco débil para atacar a Sánchez, y se le suele utilizar como explicación de todo lo que se está haciendo mal en España (...)
Son acusaciones en las que los opuestos coinciden: la sobrevaloración de lo que está haciendo Podemos en el ejecutivo viene bien a las derechas
porque permite recurrir a los extremos (que incluyen el bolivarianismo,
Cuba y los tópicos habituales), pero también a los de Iglesias, ya que les permite vender algunas de las medidas del ámbito social o laboral como si fueran propias, como si no se pudieran haber tomado si no hubieran estado ellos cogobernando.
Ambas cosas se exageran
interesadamente. Las decisiones más importantes las toma el Gobierno, y
la dirección del mismo y los ministerios clave pertenecen a los
socialistas. Medidas cruciales, como las que se deciden en la UE, están
siendo negociadas por Calviño y Sánchez, las decisiones
sanitarias también vienen del PSOE y las sociales, como la renta
mínima, no podían haber sido acordadas si los socialistas no estuvieran
de acuerdo. Todo esto es obvio, ya que Podemos es la parte minoritaria del Gobierno, pero convendría recordarlo más a menudo para rebajar la tensión.
Las tres causas de su desaparición
Más
allá del caso español, es muy significativo que la izquierda tenga un
papel tan poco relevante en el escenario político occidental: se está
quedando sin sitio. Por una parte, Sanders ya no es una opción y Corbyn tampoco es el líder del partido laborista británico, y ambos constituían la gran esperanza de una izquierda fuerte. Por otra, los
grandes debates políticos que están surgiendo con la crisis se han
articulado en términos mucho más territoriales que ideológicos.
La Unión Europea, con la brecha abierta entre norte y sur, es un buen ejemplo, porque las medidas más progresistas están siendo defendidas por Conte, Costa, Macron
o Sánchez, líderes de países del sur, de diferentes partidos y
corrientes de pensamiento, al igual que los países del norte tienen
líderes de signo político distinto que coinciden en su visión.
Además, todo aquello que había dado forma a la izquierda en los últimos años, como el feminismo, el ecologismo o el movimiento proinmigración, ha sido relegado a un plano muy secundario,
y los debates sobre las libertades, que antes se establecían sobre las
minorías, ahora se fijan en los niños o los mayores y la conveniencia de
que salgan o no de casa. Y las prevenciones sobre el control
tecnológico y la vigilancia del Estado son mucho más frecuentes, y en el
caso español es muy evidente, desde la derecha.
Con todo, lo más
significativo es que algunas de las políticas económicas más atrevidas
que se han tomado para combatir la pandemia han venido desde países
gobernados por las derechas populistas, como EEUU y Reino Unido, como la monetización de la deuda o el cheque de 1.200 dólares de Trump.
De forma que tenemos una izquierda occidental que tiene muy poco poder político, pero en la que tampoco se adivinan fuerzas sociales o posiciones ideológicas que puedan ser importantes en el futuro próximo. (...)
Sigue manejándose en el escenario de las últimas décadas, en el que ha aportado ideas en torno a las cuales se iban a reunir espontáneamente las mayorías sociales, sobre todo si imponían la narrativa en los medios; entre las más destacadas, su propuesta de un Green New Deal, la apuesta por el feminismo o por la renta básica.
(...) cuando se carece de poder estructural, las ideas son acogidas,
modificadas y alteradas hasta alcanzar metas muy distintas de las
esperadas inicialmente. Eso es lo que ha ocurrido con la Tasa Tobin,
cuya aplicación dista muchísimo de la idea de partida y especialmente de
los objetivos que pretendía lograr; de ahí parte también la ira del feminismo pata negra cuando Ana Botín se declara feminista o lo hacen políticos de derechas; el Green New Deal tiene aspecto de ser la siguiente fase.
