"En 1990, la economía sueca iba sobre ruedas: el excedente
presupuestario representaba el 4 % del PIB. Y luego la situación cambió
de un modo inesperado. En tres años, las finanzas públicas se hundieron.
En 1993, el déficit era del 13 %. Ninguno de los países de la eurozona
actualmente afectados por la crisis tiene un agujero tan grande en sus
cajas.
Comprender la crisis sueca nos puede ayudar a analizar las
turbulencias que atraviesa actualmente Europa.
Por aquel entonces,
muchos especialistas concluyeron que el Estado del bienestar había
precipitado al país al declive. Se equivocaban. Aunque sí era necesario
que los regímenes públicos se renovaran y se abrieran a la competencia.
Lo cierto es que Suecia, al igual que los países de la eurozona
actualmente en medio de la tormenta, sufría una grave crisis financiera.
A partir de mediados de los años ochenta, se habían concedido créditos
sin ton ni son y se originó una burbuja en el mercado inmobiliario. Al
cabo de unas semanas, la burbuja estalló y los bancos se enfrentaron a
graves problemas. (...)
Cuanto más estudiaba Hans Tson Söderström la situación en Suecia y
Finlandia, más caía en la cuenta de que ya no se podía aplicar el
análisis tradicional. Gracias sobre todo a que volvió a leer la obra de
referencia de Irving Fisher, Teoría de la deuda deflacionaria de las
grandes depresiones [1933], el economista comprendió que la catástrofe
era resultado del crack inmobiliario y de la crisis bancaria que
acarreó.
Al principio, el Estado no era el que estaba endeudado en
exceso, sino los hogares y las empresas. Cuando estalló la burbuja, se
vieron obligados a poner orden en sus cuentas. Ahorraron de forma masiva
durante varios años, lo que provocó la caída en la inversión y el
consumo. La demanda se hundió. Precisamente este es el tipo de
eliminación dolorosa de la deuda que les espera a varios países de la
eurozona.
Hans Tson Söderström comprendió que el déficit presupuestario sueco
no era fruto de la irresponsabilidad de los dirigentes políticos, sino
el resultado de la cura de austeridad a la que se había sometido al
sector privado. De hecho, la deuda no había aumentado: simplemente había
pasado del sector privado al sector público, se había colectivizado, en
cierto modo.
Por lo tanto, la explosión del endeudamiento público no era la causa
de la depresión, sino uno de sus síntomas. Y si el país no se adaptaba a
un déficit importante durante un periodo de transición, la crisis
habría sido aún más grave: el retroceso en el empleo y la producción
habría sido más brutal.
Por lo demás, es exactamente lo que se produjo en Finlandia, cuyos
dirigentes tenían más prisa que sus homólogos suecos en recuperar el
equilibrio presupuestario y cuya acción recibía a menudo los elogios del
FMI. El resultado es que el país se hundió en la depresión.
En cambio,
en Suecia esperaron hasta mediados de los años noventa para sanear las
finanzas públicas. Así se solucionó la cuestión del endeudamiento del
sector privado y la economía había iniciado su recuperación, gracias en
gran parte a la fuerte devaluación de la corona, que benefició a las
industrias exportadoras.
¡Las cuentas públicas de países como España e Irlanda estaban sanas antes de la crisis!
Estos países, al igual que la Suecia de los años noventa, en realidad
deberían dejar su déficit tal cual durante un periodo de transición, en
lugar de imponer medidas de austeridad delirantes cuyo único efecto es
acelerar el declive.
Su situación es aún más complicada porque no tienen
la posibilidad de devaluar su moneda y les resulta muy difícil obtener
préstamos en los mercados. Sólo con una solución europea o internacional
podrían obtener dinero contante y sonante y restaurar la estabilidad
del sistema bancario (garantías de los depósitos, recapitalización).
Pero lo primero que hay que hacer es un diagnóstico correcto del mal que les afecta." (Pesseurop, 28 junio 2012,Dagens Nyheter
Estocolmo)
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