"La regularización extraordinaria de 500.000 migrantes en España no ha sido criticada oficialmente por la Comisión Europea. La reacción ha sido muy escueta y medida. Una cautela que en el lenguaje institucional no expresa un apoyo implícito. La inmigración es un tema de gran sensibilidad electoral en Europa. Un compuesto químico altamente inestable en el debate político. Mezclado y aderezado con llamadas emocionales al “ser y estar” europeo, supone un descarnado abordaje político para hacerse con el voto del desencanto electoral, fenómeno que atraviesa horizontalmente todas las ideologías. En el debate del Parlamento Europeo dedicado a la regularización española, las soflamas más reaccionarias las protagonizó la extrema derecha europea y contamina ya el discurso de los principales partidos conservadores. Se quejan de las consecuencias que tendrá sobre Schengen, del efecto llamada y presentan la inmigración como un apocalíptico choque de civilizaciones, una invasión que acabará con nuestra forma de vida europea.
El comisario de Asuntos de Interior y Migración, Magnus Brunner, aclaró que “un permiso de residencia no es un pase libre para desplazarse por la Unión”. El comisario trataba de incluir un poco de didáctica al solivianto de la derecha europea. Si una persona regularizada por un Estado miembro aparece en situación irregular en otro país de la UE o solicita allí asilo, debe regresar al Estado que expidió el permiso, advirtió Brunner. Lo dijo casi entre dientes, con ese lenguaje contenido que delata que estamos ante un tema resbaladizo, esa patata calentita que hay que manejar sin manifestar dolor. No me hagan hablar, por favor, parecía decir.
Oficiosamente, la aparente tolerancia institucional se torna en una incomodidad política, recibida sin entusiasmo por los efectos secundarios que pueda generar a nivel político. La decisión española, se recuerda, no está plenamente en sintonía con el catenaccio al que tiende la nueva política consensuada en el Pacto sobre Migración y Asilo, que entrará plenamente en vigor el próximo 12 de junio.
Sin embargo, el debate parece haber quedado encapsulado a nivel parlamentario. La Comisión y los gobiernos europeos, aparentemente, no quieren entrar en confrontación directa con Madrid. Pero no es solamente eso. La inmigración es una realidad incómoda.
Es cierto que la regularización de migrantes seguirá siendo una decisión de ámbito nacional, pero su manoseo, ejercido sin complejos, lo convierte en una poderosa arma de confrontación política. Este hecho explica, en parte, la ausencia de reacciones oficiales de los gobiernos europeos: hay costes políticos internos en forma de agrios debates que no se desean alimentar. Debates en los que se confunden, con alevosía, la regularización (permiso de residencia o estancia legal a personas que ya están en situación irregular dentro del país ) con materias concretas que sí comprometerán a partir de ahora a los 27: un sistema de cribado, procedimientos de asilo, solidaridad entre Estados, reubicación, retornos y algunas vías legales de protección, como el reasentamiento y la admisión humanitaria.
Parémonos un momento para ver qué dicen las cifras sobre demografía europea e inmigración. Abramos unas líneas sobre el plano general de las proyecciones a medio y largo plazo.
La UE suma una población total de 450,6 millones de habitantes en 2025. 46,7 millones de esa cifra corresponden a personas que nacieron fuera de Europa, la inmigración extracomunitaria. Esto es, son el 10,4% de esa avanzadilla de millones que según la extrema derecha va a acabar con nuestra civilización.
La ONU prevé que para 2050 la población mundial alcance los 9.700 millones, un crecimiento considerable si tenemos en cuenta que en 1950 éramos 2.500 millones de almas sobre la faz de la tierra.
El crecimiento se concentra cada vez más en los países de renta baja y media, especialmente en África subsahariana, que aportará más de la mitad del aumento de la población mundial hasta mediados de siglo. Y será África el continente que influya más en la inmigración europea.
