24.1.23

Sapir: ¿Está realmente sentenciada la globalización?

 "(...) a pesar de que la reciente ola de globalización ha producido una riqueza inmensa, también ha generado una enorme desigualdad. Las consecuencias políticas y económicas de ello, argumentaba Faroohar, «son la principal razón de que ahora mismo nos encontremos en un período de desglobalización». 

Lo cierto es que no existe una opinión unánime acerca de que nos encontremos realmente en un período de desglobalización, ni de que llegado el caso de que eso sea verdad, la causa principal sea la disparidad de ingresos y riqueza generada por la globalización. Sin ir más lejos, en otra columna publicada en el mismo medio y en las mismas fechas, el periodista económico Martin Sandbu afirmaba que «dar por muerta a la globalización es una terrible exageración». (...)

Así pues, ¿resulta acertado afirmar que la presente ola de globalización, que tuvo su inicio hace tres décadas, ha llegado a su fin o, cuanto menos, que está sentenciada? Y si es así, ¿debemos alegrarnos por ello o, por el contrario, debemos lamentarlo?  (...)

Históricamente, la participación del comercio mundial de bienes y servicios en el PIB mundial nunca ha alcanzado más del 20%. Después de 1990, creció sostenidamente, hasta alcanzar un pico del 31% en 2008, justo antes de que estallase la Gran Recesión financiera (ver gráfico adjunto). 

Sin embargo, después de la Gran Recesión, la hiperglobalización se estancó y fue seguida de una fase que ha sido descrita como desglobalización o como slowbalisation (globalización «a cámara lenta» o «al ralentí», respectivamente), dependiendo del indicador que se utilice. (...)

La desglobalización parece haber comenzado ya en el comercio de mercancías, con un declive sustancial de la proporción del comercio mundial respecto al PIB desde el pico de 2008. Por otro lado, en el caso del comercio de servicios no parece haberse producido ni una desglobalización ni una slowbalisation, sino más bien una intensificación de la globalización, con un incremento continuo de la proporción del comercio mundial respecto al PIB mundial después del 2008, pero de nuevo con una caída en 2020 debido al impacto de la COVID-19. 

(...) la hiperglobalización también ha producido enormes tensiones económicas y políticas, tanto entre naciones, como dentro de ellas, que han sembrado dudas sobre su sostenibilidad. A grandes rasgos, podemos afirmar que estas tensiones son principalmente el resultado de dos factores:  El primero es la dramática transformación de la vieja división internacional del trabajo entre economías avanzadas y economías en vías de desarrollo, que ha visto como, durante un siglo, las primeras se especializaban en bienes manufacturados y las segundas, en productos agrícolas o en materias primas.

(...) los países en vías de desarrollo se han vuelto competidores de las economías avanzadas, pero a la vez, son también unos de sus importantes compradores.  El segundo factor que contribuye a las citadas tensiones es la creciente incapacidad del sistema para gestionar los problemas generados por el incremento de la competencia internacional en las tres últimas décadas, en particular, aquella que se da entre las economías avanzadas y las economías en vías de desarrollo. (...)

 No hubo que esperar mucho tiempo para que la segunda ola de globalización –la hiperglobalización–, que tuvo su origen a comienzos de 1990, produjese una involución en Estados Unidos y en otras economías avanzadas. 

El economista Dani Rodrik fue uno de los primeros en preguntarse, allá en 1997, ¿Has globalization gone too far? («¿Ha ido demasiado lejos la globalización?»), en un libro así titulado. Poco después, se sumaron al debate los economistas Burtless, Lawrence y Litan con su libro Globaphobia: Confronting Fears about Open Trade («Globalofobia: hacer frente a los temores que provoca el libre comercio»). (...)

 En Estados Unidos, donde los mercados operan de forma eficiente, la globalización generó a la vez que más riqueza, también más desigualdad de renta y más problemas de ajuste que los que generó en Europa, donde el contexto era muy diferente. El votante de clase media estadounidense perdió una porción sensible de su salario y se vio expuesto a cada vez más inseguridad laboral, lo que tuvo como resultado una confrontación del mundo laboral a la globalización. En Europa, donde el Estado del bienestar es más generoso y los mercados son menos eficientes, la globalización generó menos riqueza, pero también menos desigualdad de renta y menos problemas de ajuste que en Estados Unidos. Por tanto, el votante medio europeo sufrió relativamente menos. El desempleo aumentó, pero se ensañó principalmente en los outsiders: los jóvenes y los inmigrantes. Este fue el motivo de que la fuerza laboral organizada en Europa expresase menos oposición a la globalización que en Estados Unidos. 

