2.1.26

Lo que nos traerá Trump en 2026... sus aranceles rompieron la estructura del comercio internacional reinante durante décadas... a quien más daño ha hecho ese propósito ha sido a los socios tradicionales de EEUU, comenzando por la UE... A quien menos ha perjudicado ha sido a China. Washington no puede competir con Pekín en muchos campos, por lo que ha tenido que dar marcha atrás en la mesa de negociaciones... La estrategia de seguridad nacional estadounidense ha explicitado la intención “de movilizar activos extranjeros que alcanzan los 7 billones de dólares” provenientes de “Europa, Japón, Corea del Sur y otros países”, además, de un billón y medio de dólares en activos de instituciones financieras internacionales, como los bancos multilaterales de desarrollo, con el objetivo de contrarrestar a China... Ambas potencias necesitan capital para desarrollar sus planes. China lo consigue mediante los superávits comerciales que genera, EEUU a través de la canalización de capital internacional hacia su esfera financiera. Esa centralización del capital resta muchas opciones de desarrollo a los aliados de un bando y otro. Las dos grandes potencias se expanden y aumentan su área de influencia... 2026, por tanto, será el año en que veremos cómo se resuelve la tensión entre cada una de las dos grandes potencias y sus aliados... De momento, la mayoría de los países intermedios tratan de negociar con las dos grandes potencias, y aprovechar su posición geográfica para obtener algunas ventajas... La guerra fría entre EEUU y China ha traído cosas que no habíamos visto en cien años, como afirmaron Putin y Xi Jinping. La cuestión última es quiénes van a salir perjudicados en ese enfrentamiento... De momento, la integración de los bloques está ocurriendo por la fuerza. 2026 será un año en el que veremos hasta qué punto EEUU opta por dar una salida a sus socios europeos o por apretarles con más fuerza. Esa presión se sentirá en el resto del mundo (Esteban Hernández)

 "Durante la campaña electoral que le llevó a la presidencia, Trump prometió grandes cambios. No puede decirse que no hubiera avisado: la llegada a la Casa Blanca supuso el lanzamiento de un programa arrollador. Aterrizó con un plan que rápidamente puso en marcha. Han sido meses vertiginosos.

Una de las medidas más llamativas, ya que rompía de lleno con la estructura del comercio internacional reinante durante décadas, fueron los aranceles. La administración Trump insistió repetidamente en la necesidad de que EEUU recuperase la producción industrial y de que pusiera freno a una China que se había convertido en la indiscutible primera potencia en ese ámbito. Había que cerrar las puertas a Pekín y dificultar que su expansión continuase. Sin embargo, en el momento de su aplicación práctica, los aranceles han sido y están siendo algo muy distinto de lo explicado. El deseo de recuperar capacidades industriales ha quedado limitado a ámbitos muy concretos, ligados sobre todo al armamento y la tecnología, mientras que la eficacia real de los aranceles ha tenido lugar como medio de negociación. Trump ha utilizado el proteccionismo como un mazo para reconstruir el orden comercial internacional en beneficio de las empresas estadounidenses. Las negociaciones individualizadas tenían el propósito de conseguir ventajas para sus compañías: según el grado de apertura que ofreciera cada país, el porcentaje de los aranceles aumentaría o disminuiría. En otras palabras, si el proteccionismo tradicional tenía como objetivo fortalecer la industria nacional, en manos de Trump se ha convertido en una llave para abrir mercados exteriores. La reindustrialización puede esperar, la expansión y el desarrollo de sus firmas tecnológicas, no.

El superávit comercial de China alcanzó un billón de dólares en los primeros 11 meses de 2025. No parece que se esté frenando a China

Como resultaba previsible, a quien más daño ha hecho ese propósito ha sido a los socios tradicionales de EEUU, comenzando por la UE. Las cesiones en compra de armamento y de energía, así como la exigencia de una regulación mucho más débil las empresas tecnológicas y financieras estadounidenses, generan dificultades añadidas a un continente que necesita una salida. Washington es un obstáculo permanente en el camino.

A quien menos ha perjudicado ha sido a China. Washington no puede competir con Pekín en muchos campos, por lo que ha tenido que dar marcha atrás en la mesa de negociaciones. Y, desde luego, las presiones para que terceros países se alejen de China han tenido un resultado dudoso. El superávit comercial de China alcanzó un billón de dólares sólo en los primeros 11 meses de 2025. Si el objetivo era frenar a Pekín, no parece que se esté alcanzando.

