"La desigualdad está ocupando un lugar preponderante, que desde hace
mucho no se veía, en la agenda de los responsables de las políticas. (...)
Frente a la violenta respuesta política y social contra el orden
económico establecido, que alimenta el ascenso de los movimientos
populistas y las protestas callejeras desde Chile hasta Francia, los
políticos de todos los colores convertido a este tema en una prioridad
urgente. Y aunque los economistas solían inquietarse por los efectos
negativos de las políticas igualitarias sobre los incentivos de mercado o
el equilibrio fiscal, ahora los preocupa que la excesiva desigualdad
promueva el comportamiento monopolístico y socave el progreso
tecnológico y el crecimiento económico.
La buena noticia es que no escasean las herramientas de política para responder a la creciente desigualdad. En una reciente conferencia que organicé con Olivier Blanchard, un ex economista en jefe del Fondo Monetario Internacional, un grupo de economistas sugirió una amplia gama de propuestas, que abarcan las tres dimensiones de una economía: preproducción, producción y postproducción.
Las intervenciones preproductivas importantes son políticas educativas,
de salud y financieras que determinan las habilidades con que las
personas ingresan a los mercados.
Las políticas fiscales y de
transferencias que redistribuyen el ingreso del mercado entran en la
categoría de posproducción.La categoría restante, las intervenciones en
la etapa de producción, incluyen, tal vez, las ideas más innovadoras.
Las políticas de esta categoría se enfocan directamente en las
decisiones de empleo, inversión y e innovación de las empresas a través
de su incidencia en los precios relativos, el entorno de negociación
entre quienes reclaman el producto (trabajadores y proveedores, en
particular) y el contexto regulatorio.
Algunos ejemplos son los salarios
mínimos, las normas sobre relaciones laborales, las políticas de
innovación que fomentan el empleo, las políticas basadas en los lugares y
otros tipos de políticas industriales, junto con las leyes
antimonopolio.Algunas políticas —como las intervenciones para la niñez
temprana, los programas de desarrollo de la fuerza de trabajo y el
financiamiento público de la educación terciaria— han sido ampliamente
probadas y hay evidencia de que funcionan.
Otras, como el impuesto a la
riqueza, siguen siendo polémicas o, como en el caso de las políticas
basadas en los lugares, presentan una considerable incertidumbre en
cuanto a su diseño óptimo. Sin embargo, hay un creciente consenso sobre
la necesidad y conveniencia de cierta experimentación con las políticas.Existe,
sin embargo, una pregunta fundamental que ha recibido relativamente
poca atención: ¿Cuál es el tipo de desigualdad del que deben ocuparse
esas medidas?
Las políticas que buscan ocuparse de la desigualdad suelen
centrarse en la reducción del ingreso en los estratos superiores —como
en el caso de los impuestos progresivos a la renta—, o en el aumento del
ingreso de los pobres a través, por ejemplo, de subvenciones en
efectivo a las familias por debajo de la línea de pobreza.
Se debieran expandir esas políticas, especialmente en países como
Estados Unidos, donde los esfuerzos existentes son insuficientes, pero
la desigualdad actual también requiere un enfoque diferente que se
centre en las inseguridades y ansiedades económicas de los grupos en el
centro de la distribución del ingreso. Nuestras democracias pueden
minimizar las amenazas de conflictos sociales, el nativismo y el
autoritarismo con solo impulsar el bienestar económico y la situación
social de los trabajadores de clase media y media baja. (...)
Claramente, el descontento surge de una desigualdad de otro tipo, que
afecta principalmente al centro de la distribución del ingreso. Una
parte clave del problema es la desaparición (y relativa escasez) de
empleos buenos y estables.La desindustrialización arrasó muchos centros
manufactureros, un proceso agravado por la globalización económica y la
competencia de países como China.
Los cambios tecnológicos han tenido consecuencias especialmente negativas
para los puestos en el centro de la distribución de habilidades, que
afectan a millones de trabajadores de producción, administración y
ventas. La caída de los sindicatos y las políticas para aumentar la
flexibilidad en los mercados de trabajo ha contribuido aún más a la
devastación del empleo.
Otra parte de la historia, no reflejada en los
indicadores convencionales sobre desigualdad, es la crecientes
separación geográfica, social y cultural entre grandes segmentos de la
clase trabajadora y las élites. Esto se refleja de manera más inmediata
en la segmentación espacial entre los centros urbanos prósperos y
cosmopolitas, y las comunidades rurales, ciudades pequeñas y áreas
urbanas distantes más retrasadas. (...)
La desigualdad se manifiesta como un sentimiento de pérdida de dignidad y estatus social por parte de los trabajadores menos capacitados y otros que fueron «dejados afuera».Los
economistas están empezando reconocer que combatir la polarización
resultante depende en gran medida de revigorizar la capacidad de la
economía para generar buenos empleos.
Tampoco hay carencia de ideas en este caso Las instituciones del mercado de trabajo y las normas del comercio mundial
deben ser reformadas para fortalecer la capacidad de negociación del
trabajo frente a empleadores con movilidad global.
Las propias empresas
deben asumir mayores responsabilidades
para sus comunidades, empleadores y proveedores locales.
El apoyo
gubernamental de la innovación debe ser dirigido explícitamente hacia tecnologías que fomenten el empleo. Podemos imaginar un régimen completamente nuevo de colaboración público-privada para crear una economía de buenos empleos. (...)" (Dani Rodrik, Project Syndicate, 10/12/19)
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