(...) la visión según la cual la globalización estaba ya sentenciada a causa de la ruptura del contrato social en las economías avanzadas y debido a que «no hay que preocuparse por la desglobalización», como sugería ya en 2016 el artículo de Dani Rodrik publicado con este título en el Financial Times, es más válida para el caso de los Estados Unidos que para Europa. No obstante, Rodrik da en el clavo cuando afirma que «los políticos deben centrarse primero en restaurar el contrato social doméstico», que «unos sistemas políticos más saludables producen –y son capaces de soportar– mayores dosis de globalización». 

La reversión de la hiperglobalización puede ser impulsada en parte por la política doméstica, pero no hay que subestimar el importante papel que desempeña la geopolítica. 

(...) la dependencia de Estados Unidos respecto a las importaciones desde China, y la de China respecto a las exportaciones a Estados Unidos llevó a los dos grandes rivales a adoptar medidas para limitar su comercio bilateral después de la Gran Recesión, especialmente después de la llegada de Donald Trump a la presidencia. La pandemia de la COVID-19 fue una razón más para que muchos países, incluida la Unión Europea, adoptasen medidas para ganar autonomía estratégica y para relocalizar la producción, principalmente aquella proveniente de China. El último clavo en el ataúd de la hiperglobalización lo puso la invasión rusa de Ucrania, que ha reforzado la opinión de quienes sostenían que la dependencia comercial respecto de economías con regímenes políticos iliberales había ido demasiado lejos, y que era esencial relocalizar los procesos productivos a países más cercanos o, al fin y al cabo, en países amigos. Llamadas similares a la autosuficiencia abundan en China, donde el presidente Xi cree que su país se ha vuelto excesivamente dependiente de las democracias liberales como mercado de sus exportaciones, y como proveedoras de insumos fundamentales. Todo esto puede calificarse o no de desglobalización pero, ciertamente, lo que está claro es que tiene todo el aspecto de un desacoplamiento parcial. Pasó ya el tiempo en que el comercio era simplemente una cuestión de ventaja comparativa, como fue el caso durante la era de la hiperglobalización. La geopolítica no ha reemplazado por completo a la economía como configuradora de los flujos comerciales (y de inversión), pero desempeña ya un papel indudablemente mayor que el que desempeñaba en el apogeo de la segunda ola de globalización iniciada a principios de la década de 1990.

Conclusión 

Como dijo recientemente el economista indio Raghuram Rajan, la relocalización en países amigos –una noción defendida por primera vez por la secretaria del Tesoro de Estados Unidos Janet Yellen en un discurso en abril de 2022–, «es una política perfectamente comprensible si se limita estrictamente a productos concretos, y que atañen directamente a la seguridad nacional. Lamentablemente, la interpretación del término que se está transmitiendo al público nos lleva a pensar que ésta será en realidad, un pretexto para introducir un mayor proteccionismo». 

Dani Rodrik y otros autores de pensamiento afín aciertan al afirmar que, de manera general, la salud del contrato social doméstico es un factor básico, más aún si el objetivo es lograr una globalización sostenible. No obstante, en aquellos países que carecen de un contrato social doméstico, es cada vez mayor el temor de que la política opte por el proteccionismo, en vez de apostar por mejorar las políticas sociales. Si esto es lo que acaba sucediendo, la desglobalización no podrá revertir la tendencia hacia una mayor renta y una mayor desigualdad de la riqueza, que observamos ya en muchos países avanzados –y de manera más aguda en Estados Unidos que en Europa–, durante el período relativamente corto de la hiperglobalización.

(...) en la medida en que es impulsada por el proteccionismo, la desglobalización puede tener el efecto contrario al que desean algunos de sus defensores. Quienes buscan una protección social mejor para los trabajadores que les permita resistir no solo la globalización, sino también las transiciones digital y climática, harían bien en recordar que esto requiere políticas sociales mejores y no políticas comerciales más restrictivas."                    

(André Sapir , Investigador sénior, Bruegel y profesor en la Université Libre de Bruxelles, Alternativas Económicas, 27/12/22)

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