2026 hará más profundos los cambios, pero también las contradicciones que provocan

Desde esta perspectiva, podría concluirse que la estrategia de Trump está resultando fallida, porque no logra recuperar la industria que necesita, y tampoco ha frenado a China. Sin embargo, más que un fracaso o un éxito, ese diagnóstico es la fotografía de un tiempo que no deja de moverse.

Las dos grandes potencias están afianzando sus posiciones e intentando aumentar su área de influencia. No sin contradicciones: China afirma defender el orden internacional basado en el comercio y en las instituciones internacionales, pero dificulta enormemente que perdure, ya que absorbe buena parte de los beneficios que el comercio genera. EEUU quiere un orden internacional basado en otras reglas, las que le son favorables, pero ese deseo no puede llevarse a cabo, ya que no puede confrontar directamente con China, sin restar espacio a sus aliados. 2026 hará más profundos los cambios, pero también las contradicciones en las que se mueven.

El internacionalismo autoritario

A finales de 1932, poco antes de la subida al poder de Hitler, Carl Schmitt pronunció en Dusseldorf una conferencia ante más de 1500 personas. Los asistentes eran miembros de las élites germanas, desde empresarios hasta cargos de la alta administración estatal, pasando por políticos o juristas, que habían respondido a la invitación de una organización patronal. El momento era especialmente complicado, y Schmitt quería ofrecer un camino de salida de la crisis.

Su discurso llevó por título Un estado fuerte y una economía sana. Schmitt quiso transmitir una nueva perspectiva al establishment tradicional alemán, que abogaba por reducir las cargas fiscales, el gasto público, las leyes de protección laboral y el intervencionismo político. Eran partidarios de un estado mínimo, y se debía actuar en sentido contrario: solo si las estructuras institucionales ejercían una acción continua y firme, era posible librar a la sociedad de todo el peso que les estorbaba. Su tesis anotaba que el Estado se había convertido en un centro de recepción de múltiples exigencias: la gente quería más subsidios, más intervención estatal y más protección, y los profesionales de la política, una vez que gobernaban, se plegaban a esas demandas para seguir en sus cargos. Era el momento de actuar en sentido contrario, de dotar al Estado de autonomía para que se desembarazase del peso muerto: tenía que intervenir regularmente para crear las condiciones sociales y económicas a las que esas élites aspiraban. Poco después, Hitler llegó al poder, y la historia tomó derroteros bien conocidos.

"Desde ahora, la política sólo podrá verse como un acelerador. No podemos cambiar el curso de las cosas; sólo podemos avanzar rápidamente"

Cuatro décadas más tarde, en los años 70, tesis muy parecidas reaparecieron en un informe muy influyente, La crisis de la democracia, redactado por Samuel P. Huntington, Michel Crozier y Joji Watanuki para la Comisión Trilateral. La sobrecarga de demandas que sufrían las democracias por parte de sus poblaciones había terminado por convertirlas en inoperativas, por lo que urgían reformas que frenasen esas reivindicaciones: los Estados no podían sostener tantas expectativas de bienestar. Son tesis que hoy se repiten con insistencia y es fácil entender que la acción interna de Trump emana de esa visión. El propósito desregulador, el recorte de impuestos, el objetivo de movilizar capital privado, así como la insistente acción estatal para recortar empleo público o deportar inmigrantes, encajan con el marco fijado por el pensador germano.

El orden existente quedó sobrecargado por unas exigencias que minaron la autonomía de EEUU: había que dar un golpe en la mesa

Herman Heller, otro jurista y politólogo alemán, definió estas posiciones, en el tiempo de Schmitt, como liberalismo autoritario. El ensayista francés Grégoire Chamayou reunió textos de Heller y Schmitt en un clarificador libro que insistía en el concepto, Du liberalisme autoritaire. En él apuntó algo (que recojo en El nuevo espíritu del mundo) que conviene tener en cuenta respecto de los tiempos próximos: cuando se adopta esa visión, “la política sólo puede verse como un acelerador; no podemos cambiar el curso de las cosas, sólo podemos avanzar rápidamente”.

Pero esta perspectiva no la está aplicando únicamente Trump a nivel interno. Su acción internacional ha consistido exactamente en esto: las instituciones que EEUU había liderado estaban recogiendo demasiadas demandas de países que antes tenían poco peso, como China. El orden existente había quedado sobrecargado por una serie de exigencias que habían deteriorado la autonomía estadounidense, por lo que era necesario dar un golpe sobre la mesa. El propósito no estribaba en romper con las instituciones internacionales, sino, como decía Schmitt del Estado, en hacerlas más fuertes. Este internacionalismo autoritario, por seguir con la terminología propuesta por Heller, se despliega de distintas maneras. Los cambios recientes en la OIT provienen de una intención que quedó demostrada con nitidez en la OTAN: no hay abandono de la organización, sino una reconstrucción de los equilibrios internos. La redefinición de las reglas del comercio no la han llevado a cabo en instituciones que limitaban su acción, como la OMC, sino a través de la negociación de los aranceles. Las normas del derecho internacional son ignoradas cuando resulta conveniente, como en el bombardeo a las lanchas venezolanas o en el ataque a Irán, y las reglas financieras son pasadas por alto con instrumentos como las criptomonedas estables, las monedas digitales ligadas al dólar. La reconstrucción del orden internacional y de sus instituciones está en marcha.

