"Gloomy at the Top: How the Wealthiest 0.1% Feel about the Rest’ es un muy interesante estudio cualitativo, realizado por Anu Kantola, de la Universidad de Helsinki, acerca de cómo ven el mundo las personas más ricas de su país,
las que conforman el 0,1%.
La visión que dejan traslucir es muy
parecida a la de las españolas, las francesas o las alemanas, lo que no
es demasiado sorprendente dada la facilidad y la frecuencia de las
conexiones en una época global.
Se describen a través de
cualidades positivas, dicen ser personas con capacidad para controlar
las emociones y lidiar con la presión, así como con empatía y
habilidades para el liderazgo, pero su humor cambia cuando observan la
sociedad.
A veces porque perciben demasiado rencor (“Si viviéramos en EEUU, la gente pensaría, esta persona gana mucho dinero, ¿cómo podría hacer yo lo mismo? En
Finlandia piensan que algo malo o deshonesto habremos hecho para ganar
tanto”), en otras porque encuentran demasiado inmovilismo: les preocupa
mucho “la falta de espíritu y de coraje para regenerarnos”.
En particular, el sistema político y la expresión actual de la
democracia centran sus temores, porque se han convertido en un callejón
sin salida en el que “las personas ya no están dispuestas a trabajar
juntas para lograr un objetivo común”. Esta falta de disposición a mirar
por el interés común se concreta especialmente en la economía, poco
responsable, porque puede llegar a destruir el estado de bienestar.
“Mantenemos intactas las prestaciones mientras la deuda pública sigue
siendo demasiado elevada. Estamos viviendo a expensas de nuestros hijos.
Nuestro sistema es demasiado caro. Ya no podemos pagarlo, y debería
arreglarse. Pero las personas votan por quién votan, y nuestros
parlamentarios y políticos no se atreven a hacer las cosas bien para
nuestros hijos. Todo esto me deprime bastante”.
Reconocemos estas afirmaciones porque las hemos escuchado muchas veces en nuestra sociedad,
tanto desde las clases con más recursos como desde otras posiciones
sociales. Es un tipo de mentalidad arraigada que subraya el mal
funcionamiento de la política, el gasto excesivo, el peso de una deuda
que no nos tomamos en serio, la hipoteca para generaciones futuras y la
necesidad de trabajar juntos en la buena dirección. Durante mucho
tiempo, estas ideas han conformado el sentido común económico, y todavía
hoy siguen dándole forma.
Las vemos reproducidas en nuestra política cotidiana, nacional e
internacional. De aquí parten los reproches alemanes y holandeses hacia
el sur, de la irresponsabilidad que supuso haber aplazado las reformas y
no haber actuado contundentemente con la deuda, y de la falta de valor
de unos políticos que pensaron en la reelección más que en el país.
Y
las aceradas críticas de la oposición a nuestro Gobierno surgen también
desde estas posiciones: ha habido improvisación y negación con el
coronavirus porque se han centrado más en seguir en el poder que en
ayudar a España. Desde luego, en lo económico, este marco mental está
muy presente, ya que, al no haber hecho los deberes, España se encuentra sin mucho margen de acción y Sánchez no sabe dar soluciones adecuadas ni negociarlas con los empresarios.
Sin embargo, las cosas no son tan fáciles, y el punto de partida tampoco
es tan nítido. Incluso dejando de lado las consideraciones de justicia,
referidas a la necesidad de conservar la cohesión social y territorial,
que son ideas que suelen considerarse poco razonables por el gasto que
implican, este diagnóstico tiene algunas fallas.
Reconozcamos que le falta coherencia,
porque esa apelación a la contención del gasto público y a no incurrir
en déficit se ha puesto en suspenso en un par de ocasiones recientes,
cuando hubo que salvar a los bancos en 2008 y ahora, cuando debemos
aportar grandes cantidades de dinero para salvar a las grandes empresas
productivas.
Gastar dinero público en esos casos sí es una demostración
de responsabilidad, lo cual no es consecuente con el postulado inicial.
En segundo lugar, el país más importante del mundo, que tiene un déficit
sustancial y una deuda enorme, no es, pese a ello, castigado por los
mercados, el gran riesgo que siempre está en el horizonte.
El segundo problema de esta visión nos atañe particularmente a los
españoles, porque somos los receptores de las quejas, no los emisores.
Como bien hemos notado en nuestra relación con la UE, somos nosotros los
que debemos ser regenerados por las bravas, de modo que la aceptación por parte de nuestras élites de ese marco de pensamiento parece poco prudente;
sería esperable si viniera de un gran inversor alemán, pero parece
mucho menos sensato si eres español, incluso si formas parte del 1%,
porque también te va a llegar parte de la factura.
A pesar de sus incongruencias, este es el edificio conceptual que sostiene las tensiones políticas, nacionales e internacionales, de estos días.
En la hostilidad enorme entre Gobierno y oposición a pesar de la
emergencia que vivimos, aparecen las acusaciones de que Moncloa no toma
las decisiones correctas, que España necesita una regeneración y que
este Gobierno es el menos capacitado para ello. Lo defiende la derecha
política, pero también buena parte de las élites españolas.
Sin embargo, bajo toda esta crispación lo que late es la pérdida de
control de las élites nacionales. Miran hacia la política, encuentran un
Gobierno cuyo vicepresidente es Iglesias, apoyado por los independentistas y que pende de un equilibrio inestable de fuerzas, y la solución se les aparece cristalina:
la mejor manera de regresar al camino correcto es cambiando de
dirigentes. La simpatía hacia las actitudes hostiles de PP y de Vox en
estos días parte de esa convicción: es necesario trabajar juntos, esta
nueva generación de políticos está empeorando las cosas y hace falta un
relevo.
