"El estado de alarma está poniendo nuestra estructura laboral frente al espejo: las escalas más bajas, algunas de las cuales apenas alcanzan el salario mínimo interprofesional
(SMI) en condiciones de precariedad máxima, son las que mantienen con
pulso a la sociedad y permiten a las escalas intermedias y altas
resistir el confinamiento en sus casas.
Los primeros, ya sean cajeros,
transportistas, mensajeros o temporeros agrícolas, se exponen
diariamente al contagio del Covid-19 porque no tienen posibilidad de
teletrabajar. Los segundos, desde personal de oficina a altos
ejecutivos, se quedan en casa porque pueden teletrabajar, reducir
horario y, en el peor de los casos, acogerse a un ERTE. Ha tenido que llegar una pandemia para poner del revés la economía.
La buena noticia es que por primera vez en décadas los empleos
productivos son valorados y aplaudidos por la sociedad. La mala es que
no durará mucho.
“La coyuntura es perfecta para que estos empleos productivos, que son
esenciales en un momento de crisis, puedan ser puestos en valor con una
mejor retribución. Sin embargo, es difícil que esto se plasme en una
mejor regulación laboral”, considera Raúl Ramos, doctor
en Economía y profesor de la Universidad de Barcelona.
“Quizá sí mejore
el prestigio social de algunos empleos: por ejemplo, el personal de
limpieza, tan importante en los hospitales estas semanas, o por supuesto
el de cajera de supermercado. En una cadena de valor, todos los engranajes son relevantes,
y habrá que estar pendientes de que las diferencias salariales no sean
excesivas. Pero no es un debate nuevo: es justo el centro de la
discusión sobre las condiciones laborales de plataformas como Glovo o
Deliveroo”. (...)
“Tras la última crisis, todo eran palabras altisonantes: refundar el
capitalismo, atajar la precariedad, reducir la desigualdad. Usamos otra
vez las mismas expresiones, pero soy escéptico sobre la voluntad del
país en avanzar en esa línea”, afirma el economista holandés Marcel Jansen,
profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. “Es cierto que se ha
reaccionado de forma mucho más rápida y ambiciosa en comparación a 2008,
pero cuando has permitido que una cuarta parte de tus trabajadores
tenga contratos temporales, no hay política que evite la destrucción
masiva de empleo. Los distintos gobiernos se han resistido a tratar seriamente el problema de la dualidad [empleo indefinido frente a temporal], por eso ahora sobran todos estos lamentos sobre los problemas que se avecinan”.
Mientras aplaudimos al personal sanitario cada tarde desde la
ventana, las enfermeras encadenan hasta 361 contratos anuales. Hemos
convertido el contrato fijo en un supermercado en una suerte de nueva
clase media y ahora estamos en camino de normalizar la entrega a
domicilio para Amazon y Glovo, que anteayer nos parecían el colmo de la
precariedad y el abuso laboral.
“El diseño institucional de España ofrece mucha protección a personas que realmente no la necesitan tanto
porque tienen alta empleabilidad y son capaces de generar por sí mismas
estabilidad. La protección a personas con contrato indefinido y
antigüedad sigue siendo muy buena. En cambio, los contratos temporales y
los indefinidos recientes, que son la mayoría tras la destrucción de la
anterior crisis, están muy expuestos”, advierte Jansen. “Y esto volverá
a pasar ahora: los contratos con antigüedad seguirán muy protegidos,
pero la gran mayoría de contratos nuevos será carne de despido. Será fácil pagarles entre 20 y 33 días de indemnización por esos pocos años”.
Así, los ‘héroes’ de hoy, los que salen cada día a la calle o a la
carretera a sostener el país sin la protección adecuada contra la
enfermedad, volverán a ser los que paguen mañana los platos rotos de la
crisis. El desempleo masivo, que el FMI ubica en tasas del 20%, hará que
haya mucha más gente dispuesta a trabajar en estos empleos productivos
esenciales pero básicos, provocando más inseguridad laboral y peores suelos debido al aumento de candidatos.
Como señala José Carlos Díez,
profesor de la Universidad de Alcalá, “las personas que hoy trabajan en
un cine o en un teatro y que cobran en el entorno de 1.300 o 1.400
euros pueden perder el trabajo y verse obligadas a bajar un peldaño como
reponedor en un supermercado o repartidor de paquetería. Y eso generará
presión hacia abajo. Los salarios se estancarán o caerán todavía más”. (...)
Valor versus precio
“Lo que estamos viviendo nos pone ante la
paradoja entre valor y precio. Un trabajo esencial puede tener un alto
valor a un precio muy bajo, y al contrario. Un ejecutivo cobra un
salario muy alto porque se adjudican los sueldos entre ellos en los
consejos de dirección. Pero si quitaras un ejecutivo y pusieras un
‘bot’, en algunos casos ni se notaría”, explica Díez. “La sociedad sí
valora estos empleos importantes pero mal remunerados. El mercado, por
desgracia, no. El primer paso para proteger estos sectores es frenar la destrucción de empleo cuanto antes, y una vez conseguido eso, hay que buscar una mejor regulación del mercado laboral”.
Los expertos coinciden en que el primer paracaídas que hay que desplegar es el de la renta mínima garantizada.
“Si no se introduce una renta básica, miles de personas quedarán al
margen de la recuperación: por ejemplo, las limpiadoras del hogar, que
tras la subida del SMI han empeorado su acceso a la Seguridad Social",
apunta Jansen. "Luego están los miles de trabajadores temporales que han
tenido la mala suerte de no trabajar cuando se declaró el estado de
alarma.
Ahora hay un 25-26% de empleo temporal frente al 33% anterior a
la crisis de 2008. Son menos puestos, pero son ocupados por muchas más personas
que van rotando en contratos troceados. Si los que justo ahora no
tenían contrato no reciben una renta mínima, corren el riesgo de caer.
Son personas muy vulnerables. La gran dualidad de España hace que el
impacto de la crisis pos Covid-19 sea mucho mayor aquí que en los países
del entorno. Son los mismos problemas de 2008-2009, pero con efecto mucho más rápido”. (...)
Díez, por su parte, abre una puerta a la implantación de perfiles tecnológicos en nuestro país. “Tenemos una oportunidad para atraer el talento de los nómadas digitales,
un perfil que explotará por la disminución de los viajes y la
obligación del teletrabajo. Podemos atraerlos a España con incentivos,
que se instalen, por ejemplo, en las islas o en el litoral mediterráneo,
que son lugares muy atractivos y donde más van a sufrir la crisis.
Pero, para eso, se requiere diseñar estrategias”.
Pero ante la probable inacción política para solucionar los problemas de
fondo, la pelota estará en el tejado del ciudadano. Así lo ve Ramos:
“Esta crisis sanitaria va a tener un coste muy alto, y es justo que se reparta el precio entre trabajadores, empresas y Estado.
En este contexto, aquellas empresas que a pesar de la caída en su
facturación mantienen los empleos y hasta pagan primas, como es el caso
de algunos supermercados, pueden gozar del favor del consumidor.
Y al
contrario. Los consumidores pueden ejercer su poder individual. Más allá
de eso, la perspectiva de una regulación es complicada, más cuando en
estos momentos todos los esfuerzos del Gobierno están en el tema
sanitario”. (...)" (David brunat, El Confidencial, 16/04/20)
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