La recuperación de la energía que nos robaron

La reacción estadounidense ha sido un shock para Europa en todos los sentidos, y especialmente en lo que se refiere a Rusia. Después de que EEUU insistiera en que la OTAN ayudase firmemente en la guerra de Ucrania, y de que obligase a aumentar el gasto en defensa para contener a Moscú, la administración Trump decidió negociar con Putin para poner fin a la guerra sin contar con los europeos. Putin menospreció frecuentemente a la UE, pero ahora lo hacía el socio principal. Cundió la preocupación, en especial porque Washington quería ocupar el lugar que, hasta entonces, había pertenecido a las empresas europeas.

Trump y Putin dibujaron acuerdos para que empresas estadounidenses y rusas se unieran para explotar los minerales del Ártico

El pasado mes de octubre se reunieron en Miami Beach el inversor Steve Witkoff, actual enviado especial de EEUU para Oriente Medio, Kiril Dmtriev, director del fondo soberano ruso y Jared Kuhshner, inversor y yerno de Trump. Trazaron un plan para los 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso congelados en Europa, que se destinarían a proyectos de inversión ruso-estadounidenses y a una reconstrucción de Ucrania liderada por EEUU. Además, dibujaron acuerdos para que empresas estadounidenses y rusas se unieran para explotar los minerales del Ártico. Incluso hablaron de una reapertura del Nordstream 2, ahora gestionado por ambos países. Todo esto formaba parte de la paz que querían firmar en Ucrania. Donald Tusk sentenció: “Sabemos que no se trata de paz. Se trata de negocios”.

Los negocios son importantes porque permitirían a Washington conseguir recursos que le son precisos para su guerra con China, como las tierras raras, y tener un pie en el Ártico, pero también para ofrecer un camino de salida a Rusia. La relación entre Moscú y Pekín es estrecha en estos instantes, y continuará siéndolo. Pero son dos países que hacen frontera, que poseen intereses distintos y entre los que existe una asimetría de poder, dado la economía, la población y el tamaño de China. Como aseguraba Marco Rubio, “en cinco o diez años, existirá una situación en la que, independientemente de que Rusia quiera mejorar sus relaciones con Estados Unidos, no le será posible, ya que se habrá vuelto por completo dependiente de los chinos”. Mantener las comunicaciones abiertas a través de la explotación de los recursos energéticos podría brindar una puerta de salida a los rusos. En ambos casos, en el de los negocios y en el de la salvaguarda, los europeos son los perjudicados, pero así son las cosas en el nuevo mundo.

Si se consigue pacificar la relación con Rusia, solo quedarían dos potencias díscolas, Irán y Venezuela, con Teherán en una posición débil

Los acuerdos con Rusia deben ponerse en relación con la recomposición de Oriente Medio, donde Moscú tiene intereses, pero también con Venezuela. La nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense explicita que Washington quiere volver a dominar en su patio trasero, Latinoamérica, tras un periodo en el que China ha ganado una gran presencia en el continente. Se ha iniciado ya un ciclo de cambio y la órbita trumpista está avanzando, con Chile y Kast como último ejemplo. Sin embargo, si en la mayoría de países EEUU actúa apoyando a candidatos y presidentes concretos, y Milei es un caso evidente, con Venezuela la actitud es belicista. Trump ha asegurado que recuperará el petróleo y las tierras raras que Venezuela les quitó, lo que subraya el nuevo sentido de la propiedad que exhibe su administración.

 El petróleo está de fondo porque si EEUU controla el acceso a él, tiene mucho ganado respecto de sus posibles rivales, en términos económicos y de poder. Si se consigue pacificar la relación con Rusia, solo quedarían dos potencias díscolas, Irán y Venezuela. Teherán ya sabe que está en una posición débil y domesticar Venezuela sería el paso definitivo. EEUU controlaría el acceso a un bien indispensable, pero también influiría sobre su precio. Cabe resaltar que desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, la OPEP ha mostrado una moderación significativa en este sentido.

