"El artículo del ministro de exteriores ruso que no se publicó en Bruselas.
El 19 de junio, el ministro de exteriores ruso escribió un artículo para la revista Politico-Europe, con sede en Bruselas, pero, tras una decisión de última hora del equipo editorial su publicación se canceló. En el, Sergei Lavrov respondía a las resoluciones de la cumbre de las tres principales potencias europeas, Alemania, Inglaterra y Francia sobre el conflicto de Ucrania, resoluciones que describe como un ultimátum.
Lavrov dice que “Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes, sin embargo consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia, por lo que el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial”. “El verdadero objetivo de los líderes europeos no es negociar con Rusia sino fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla”.
Si los periodistas de los medios europeos hicieran su trabajo, la posición rusa en el conflicto con la OTAN en Ucrania se conocería, pero no es el caso. La mayoría de ellos se ha puesto el uniforme de camuflaje dispuestos a servir en la cruzada bélica que se prepara. Defienden la ficción de que Ucrania está dando un vuelco a la guerra, silencian las muertes de civiles en la retaguardia rusa ocasionadas por armas fabricadas, donadas o financiadas por los países europeos que abren diariamente los informativos en Rusia y se suman a la cruzada informativa.
Los tres líderes de las principales
potencias europeas, unidos por un desprestigio interno superior al 70%
sin precedentes, están conduciendo a sus países a un conflicto directo
con Rusia sin pensar por un momento en sus consecuencias. El rearme y la
guerra son hoy el extremo recurso de cohesión de una Unión Europea
ciega, dividida y en profunda crisis interna.
Autor: Sergei Lavrov
En
una reunión celebrada en Londres el 7 de junio de 2026, los líderes de
Gran Bretaña, Francia y Alemania, así como Vladimir Zelensky,
establecieron cinco condiciones previas para que Rusia garantice una
«paz justa y duradera» en Ucrania. La Europa unida presenta ahora esta
lista de exigencias como base para el diálogo con Moscú.
Antecedentes
Más de
dos décadas de negociaciones con Europa, como parte del Occidente
colectivo, solo permiten llegar a una conclusión: entablar un diálogo
con Rusia ha servido de cortina de humo diplomática para la expansión
geopolítica de las instituciones occidentales —sobre todo la OTAN y la
Unión Europea— hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia.
La
complicidad de Europa en el agravamiento de la crisis ucraniana es
innegable. Junto con Estados Unidos, los países europeos orquestaron la
Revolución Naranja en Kiev en 2004. Para crear una cabeza de puente
antirrusa en Ucrania, pasaron años sobornando a políticos y a partidos
enteros, reescribiendo la historia y los planes de estudios, cultivando y
alimentando el nacionalismo ucraniano, y no escatimaron esfuerzos para
alejar a Ucrania de Rusia.
En 2013, la Unión Europea rechazó de
plano nuestra propuesta de compromiso sobre el acuerdo de asociación —un
acuerdo que Bruselas llevaba mucho tiempo presionando a Víktor
Yanukóvich para que firmara—. Vale la pena recordar que a Ucrania se le
ofreció una apertura unilateral del mercado, sin compromisos recíprocos,
unas condiciones que habrían resultado incompatibles con la permanencia
de Kiev en la zona de libre comercio de la CEI. Cuando Víktor
Yanukóvich solicitó un aplazamiento, los europeos incitaron a disturbios
callejeros que se convirtieron rápidamente en un golpe de Estado en
Kiev en febrero de 2014.
Alemania, Francia y Polonia demostraron
entonces ser igualmente traicioneras. Tras haber garantizado que se
respetaría el acuerdo alcanzado entre la oposición y Víktor Yanukóvich,
se lavaron las manos en el instante en que esa misma oposición, fruto de
su propia obra, tomó el poder. «La democracia», dijeron encogiéndose de
hombros, «da giros inesperados».
A partir de entonces, Europa
prestó su apoyo a las nuevas autoridades. En Odesa, el 2 de mayo de
2014, el hecho de que decenas de inocentes partidarios de estrechar los
lazos con Rusia fueran quemados vivos no suscitó ni una sola palabra de
condena por parte de las capitales europeas.