Más allá de la idoneidad o no de este Gobierno, la
cuestión relevante es otra. No estamos ante un problema interior sino
principalmente exterior, y en las circunstancias presentes actuar de esta manera es similar a tener un problema en el trabajo y abroncar a tu pareja cuando llegas a casa:
a lo mejor sientes que has recuperado la potencia, pero nada ha
cambiado fuera. Las equivocaciones del PSOE habrán sido pocas o muchas,
pero lo importante está en otro lugar: han cambiado las grandes
tendencias mundiales, y estamos en medio de una catástrofe que no ha
hecho más que acelerarlas.
Todo se complica porque existe la convicción de que, al necesitar la
ayuda europea, es mucho mejor adoptar un perfil moderado en la
negociación y no tensar la cuerda con Alemania y Holanda. Para ese
objetivo, un representante nacional que no fuera Sánchez resultaría
mucho más adecuado.
En España hay mucha gente que piensa así, que
deberíamos aceptar los recursos que nos quieran poner encima de la mesa y
después realizar las reformas que no hicimos antes; constituiría una suerte de purificación necesaria para que por fin las cosas funcionen.
Otros, sin embargo, piensan solo en que hace falta que el Gobierno les
inyecte capital, que se debe coger lo que nos ofrezcan y más adelante ya
veremos cómo lo arreglamos.
Esa visión es equivocada para España y para la propia Unión Europea, y es curioso que en España seamos más pacatos, con lo que nos jugamos, que una parte de Alemania, esa que ha quedado representada en el editorial de ‘Der Spiegel’. La reacción de Merkel y de Rutte,
así como de sus ministros de finanzas, en un momento de crisis
profunda, con riesgo real de ruptura, con el proyecto europeo asediado,
ha consistido en cerrar los ojos y hacer como si esto fuera 2008, como
si domando las resistencias todo se arreglase. Al igual que en España,
frente a un problema gravísimo, se ha tratado de ganar el control
perdido abroncando a los de la casa.
La pandemia nos sume en un escenario distinto, que hace más débil a
Europa y la sumerge en un montón de dudas profundas. El asunto va más
allá de los eurobonos porque plantea la pregunta de cómo organizarse en
un entorno internacional, financiero y geopolítico, que estaba
reduciendo el espacio a la UE antes del coronavirus y que ahora la
constreñirá mucho más. En ese escenario, las élites del norte de Europa,
que encuentran un buen portavoz en Schäuble, quieren seguir compitiendo en el mundo desglobalizado con la mentalidad del pasado, lo que supone una garantía de declive.
Otra parte de ellas apuesta por dar largas en la respuesta y valorar
dentro de un tiempo, cuando el futuro se muestre más nítido, lo cual es
una garantía de ruptura. Este es un momento clave, porque China está
saliendo de la pandemia y se muestra reforzada, y EEUU y Gran Bretaña
van a aportar a sus economías todos los billetes
que sean necesarios, lo cual les dará buena ventaja respecto de Europa.
La falta de decisión de la UE provocará que seamos más el botín de los
vencedores que una potencia con una personalidad propia.
Las consecuencias para España de todo esto van a ser sustanciales,
también para nuestras élites. Constatemos que, antes de la pandemia, el capital internacional que buscaba rentabilidad ya había reparado en España como lugar de compras. Ocurría con el Ibex (casi el 50% está en manos extranjeras), con las firmas inmobiliarias o con sectores estratégicos como el gas, pero también habían entrado
en firmas de menor tamaño y con potencial de crecimiento. Las empresas
españolas ya eran cada vez menos españolas.
Durante la pandemia esos
movimientos de adquisición también se han sucedido, y por ello el
Gobierno prohibió (salvo autorización) que inversores extracomunitarios
pasaran a ostentar una participación igual o superior al 10% del capital
de una firma estratégica española o que, como consecuencia de la
operación, tomase el control de su órgano de administración.
Cuando esto termine, las cosas serán peores aún. Si no existe un respaldo decidido en Europa, España estará en venta y sus élites en prejubilación.
Y si hay una apuesta clara por ir juntos, será beneficioso, pero no se
habrá aclarado el panorama del todo. Las crisis funcionan en una doble
dirección, hacen más fuerte al fuerte y dañan a todos los demás.
Cuando termine la pandemia, las compañías españolas serán más frágiles y estarán mucho más expuestas al capital foráneo,
y a muchas de las europeas les ocurrirá igual, porque no se encontrarán
en condiciones de competir con las estadounidenses o las chinas, que
están recibiendo fondos sin límite.
En este escenario, sería esperable una reacción de las élites, aunque solo fuera como movimiento de autoprotección. A
lo largo de la historia, en los momentos cruciales, las élites han
actuado de dos maneras, encabezando los cambios o poniéndose al frente
de la resistencia a ellos. Lo que vemos ahora es más bien
esclerosis, ya que las europeas piensan cada vez más en términos
nacionales y las españolas están cada vez más fuera de juego.
No hay una
reacción que propugne ponerse a la altura de los tiempos; lo que vemos
se parece más a la resignación de quienes se saben perdedores e intentan
negociar unas buenas condiciones de rendición. Es comprensible, pensar
en grandes términos es difícil, y las dificultades son notables. Si se
hace esto, llegará una nueva época, más temprano que tarde, y habrá
sustitución de élites; y si no, es probable que también ocurra así." (Esteban Hernández, El Confidencial, 10/04/20)
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