La guerra económica

En esa competición entre EEUU y China, que tiene lugar en el terreno financiero, en el comercial, en el tecnológico, en el de la energía y en el militar, hay un elemento esencial, el económico. Ha sido el instrumento dominante en las décadas precedentes, y también hoy. Los ejércitos son muy importantes, pero hace falta dinero para mantenerlos; el desarrollo de la tecnología es crucial, pero son necesarias inversiones elevadas. El acceso a la energía es esencial, pero también su coste.

Y la tensión económica es más importante aún en un contexto en el que las armas tienen un peso, pero sobre todo aportan poder de disuasión. En otras épocas, la tensión entre la potencia hegemónica y la emergente derivaba en guerra, lo que se llamó la trampa de Tucídides, pero cuando un enfrentamiento militar puede llevar a la destrucción mutua asegurada, ese es un botón que no se pulsa. La última guerra entre dos potencias, EEUU y la URSS, no se ganó en el campo militar.

China es la gran potencia industrial, EEUU la financiera. China crece gracias al capital público, EEUU apuesta por el capital privado

Pero la economía también es el centro porque refleja dos sistemas opuestos en lo que se refiere a las vías de desarrollo. China es la gran potencia industrial, EEUU la financiera. China ha crecido gracias al capital público, EEUU gracias al capital privado. Son dos modelos que continuarán jugando un papel muy intenso en 2026. Mientras Pekín insiste en sus planes quinquenales e intensifica sus exportaciones, ahora también de bienes de alto valor añadido, EEUU busca la expansión de sus empresas tecnológicas y de inversión, algo que solo puede conseguir si continúa manteniendo al dólar como moneda refugio y a sus entornos financieros como centro de la inversión. La estrategia de seguridad nacional estadounidense ha explicitado la intención “de movilizar activos extranjeros que alcanzan los 7 billones de dólares” provenientes de “Europa, Japón, Corea del Sur y otros países”, además, de un billón y medio de dólares en activos de instituciones financieras internacionales, como los bancos multilaterales de desarrollo, con el objetivo de contrarrestar a China. Pero frenar a Pekín significa para la administración Trump priorizar EEUU: "Esta administración utilizará su liderazgo para implementar reformas que sirvan a los intereses estadounidenses", afirma la estrategia.

Ambas potencias necesitan capital para desarrollar sus planes. China lo consigue mediante los superávits comerciales que genera, EEUU a través de la canalización de capital internacional hacia su esfera financiera. Esa centralización del capital resta muchas opciones de desarrollo a los aliados de un bando y otro. Las dos grandes potencias se expanden y aumentan su área de influencia.

El problema con los aliados

2026, por tanto, será el año en que veremos cómo se resuelve la tensión entre cada una de las dos grandes potencias y sus aliados. Turquía, India, Indonesia, Arabia Saudí, Rusia o Brasil, además de países permanentemente ligados a la esfera estadounidense, como Japón o Alemania, cuentan con un peso creciente en sus regiones, por lo que suele insistirse en definir esta época como multipolar. Ya no existiría un centro del mundo, ni siquiera dos, sino un orden tejido por nuevos equilibrios en los que los países intermedios tendrían mucho que decir. Sin embargo, la realidad es que cada uno de estos Estados, con objetivos diferentes y a veces enfrentados, posee fortalezas limitadas: los únicos que cuentan con armas económicas, tecnológicas y militares al mismo tiempo son EEUU y China. De momento, la mayoría de los países intermedios tratan de negociar con las dos grandes potencias, y aprovechar su posición geográfica para obtener algunas ventajas. Sin embargo, ni siquiera India, el país que por tradición en su posicionamiento geopolítico y por las alianzas diversas que ha establecido a lo largo de las últimas décadas, así como por su potencial comercial, estaría mejor situado para jugar el papel de no alineado, tiene músculo para hacerlo.

 La guerra fría entre EEUU y China ha traído cosas que no habíamos visto en cien años, como afirmaron Putin y Xi Jinping. La cuestión última es quiénes van a salir perjudicados en ese enfrentamiento. En la medida en que las dos potencias, y especialmente EEUU, presionarán cada vez con más fuerza para que sus aliados se alineen con sus intereses, generarán peores condiciones económicas y peores condiciones para el futuro de los países amigos. De momento, la integración de los bloques está ocurriendo por la fuerza. 2026 será un año en el que veremos hasta qué punto EEUU opta por dar una salida a sus socios europeos o por apretarles con más fuerza. Esa presión se sentirá en el resto del mundo." 

(Esteban Hernández, El Confidencial,  26/12/25) 

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