Como cogarantes de
los Acuerdos de Minsk de 2015, Francia y Alemania animaron de hecho al
régimen ucraniano a sabotear sus propios compromisos. Tal y como
admitieron posteriormente Angela Merkel y François Hollande —una vez que
la operación militar especial ya había comenzado—, la aplicación por
parte de Kiev de los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el
Consejo de Seguridad de la ONU, nunca fue una intención genuina. El
objetivo, admitieron, era simplemente ganar tiempo: reforzar las Fuerzas
Armadas de Ucrania e inundarlas de armamento occidental.
Rusia,
por su parte, exploró todas las vías diplomáticas para calmar la crisis
de seguridad en Europa. Sin embargo, en enero de 2022, Estados Unidos y
la OTAN rechazaron la propuesta rusa de garantías de seguridad mutuas
jurídicamente vinculantes. Los miembros europeos de la OTAN respaldaron
activamente ese rechazo.
Tras el inicio de la operación militar especial, la Europa unida respaldó los esfuerzos del primer ministro británico por sabotear las negociaciones de Estambul entre Rusia y Ucrania. El llamamiento de Boris Johnson a Kiev —«no firméis nada, simplemente luchad»— cerró de golpe la puerta a una diplomacia auténtica en un futuro previsible.
Situación actual
Entonces, ¿qué ha llevado a los líderes europeos a cambiar repentinamente su retórica y empezar a hablar de negociaciones, y qué pretenden conseguir con estas declaraciones? Por ejemplo, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, ha declarado que el objetivo de cualquier diálogo con Rusia es imponer las condiciones de Europa. Entre ellas se incluyen: el pago de «reparaciones» a Ucrania; la retirada de tropas de Transnistria y del Cáucaso Meridional; la derogación de la ley de «agentes extranjeros»; y la aceptación de límites estrictos al tamaño de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. Según su planteamiento, «no puede haber una paz justa y duradera sin que Rusia rinda cuentas».
Durante la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del 19 de mayo de 2026, un representante de la UE lo dejó claro de forma inequívoca: «apoyar militarmente a Ucrania no contradice la búsqueda de la paz, sino que constituye un requisito previo fundamental para cualquier negociación creíble y de buena fe».
El plan de Europa consiste en dialogar con Rusia y, al mismo tiempo, seguir adelante con una campaña de guerra jurídica orquestada a través del Consejo de Europa. Dentro de esta organización, que en su día fue respetable, se está creando toda una infraestructura con el propósito expreso de «hacer que Rusia rinda cuentas»: un Registro de Daños, una Comisión de Reclamaciones y un Tribunal Especial.
La Unión Europea también ha dado luz verde
a la detención de buques mercantes en alta mar. Ya se han producido
varios incidentes en el Báltico y en el Atlántico. Al mismo tiempo,
Occidente desvía cuidadosamente la mirada de los actos terroristas de
sabotaje perpetrados por las Fuerzas Armadas de Ucrania en el mar Negro y
el mar Mediterráneo.
El verdadero objetivo de los líderes
europeos, por tanto, no es negociar con Rusia. Es fortalecer el régimen
de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una
confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes
europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y
por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania
en el campo de batalla. El plan consiste en «congelar» el conflicto sin
abordar sus causas fundamentales y, a continuación, desplegar
rápidamente contingentes militares de la «coalición de voluntarios»
anglo-francesa en territorio ucraniano.
Es de sobra conocido que
las élites europeas han invertido su «capital político» en el
enfrentamiento con Rusia, destinando cientos de miles de millones de
dólares a apuntalar el régimen de Kiev y a aumentar los presupuestos
militares de los Estados miembros de la UE y de la OTAN. Europa se ha
fijado ahora como objetivo alcanzar la «preparación defensiva» frente a
Rusia para 2030. Hasta entonces, pretenden ganar tiempo por todos los
medios a su alcance. En unas declaraciones sorprendentemente sinceras
realizadas este mes de abril, el jefe del Estado Mayor belga lo expresó
sin rodeos: «Todavía nos quedan unos años. Gracias al valor y a la
sangre de los ucranianos, que nos están ganando ese tiempo».
