"Es bastante evidente que, en torno a la crisis entre EE. UU. e Irán, con todas las oscilaciones de un extremo a otro que ello conlleva, se está librando una partida paralela, una especie de spin-off del conflicto, por así decirlo, que afecta fundamentalmente a los mercados energéticos mundiales. Este es uno de los aspectos cruciales, para los Estados Unidos, que asumen la responsabilidad principal de la crisis y, por lo tanto, también de sus consecuencias en lo que respecta a la energía. Y que —dada la imposibilidad o incapacidad de resolver la crisis— dentro del marco narrativo de esta están jugando precisamente una partida que sirve para reducir su impacto en el precio del petróleo. Incluso al margen de las maniobras especulativas con fines de lucro personal, mediante las cuales el entourage presidencial estadounidense saca provecho de las fluctuaciones del mercado inducidas por la Casa Blanca, sin duda para la administración Trump esta es una preocupación primordial, y cada vez con mayor frecuencia la acción diplomática y mediática tiene esencialmente la función de calmar los mercados, y nada más.
Obviamente, dado que este modus operandi se repite ya de forma constante, y siempre con las mismas características, para que resulte eficaz requiere la necesaria enfatización, además de la complicidad activa de los medios de comunicación, que actúan como su indispensable caja de resonancia.
La única forma, por tanto, de distinguir los procesos reales de las maniobras narrativas es ignorar el tono y la intensidad de las declaraciones —sobre todo las de la parte estadounidense— y mantener siempre el foco de la atención en los hechos.
Incluso en el caso de esta última, aparente reanudación de las negociaciones, quedó claro desde el primer momento que el énfasis con el que se presentaba no se correspondía con la realidad. El primer borrador del Memorándum de Entendimiento difundido por fuentes iraníes y pakistaníes, de hecho, estaba redactado en términos tales que suponía una auténtica capitulación estadounidense, por lo que era claramente imposible. Y, a su vez, la versión estadounidense era claramente inaceptable para la parte iraní.
Si observamos con objetividad todo el desarrollo de los contactos durante las semanas posteriores al fin de la fase cinética del conflicto, algunos elementos se revelan como constantes. Por un lado, la posición iraní, en particular sobre algunas cuestiones fundamentales —como las reservas de uranio enriquecido o el fin del conflicto en el Líbano—, se ha mantenido sustancialmente siempre igual, lo que ha proporcionado al menos un elemento de certeza fiable. Por el contrario, la postura estadounidense ha sido —y es— vacilante, contradictoria y, a menudo, caracterizada por una especie de tira y afloja: determinados puntos se aceptan inicialmente, para luego renegarlos en el transcurso de las discusiones, anulando los avances logrados. Esto se debe, en parte, a la falta de una verdadera estrategia por parte de Estados Unidos y a la falta de unidad de criterios en el equipo presidencial; en parte, obviamente, a la volubilidad de Trump, pero también —precisamente— a la necesidad de utilizar las negociaciones como instrumento para influir en los mercados.
A ello hay que añadir, además, al menos otros tres factores.
El mediador pakistaní —y, en parte, China, que lo respalda— tiene, por múltiples razones, un gran interés en llevar a buen puerto las negociaciones y, por lo tanto, a veces no actúa simplemente como un mediador transparente, sino que trata de obtener resultados recurriendo también a un lenguaje diferenciado en función del interlocutor, lo que no favorece el entendimiento mutuo entre las partes.
Están los países del Consejo de Cooperación del Golfo, sobre todo Arabia Saudí (a su vez vinculada a Pakistán por lazos fuertes y duraderos), que ejercen presiones —no siempre unívocas— sobre todo hacia Estados Unidos, actuando principalmente como factor moderador.
Y, por supuesto, está Israel, que, por el contrario, actúa como freno frente a cualquier hipótesis de negociación y ejerce plenamente toda su capacidad de influencia sobre la Administración estadounidense. Ya es un clásico que se perfile un marco general aparentemente consensuado entre Washington y Teherán, hasta que llega la llamada de Netanyahu a Trump y la posición estadounidense cambia.
Todos estos factores, como es comprensible, hacen que resulte extremadamente complejo alcanzar una solución negociada mutuamente aceptable. Pero, evidentemente, hablamos de problemas que se manifiestan en la fase final, sin olvidar que en la fase inicial existe, por el contrario, una auténtica montaña insuperable.
La cuestión fundamental, de hecho, sigue siendo que ninguna de las partes en conflicto considera haber sido derrotada y, por lo tanto, no está dispuesta a ceder en los puntos fundamentales.
Inevitablemente, por lo tanto, el conflicto está destinado a prolongarse —quizás en las condiciones actuales, sin actividad bélica— hasta que una de las dos partes sienta de forma insostenible los efectos de la crisis y se vea, por tanto, obligada a considerar la necesidad de ceder en algo.
Si es Irán quien cede primero, es probable que se produzca una apertura en la cuestión del uranio enriquecido y, por lo tanto, sobre su traslado al extranjero. Si son los Estados Unidos, es más probable que resuelvan el asunto con un nuevo ataque aéreo y con misiles a gran escala, declaren la victoria y, a continuación, se retiren.
Difícilmente habrá una solución negociada antes de ese momento. Y, en cualquier caso, este es un conflicto destinado a repetirse cíclicamente, hasta que la República Islámica sea derrocada, o hasta que Estados Unidos sea expulsado de Asia Occidental, e Israel se haya visto al menos obligado a abandonar todas sus pulsiones agresivas. Por el momento, pues, se trata simplemente de comprender quién cederá primero."
(Enrico Tomaselli , Giubbe Rosse, 25/05/26, traducción Salvador López)
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