"A ver si nos aclaramos de una vez: aunque
no hubiera habido crisis financiera “subprime” en Estados Unidos,
España hubiera tenido los problemas que tiene porque su recesión nada
tiene que ver con la americana.
Muchos hablan de fracaso de mercado y de la necesidad de que el estado intervenga y regule a los mercados para evitar que se repita lo de los bonos tóxicos subprime creados por los banqueros codiciosos de Wall Street. El problema de este tipo de análisis es que en España no había... ¡ni un solo bono tóxico subprime!
Muchos hablan de fracaso de mercado y de la necesidad de que el estado intervenga y regule a los mercados para evitar que se repita lo de los bonos tóxicos subprime creados por los banqueros codiciosos de Wall Street. El problema de este tipo de análisis es que en España no había... ¡ni un solo bono tóxico subprime!
De hecho, en Noviembre de 2009 muchos
analistas (algunos con premio Nobel incorporado) y multitud de
reguladores pusieron al sistema financiero español como ejemplo a seguir
porque el Banco de España había prohibido “sabiamente” esos activos que
tanto daño habían hecho al sistema financiero norteamericano. Pero el
problema de España no era la desregulación sino la pésima gestión
pública.
Ahí van algunos ejemplos: el desastre se gesta con la irracional obsesión por formar parte del euro cuyo paraguas permitió el acceso a crédito barato con tipos de interés iguales a los alemanes. Eso disparó un espiral conocido como burbuja inmobiliaria: la gente pedía prestado a tipos irrisorios para comprar viviendas, cosa que hacía subir los precios de los inmuebles.
Eso atraía a promotores que construían y contrataban a trabajadores a salarios elevados y, de paso, ponían presión sobre los salarios del resto de la economía. Esos trabajadores iban a restaurantes, compraban ropa cara y coches de lujo (había más BMW en España que en Alemania), y así giraba la gran rueda macroeconómica.
Ahí van algunos ejemplos: el desastre se gesta con la irracional obsesión por formar parte del euro cuyo paraguas permitió el acceso a crédito barato con tipos de interés iguales a los alemanes. Eso disparó un espiral conocido como burbuja inmobiliaria: la gente pedía prestado a tipos irrisorios para comprar viviendas, cosa que hacía subir los precios de los inmuebles.
Eso atraía a promotores que construían y contrataban a trabajadores a salarios elevados y, de paso, ponían presión sobre los salarios del resto de la economía. Esos trabajadores iban a restaurantes, compraban ropa cara y coches de lujo (había más BMW en España que en Alemania), y así giraba la gran rueda macroeconómica.
Los bancos prestaban dinero a
constructores y a familias, abandonando otros sectores productivos.
Muchos creyeron que hacerse rico era cosa fácil y, sin pensar que la
burbuja generaba una importante demanda artificial que tarde o temprano
iba a desaparecer, dejaron de invertir en mejorar la productividad de
sus negocios.
La burbuja también cegó a los gobiernos
cuyos presidentes corrieron a ponerse las braguitas rojas y la capa de
supermán y volaron por todo el mundo dando lecciones de gestión
económica. Mientras tanto, se olvidaron de hacer las inversiones de
largo plazo que debían mejorar la productividad de empresas y
trabajadores y dilapidaron los extraordinarios ingresos fiscales que la
burbuja generaba. Incluso se jactaban de mantener superávits fiscales
sin darse cuenta de que eran temporales ya que sus ingresos dependían de
la burbuja y desaparecerían con ella. Es más, nadie hizo nada para
atajar lo que se había convertido en deporte nacional: la evasión
fiscal.
Como era de esperar, estalló la burbuja y
la recaudación fiscal artificialmente alta desapareció... Pero los
errores del gobierno continuaron. (...)
Ha habido errores en multitud de áreas
pero el más grande, a mi juicio, ha sido no saber solucionar el problema
bancario: se fomentaron las fusiones, cosa que fracasó porque cuando se
unen dos bancos medianos con agujeros medianos, no se obtiene un banco
grande sin agujeros sino un banco grande con un agujero grande. Se
intentó la recapitalización con capital privado que tampoco funcionó
porque nadie sabe el verdadero valor de los activos inmobiliarios en
manos de los bancos.
En más de una ocasión he dicho que pienso
que se tendría que dejar quebrar a los bancos insolventes, protegiendo a
los depositantes pero no a los acreedores y a los accionistas.(...)
Como el gobierno ya tiene un déficit desorbitado, no
puede (o no se atreve) a afrontar el problema por lo que éste no se
soluciona: ni se les deja quebrar ni se les rescata. ¿Consecuencia? Una
serie de bancos zombies, sin recursos, que ni prestan ni dejan prestar y
que suponen una constante espada de Democles a punto de caer sobre las
economías europeas. ¡Y llevamos ya cinco años con esta paralizante
indefinición!" (Xavier Sala i Martín, 30/04/2012)
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