La
Europa unida sigue soñando con la expansión. Pretende absorber a Ucrania
y Moldavia, al tiempo que atrae a Armenia a su esfera de influencia. La
OTAN ya se ha expandido hacia el este, incorporando a Finlandia y
Suecia. En cuanto a Ucrania, se la considera cada vez más como el «puño
de ataque» de una futura fuerza militar europea, independiente de
Estados Unidos y de la OTAN.
Riesgos para la seguridad mundial
Esta situación plantea graves amenazas
para la seguridad mundial. Un enfrentamiento directo entre la OTAN y
Rusia podría derivar rápidamente en un intercambio de ataques nucleares,
con consecuencias catastróficas.
Bajo la bandera de la
«autonomía estratégica», Europa está siendo testigo de un importante
refuerzo de sus capacidades militares, incluso en el ámbito nuclear. La
intención de París de extender su «paraguas nuclear» a varios Estados
miembros de la UE y de la OTAN es motivo de profunda preocupación. Esto
no contribuirá en absoluto a reforzar la seguridad de la propia Francia
ni la de los destinatarios de su supuesta protección.
A pesar de
todo ello, la clase política y militar europea sigue atribuyendo a Rusia
planes agresivos —planes que, según afirman, van mucho más allá de
Ucrania—. El presidente ruso ha declarado en numerosas ocasiones que
todo esto son tonterías, provocaciones y desinformación, todo ello con
el único objetivo de obtener fondos presupuestarios para la lucha contra
Rusia. Ese no es precisamente el clima adecuado para un diálogo
sustantivo.
La posición de Rusia
En cuanto a
las negociaciones, Vladímir Putin reiteró en el Foro Económico
Internacional de San Petersburgo que Rusia no se opone a mantener
contactos con ninguna de las partes. Sin embargo, consideramos que
Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia —una postura que los
propios europeos reconocen abiertamente—. Por lo tanto, el diálogo con
Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador
imparcial.
Rusia preferiría alcanzar los objetivos de
la operación militar especial por la vía diplomática. Para ello es
necesario garantizar de forma fiable la seguridad a lo largo de las
fronteras occidentales de Rusia y asegurar el respeto y la dignidad de
nuestros ciudadanos y compatriotas, incluido el derecho a hablar su
lengua materna, el ruso, y a practicar la fe cristiana ortodoxa. Una
mayor expansión militar, política y económica por parte de Occidente es
inaceptable: va en contra de los imperativos de un mundo multipolar.
Los
líderes europeos deberían reconocer que el modelo de seguridad regional
construido en Europa a lo largo de décadas, desde la adopción del Acta
Final de Helsinki en 1975, ha sido destruido por sus propias manos. Y
nunca se restablecerá. Ahora debemos avanzar hacia la creación de una
arquitectura de seguridad a escala continental, abierta a todos los
países euroasiáticos y que refleje la realidad multipolar actual.
El principio de seguridad igualitaria e indivisible, pisoteado por los euroatlantistas, puede plasmarse en una nueva arquitectura euroasiática. Cuando llegue el momento oportuno, también Europa podrá sumarse a este gran esfuerzo.
La clave es que un diálogo significativo
requiere restablecer la confianza, que quedó destrozada por las acciones
antirrusas de Occidente —y de Europa como parte de él— en la era
posterior a la Guerra Fría. La confianza solo puede recuperarse mediante
medidas concretas que demuestren un compromiso sincero de dejar de
utilizar la diplomacia como tapadera para ambiciones expansionistas. La
confianza no puede restablecerse, ni puede reanudarse el diálogo,
mediante ultimátums como el que se lanzó a Rusia en Londres el 7 de
junio de 2026.
P. D.: Cabe destacar que el ultimátum de Londres
fue reafirmado de manera inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña,
Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos
Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos
habían solicitado con tanta insistencia. Ese fue el único propósito de
su visita al Ministerio.
(
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