"Las manifestaciones del campo, a juzgar por la reacción mediática, han sido recogidas con cierta sorpresa, como si de pronto estallase una conflictividad ignorada.
En realidad, cualquiera que se hubiera asomado al sector agrícola y
ganadero se habría dado cuenta rápidamente de los problemas que lo
aquejan, así como del escaso interés que suscita para la política un
ámbito que antaño era considerado estratégico para cualquier país. Quien
no ha visto es porque no ha querido ver.
El sector está sufriendo varias presiones. Una, muy grave, y que ya
ha sido descrita, es producto de una transformación de mercado que
tiende a la concentración de poder en la cadena, con consecuencias muy
negativas para los productores. Es fruto de una tendencia general que lleva las pymes a fragilizarse o desaparecer y es consecuencia obvia de ese giro del capitalismo hacia la consolidación.
Perdedores por partida doble
La
segunda dificultad tiene que ver con la posición que ocupan. Los
estándares de calidad, incluidos los medioambientales, que los
agricultores y ganaderos españoles deben cumplir, son lógicamente
elevados, pero al mismo tiempo deben afrontar la competencia de
productos de otros territorios que se alejan mucho de esos estándares o
que pueden competir gracias al 'dumping' social.
El sector productivo
conoce bien esta dinámica, con las consecuencias que conocemos. Por otra
parte, se les exige que suban razonablemente el SMI pero no se les
escucha cuando demandan otras condiciones de mercado. Sienten así que
pierden por ambos lados, que son los penalizados, los que acaban pagando la fiesta. Injusticia y estafa resumen su indignación.
Las respuestas a las demandas de ayuda han sido peculiares. Se les
dice que existe mucha gente en el campo que está forrándose gracias a
las ayudas europeas sin tener siquiera que cultivar; o, como Pepe Álvarez, secretario general de UGT, se insiste en que las movilizaciones provienen de “la derecha terrateniente y carca”, o que se trata de colectivos reaccionarios que niegan a sus trabajadores un salario digno. En resumen, la España facha.
La nostalgia
Una segunda respuesta, la más frecuente, también tiene mucho de hostil. Comenzó a cristalizar con la publicación del libro de Sergio del Molino
‘La España vacía’. Surgió entonces una corriente de simpatía, una
especie de melancolía nacional respecto de los territorios en declive,
pero mucho más ligada a la memoria sentimental que al deseo de arreglar
la situación.
Lo hemos vivido antes con otros sectores, desde las
librerías hasta las tiendas de barrio pasando por los bares de viejo: se
los echa de menos, se lamenta su pérdida, se recuerda los buenos tiempos perdidos pero se considera como algo difícilmente evitable;
son sectores poco innovadores, de mentalidad antigua y poco adaptados a
las nuevas circunstancias. Todo se resuelve en la nostalgia.
Esta visión sentimental olvida que, al mismo tiempo que se suceden
las muestras de solidaridad con una España que se esfuma, se están
tomando las medidas económicas y sociales que impulsan ese declive. Como
ya se ha contado, si las pymes van mal, también las de los territorios
interiores, no es solo por los cambios culturales en el consumo o por la
mayor productividad de las grandes empresas, sino por la creación de
unas condiciones de mercado que favorecen a las segundas a costa de las
primeras. La agricultura y la ganadería son una muestra palpable de esta tendencia.
Derecha e izquierda
Este
cúmulo de tensiones tiene una expresión política evidente, y ha
producido un descontento del que las manifestaciones de estos días no
son más que la primera muestra. Es llamativo porque, en este escenario,
las opciones de izquierda tendrían las de ganar, y ocurre más bien al
contrario: una izquierda que tuviera claro que este declive es fruto de
las condiciones de un mercado injusto podría situar de su lado a esas clases que suelen denominarse 'perdedoras de la globalización'. No es así, y por diversos motivos.
Desde el punto de vista ideológico, las izquierdas españolas, tanto PSOE como UP, han girado hacia la conversión en partidos progresistas
y su ideario, digitalización, feminismo, cosmopolitismo y lucha contra
el cambio climático, está muy alejado de las prioridades de estas
poblaciones. En segunda instancia, tampoco la izquierda ha logrado tejer
una articulación ideológica que ponga a los autónomos, a los pequeños
empresarios y a la gente de la periferia de su parte.
Más al contrario, se perciben como invisibles para esos partidos.
Y tampoco aparecen señales que permitan el optimismo a medio plazo: la
forma en que se está aplicando fuera la transición ecológica, y lo que
se ha anunciado que ocurrirá aquí, va a poner todavía más en contra de
la izquierda a estos sectores sociales. Francia es un buen ejemplo.
La factura
Las
opciones de la derecha tampoco son buenas. Es cierto que se trata de
sectores sociológicamente suyos y con los que cuentan con afinidades
culturales, reforzadas por asuntos como la caza, pero también lo es que
los partidos conservadores han defraudado sistemáticamente a estas poblaciones cuando han gobernado.
Entre otras cosas, porque esos cambios en el funcionamiento en el
mercado que tanto perjudican a agricultores, ganaderos y pequeñas
empresas rurales han sido prioritariamente impulsados por la derecha.
Ofrecen un discurso mucho más comprensivo, tienen palabras más amables,
no los desprecian, pero a la hora de la verdad actúan contra ellos, y
eso termina por pasar factura.
Esta sensación de abandono político ha encontrado en la España vacía
un detonante con las manifestaciones del sector agrícola y ganadero. Y
ojo con esto, porque la España vacía no son ni Teruel ni los pueblos de
la montaña leonesa o asturiana, son regiones enteras, muchas capitales de provincia incluidas, que cada vez tienen un presente peor y menos posibilidades de futuro.
Pin parental y más toros
Hay
varias soluciones que se podrían aplicar sobre estos problemas. Una
sería la de operar desde los gobiernos para controlar la distribución en
la cadena, regular para evitar los abusos de posición dominante y
establecer un reparto justo, pero ni Europa está abierta a esa solución
ni nuestro Ejecutivo nacional parece estarlo. No tiene gran dificultad: gobiernos socialdemócratas y conservadores de otros tiempos lo hicieron, en España, en Europa y en EEUU.
Sin embargo, el camino habitual de salida de estos problemas ha sido la vía nacional. Eso es lo que prometió Trump, lo que impulsó el Brexit y lo que está haciendo Salvini,
por citar ejemplos recientes. Su apuesta es claramente proteccionista:
no cambian el funcionamiento del mercado pero prometen proteger a los
nacionales de la injusta competencia exterior.
Quizá los elementos más
novedosos en este sentido se den en el Rassemblement National de Marine Le Pen
(y en algunas derechas del norte de Europa), que apuesta por el consumo
de proximidad y la defensa de los productos locales también desde el
ecologismo. Es obvio que, de momento, esta derecha no es la nuestra,
y lo que tenemos es a un par de formaciones empeñadas en imponer el pin
parental, vestir a los santos e ir a los toros mientras promueven una
economía todavía más liberal.
No obstante, la puerta se ha abierto
de manera clara para este tipo de opciones políticas. Porque más allá
de la dirección ideológica que tome este descontento, las movilizaciones del campo son reflejo de una tendencia social que está aquí para quedarse. Según Christophe Guilluy, 100 años al menos.
Quizá no lleguemos a eso, pero las nuevas derechas, allí donde han
ganado o están creciendo, es gracias a este tipo de tensiones y
desprecios. Urge tomarlo en consideración." (Esteban Hernández, El Confidencial, 31/01/20)
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