"La Europa política ha llegado al límite de sus capacidades. Y para
aquellos que aún no lo habían comprendido, la prueba se produjo la
semana pasada. La declaración
común del presidente francés François Hollande y de la canciller
alemana Angela Merkel en la que afirmaban que "harían todo lo necesario
para proteger [la eurozona]" tan sólo era un acto de desesperación.
Desde la tercera frase de la declaración, quedaba claro que los
países miembros de la eurozona, incluidos Alemania y Francia, ya no
comparten el mismo enfoque sobre la crisis. (...)
Un día, el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi da a
entender que se concederán nuevas ayudas a favor de los Estados en
quiebra; al día siguiente, lo desmiente Wolfgang Schäuble, ministro
[alemán] de Finanzas.
Grecia reclama más tiempo, si bien día tras día se
publican nuevos comunicados sobre los incumplimientos del Gobierno de
Atenas y una serie de responsables políticos alemanes exigen
abiertamente la expulsión del país de la eurozona.
En lugar de hablar de los problemas de su país, el ministro de
Exteriores español prefiere hacer un llamamiento para que se refuercen
las ayudas procedentes de Alemania. En cuanto a las soluciones que deben
aplicarse, como la adquisición directa o indirecta de títulos de deuda,
el rescate de los bancos o los programas de austeridad, nadie se pone
de acuerdo.
Por lo demás, el Gobierno alemán únicamente se encuentra en una
posición minoritaria en el Consejo del BCE. Si se incluyen a los Estados
miembros del este de Europa, la situación es distinta. Un profundo
abismo separa al norte del sur. Tarde o temprano, nos veremos obligados a
mirarnos a los ojos y a admitir que las cosas ya no funcionan.
Lejos de acercarse, las zonas económicas del norte y del sur de
Europa se han alejado en los once años de existencia del euro. En estas
condiciones, una moneda común no tiene sentido." (Presseurop, 30 julio 2012, Die Welt
Berlín, Michael Fabricius)
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