Las transformaciones de la derecha
Esta es también la lección
que nos ofrece la monetización, una idea que era ampliamente repudiada
por gobiernos, inversores, instituciones y expertos de todo Occidente y
que ahora se acoge como la solución de emergencia. Pero es lógico, cuando se tiene el poder, se utilizan distintos recursos para asentar la estructura existente.
Tenemos experiencia reciente en 2008, cuando se hizo un paréntesis en
el capitalismo, para regresar después a lo de siempre, y sin
contradicciones. (...)
En las últimas décadas, la izquierda ha aportado esa innovación que han
supuesto los cambios en las costumbres mientras que las transformaciones
estructurales han provenido de la derecha. Ha habido cuatro momentos
realmente significativos en la historia de Occidente en los últimos 50
años y todos han venido desde ese lado ideológico: la llegada el poder
de Thatcher y Reagan y el inicio de la globalización, la de Bush Jr.
y el 11-S, con la irrupción de un neoliberalismo más acentuado, la
respuesta a la crisis de 2008 con el rescate al ámbito financiero, y la
reacción a la pandemia en 2020, liderada por la desglobalización
iniciada por Trump. (...)
Este desapego por parte de la izquierda a la hora de tomar en serio la
estructura y el poder, y de optar en su lugar las ideas brillantes a la
hora de hacer política, tiene una buena expresión de su debilidad en la
renta básica. Aclaremos que esa renta mínima que se proporcionará a la
gente para subsistir mientras dure la pandemia no es renta básica, sino
un mecanismo eventual y necesario para responder a una urgencia.
La renta básica puede ser muchas cosas, dependiendo de quién la aplique: un mecanismo estatal de compensación de las rentas de trabajo que se dejan de percibir al reducirse los salarios, o una forma de dejar de prestar servicios públicos
(se ofrece una cantidad a todos los ciudadanos, y ellos deciden si lo
gastan en salud, educación o fiestas, pero ya sin estado de bienestar), o
puede ser un resorte para, como dicen sus defensores, permitir que
trabaje solo aquel que quiera y que, en ese caso, pueda negociar
convenientemente su salario.
Pero eso parece irreal (...)
Lo malo es que, cuando renuncias al poder, este encuentra vías de
escape, como bien hemos visto en los últimos años, y vete ahora a poner
impuestos a las grandes tecnológicas, a las firmas que operan legalmente
desde paraísos fiscales o a los flujos de capital que operan desde
países que les son favorables. Como el poder no es tuyo, tampoco tienes
opción de recaudar lo necesario.
La renta básica se le parece mucho
porque, como le ocurrió a ese señor Peel del que hablaba Marx: tienes la idea, pero te olvidas de las condiciones que la hacen posible. En las condiciones actuales, la renta básica no sería la nueva expresión del pacto social sino una concesión discrecional.
La
izquierda ha renunciado a entender cómo se estructura nuestro sistema, y
por tanto a tener la fuerza suficiente como para operar en él con
respaldo real. Incluso Sanders, que en teoría era el más atrevido, tenía
propuestas bastante obvias para los europeos, como reforzar los
servicios públicos y aumentar el salario mínimo, y no mucho más. Esta
negativa a tomar el poder en cuanto poder, y a agitar en su lugar la bandera del antifascismo,
les impide también percibir cómo son las clases sociales hoy, cuáles
son sus intereses, posiciones, y contradicciones, lo que les relega a
una posición débil.
Y a seguir anclados en la perspectiva de una idea
mágica que incesantemente transmitida construirá la hegemonía, esa narrativa que reunirá a todas las demás, que es como el anillo de 'El señor de los anillos'.
En fin, si hubiera menos relato y más fisicidad, si tomaran en serio el
poder y la economía, si hubieran aprendido algo del 18 brumario y algo
de Maquiavelo, dejarían de ser animadores sociales o cargos públicos impotentes (o ambas cosas) y harían política." (Esteban Hernández, El Confidencial, 25/04/20)
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