"El dinero de la burbuja fue durante años una suerte de maná con que la
globalización financiera parecía haber puesto sus complacencias en
España. Si observamos un globo terráqueo e imaginamos un balance de
dinero mundial, encontraremos dos grupos: por un lado países que
acumulan riqueza y, por otro, países que acumulan deudas.
Los primeros
tienen una balanza comercial y de beneficios repatriados con saldo
positivo, y generan un ahorro que desean mantener invertido; al otro
lado del balance, se sitúan los países que desean gastar más del ahorro
que tienen, y recurren a préstamos con los primeros.
Para dar una idea,
en 2008, pico del ciclo económico, los países generadores de ahorro
acumularon un saldo positivo de más de 1.000.000 millones de dólares (15
veces más que una década antes); de ese ahorro, aproximadamente un
tercio correspondía a los países petroleros, un tercio a China y un
tercio a Alemania y Japón.
Eran suministradores de dinero a la economía
global, el cual se dirigía, en cifras redondas, en un 80% a nueva deuda
en Estados Unidos, y en un 20% a nueva deuda en la ahora llamada Europa
periférica. Solo en 2008, por ejemplo, España aumentó su deuda global
neta, suma de privada y pública, en 150.000 millones de dólares.
Para mover los billones del ahorro global que crecía vertiginosamente
hacia nuevas deudas, y mantener a plena circulación la savia de las
transacciones económicas, la banca internacional disparó su peso en la
economía mundial, su volumen de negocio y su capacidad de atraer con
altos salarios a cráneos privilegiados, para que conjugasen con nuevas
fórmulas la aversión al riesgo de los inversores y el ansia de riqueza
de los financiados.
La efervescencia del sistema financiero
internacional creó todo un sistema de burbujas conectadas: cualquier
entidad bancaria aspiraba a captar la mayor deuda posible (pasivo) y
conceder el mayor crédito posible (activo) para crecer en tamaño.
Aguas
abajo de los bancos, una generación de directivos empresariales se
acostumbró a encontrar fácil financiación a cualquier proyecto; una
generación de políticos se acostumbró a que la economía ya no
consistiera en la gestión de recursos escasos, sino perpetuamente
crecientes.
Eran tiempos en que el alcalde de una gran ciudad española
podía jactarse de que acometería en cuatro años obras que sus
antecesores no habían hecho en 20; en los que, según declaraciones
recientes del presidente de una gran constructora, se vivió una
trepidante locura colectiva en el mundo empresarial español.
¿Cómo pudo llegar a sobrefinanciarse de forma tan brutal la economía
española, si nuestra pertenencia al euro fijaba un límite a la deuda
pública, que las Administraciones cumplieron? El gran dinero siempre
encuentra fórmulas.
Empezó, por ejemplo, privatizando la deuda de las
inversiones públicas: una constructora muñía la financiación de un bien
público (autopistas, hospitales) en concesión, a cambio de un canon
anual, de forma que la deuda se transfiriese al balance de la empresa
explotadora (que obtiene el beneficio, mientras transfiere el riesgo: si
hay sobrecostes o ingresos menores de lo esperado, el presupuesto
público corre con subir el canon o u otorgar nuevas vías de ingresos).
A
la vista está también cómo los errores de la gestión privada en el
sector bancario deben ser asumidos por la sociedad. En otro orden, los
excesos de capacidad en sectores como la electricidad, liberalizados, se
traducen en mayores tarifas del servicio público.
Un patrón se repite:
un conjunto de agentes económicos se endeuda al límite, maximiza
beneficios en lo alto del ciclo, y lo que al tiempo se demuestre que era
inviable, entonces ya será un problema político.
Las raíces del boom and crash hipotecario están bien
documentadas. Las entidades bancarias españolas solo financiaban con la
base de depósitos de sus clientes el 20% de las hipotecas concedidas (en
Francia o Alemania, el 80% de las hipotecas están financiadas sobre
depósitos).
Del 80% restante de financiación externa a hipotecas
españolas, un 30% correspondía a un producto estándar que transfiere el
riesgo al inversor extranjero; el 50% restante, en cambio, era
financiación mayorista (menos del 20% en cualquier otro gran país del
euro).
Lo que viene ocurriendo en España desde hace 30 meses se puede describir
como una cadena de fórmulas para mantener el sistema bancario con una
respiración artificial de créditos puente del BCE, mientras los hombres
de negro examinan préstamo a préstamo la situación de cada entidad y se
negocia a qué ritmo socializar las pérdidas y reprivatizar los
fragmentos sanos.
Con sus créditos temporales, el BCE pone un cordón
sanitario a los agujeros de bancos y cajas españoles para que no afecten
en cadena al sistema internacional: las entidades españolas van
cancelando préstamo mayorista exterior por anticipado con el dinero del
BCE, y quedan endeudadas con este, erigido en el director de facto del
sistema financiero español.
¿Por qué nadie hizo nada, si debía de ser evidente a ciertos niveles que
el riesgo hipotecario doblaba o triplicaba el de países comparables?
Según el gobernador actual, el Banco de España planteó medidas para
frenar la expansión del crédito, pero el lobby bancario las
rechazó de plano, aduciendo que le situarían en desventaja frente a
competidores internacionales.
Cabe imaginar los motivos de los
directivos bancarios para desbordar cualquier límite de riesgo: lo hacía
todo el mundo, los resultados eran estratosféricos y resultaba tan
fácil captar dinero exterior que, si alguna vez venían mal dadas… ese
día el problema ya no sería de la entidad, sería del país." (
Emilio Trigueros
, El País, 31 DIC 2012)
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