Por su parte, Europa envejece. Eurostat prevé que, incluso contando con migración, la UE perderá 53 millones de habitantes de aquí a 2100. Esto es: para conservar intacto el equilibrio actual entre trabajadores y jubilados, la inmigración por sí sola no basta. Pero sin ella será imposible mantenerse a flote. Una realidad incómoda para el discurso ideológico que presenta a la inmigración como un problema para la subsistencia de la cultura europea en general y la local en particular. Los datos son conocidos por todos los europarlamentarios que hayan leído el informe que cuelga en la web de la Comisión Europea titulado “Migración, movilidad y mercado laboral de la UE” de noviembre de 2025.
El caso español es peculiar. España no solo recibe más inmigración latinoamericana que cualquier otro país europeo, sino que una parte creciente de esa inmigración se convierte en población estable, trabajadora y cotizante.
Aunque Marruecos seguirá siendo una pieza central por su peso laboral en España, el fenómeno latinoamericano es ya muy superior. No existe un número mágico que establezca la cantidad de inmigrantes que son necesarios para mantener la tan repetida “calidad de vida”. Dependerá de las políticas que ajusten la vida laboral de los trabajadores, la productividad, el diseño del sistema de pensiones y la activación de la población infrautilizada (mujeres y mayores). Basándose en estudios de la ONU y en estimaciones propias, el Consejo de Europa ya emitió un informe en 2002 que sigue estando vigente: para mantener constante la población total de la UE bastarían unos 900.000 inmigrantes anuales; pero para mantener la actual ratio de dependencia de mayores harían falta 13,5 millones al año. Una cifra, por otro lado, que a la mayoría de los demógrafos les parece impracticable.
En cualquier caso, sí sabemos el número aproximado de inmigrantes que han llegado a Europa en la última década. Son cifras de Eurostat: 2,4 millones anuales antes de la pandemia, cayó a 1,9 millones en 2020, repuntó a 2,3 millones en 2021 y se disparó hasta 5,3 millones en 2022, para moderarse después a 4,4 millones en 2023 y 4,2 millones en 2024.
Hasta aquí las cifras.
Reducir la inmigración a un mero cálculo económico supone un ejercicio poco edificante. Pero ayuda a aclarar el debate. Son muchos los temas que la UE debe abordar con urgencia. Ninguno de ellos podrá soslayar en su ecuación la presión demográfica a la que está sometido el continente.
Con los datos arriba expuestos se deduce el vuelco demográfico al que estamos llamados. Sobre esta base, resulta alarmante el aumento del discurso etnonacionalista al que se relega la inmigración. Destila racismo. El etnonacionalismo concibe la nación basada en la pertenencia étnica, cultural o ancestral, más que en la ciudadanía compartida. Un término empleado en el ámbito académico dedicado al estudio de la extrema derecha y los nacionalismos excluyentes, y que se incorpora ahora al discurso público, a los periódicos y al calor del debate tertuliano, en busca de una mayor precisión de las ideas.
La realidad es que los esfuerzos de integración son necesariamente bilaterales. O multilaterales, si nos atenemos a las diferentes procedencias de la inmigración que transformará el continente durante este siglo, y los que sigan. Con el debate situado en la esquina puramente identitaria y cultural, resulta casi un suicidio político subirse a una tribuna y afirmar que somos los propios europeos los que también debemos integrarnos con las personas que vienen de fuera. Es una realidad que quita votos. Es una realidad incómoda. Pero es una realidad que requiere una buena dosis de pedagogía.
La propia Europa oficial ya lo admite cuando define la integración como una acomodación mutua y cuando el Consejo de Europa la resume como aprender a “vivir juntos como iguales en dignidad”.
En su Plan de acción sobre integración e inclusión para 2021-2027, la UE defiende un “proceso dinámico y bidireccional de acomodación mutua”. Un plan que requiere de medios, presupuesto y un explícito apoyo común de gobiernos y partidos para no sonar a la inocente melodía del idealismo hueco.
Pero ahí tenemos a nuestros próceres políticos relacionando inmigración con delincuencia, con terrorismo o con la disparatada teoría del gran reemplazo. Un peligroso discurso basado en el miedo con el que obtienen suculentos réditos electorales para evitar hablar de realidades incómodas."
(Diego de la Serna, CTXT, 30/04/2026 )
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