"(...) El ascenso de partidos políticos nacionalistas y xenófobos en muchos
países miembros de la Unión Europea viene de mucho antes de la llegada
de los primeros contingentes numerosos de refugiados sirios.
Aunque los motivos del exitoso ascenso de estos partidos son muy
distintos en cada país, sus posiciones básicas son similares.
Todos
ellos son furiosamente contrarios al “sistema”, el “stablishment
político” y la UE. Peor aún, no solo son xenófobos (y en particular,
islamófobos), sino que también adoptan más o menos descaradamente una
definición étnica de la nación.
La comunidad política no es producto del
compromiso de sus ciudadanos con un orden constitucional y jurídico
compartido, sino que, como en los años treinta, la pertenencia a la
nación deriva de compartir una ascendencia y una religión.
Como cualquier nacionalismo extremo, el de hoy se basa en gran medida
en la política identitaria, un ámbito de fundamentalismo, no de debate
racional. Por ello, más temprano que tarde su discurso tiende a
obsesionarse con el etnonacionalismo, el racismo y la guerra religiosa.
¿Cómo explicar la atracción de los ciudadanos de Occidente hacia una política basada en la frustración?
Primero y principal, está el miedo, que aparentemente es mucho. Un miedo
basado en la comprensión instintiva de que el “Mundo del Hombre Blanco”
(una realidad que sus beneficiarios daban por sentada) está en
decadencia terminal, tanto a escala global como en las sociedades
occidentales. Y para los nacionalistas de hoy, inspirados por la
ansiedad existencial, los migrantes son la encarnación (no solo
metafórica) de ese pronóstico. (...)
Entretanto, fronteras adentro, el “Mundo del Hombre Blanco” se ve
amenazado por la inmigración, la globalización de los mercados de mano
de obra, la igualdad de género y la emancipación jurídica y social de
las minorías sexuales.
En síntesis, los roles y las pautas de conducta
tradicionales de estas sociedades están siendo sacudidos desde los
cimientos.
Todos estos cambios profundos han generado un anhelo de soluciones
simples (por ejemplo, alzar vallas y muros) y líderes fuertes. (...)
Ante la amenaza que supone el neonacionalismo para el proceso de
integración europea, lo que ocurra en Francia es clave. Sin Francia,
Europa es inconcebible e inviable, y está claro que Le Pen de presidenta
significaría el inicio del fin de la UE. (...)
Europa se retiraría de la política internacional. Esto llevaría
inexorablemente al fin de Occidente en términos geopolíticos: EE UU
debería reorientarse para siempre hacia el Pacífico, y Europa se
convertiría en un apéndice de Eurasia.
El final de Occidente es una perspectiva sombría, pero todavía no hemos llegado a eso. (...)" (
Joschka Fischer
, El País, 3 ENE 2016)
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