"Los casos de personas de clase media con problemas nunca le resultaron
ajenos. Durante años, Luis trabajó en procedimientos judiciales de la
financiera de Caja Madrid.
Día tras día, tramitaba papeles de juicios por impagos.
Poco a poco,
empezó a ver cómo a los casos clásicos de morosos se empezaban a sumar
nuevos perfiles, perfiles de gente que antes no solía engrosar este tipo
de listas, gente que no estaba en los márgenes sociales, gentes de
nivel económico medio. Poco podía prever que a sus 57 años, a él le
tocaría luchar por no engrosar esas listas.
En la del paro, ya está;
como su mujer, desempleada desde hace ya cinco años. Tan apurada es la
situación para llegar a fin de mes que han renunciado a las tarjetas de
crédito y este mes se desprenden de la conexión a Internet en casa. (...)
De la misma oficina sale cabizbaja Margarita, de 51 años, auxiliar
administrativa que lleva tres años en paro. Su diagnóstico de la
situación es meridiano: “La clase media está desapareciendo. Somos como
los mamuts”. (...)
“Un litro de gasolina te vale ya más que un café”, dice el extrabajador
de la financiera de Caja Madrid, hoy Bankia. “El coche lo tenemos muerto
de risa”. Los ahorros familiares que tenían han ido menguando en los
últimos años, sobre todo desde que su mujer, administrativa, quedó en
paro.
El hijo mayor, economista de 27 años, trabaja como becario en una
aseguradora; como dice Luis: “trabaja gratis”. Total, que los ingresos
de esta familia de cuatro miembros (el pequeño tiene 15 años) son de
1.400 euros, los que Luis cobra como prejubilado (equivalentes al 80% de
su sueldo fijo, que no incluye ese variable que antes cobraba y que le
quitaron en febrero).
La empresa en la que llevaba trabajando 23 años
presentó un ERE en junio. La hipoteca se come 600 euros. Otros 300 se
los lleva el préstamo que pidió para devolver un anticipo. Quedan 500
para aguantar todo el mes. Los días en que se iban de vacaciones son un
recuerdo lejano.
El ocio de puertas afuera es cosa del pasado. “Con lo
que tenemos, hay que pasar todo el mes”. Adiós al Círculo de lectores y a
las cuotas que pagaba al sindicato. Y el mes que viene, adiós a los 90
euros que pagaban por tener televisión, teléfono e Internet. “Yo
trabajaba y vivía con cierta seguridad, pero todo ha cambiado”, dice.
“Anímicamente, uno se siente muy mal. Todavía tengo un poco de zumo que
dar, no creo que sea justo lo que me ha ocurrido. Con 57 años, ya no
tengo opción de encontrar trabajo”. (...)
Las víctimas de esta tragedia silenciosa que va impregnando día a día
la sociedad española cuentan su historia, quieren denunciar la
situación, pero no desean dar a conocer su apellido; algunos, ni
siquiera el nombre; o ni siquiera una inicial.
Es el caso de una
profesional altamente cualificada de 50 años que trabajaba en una gran
consultora y que acude a la oficina del INEM por primera vez.
“Ayer fue
mi primer lunes al sol”, se lamenta. Se acaba de quedar en paro a la vez
que su marido: “Tenemos muchos amigos de 50 años en paro, ¿qué hacemos
el batallón de los que tenemos 50 hasta los 67? ¡No vamos a tener
pensiones, ni Seguridad Social!”.
Cristina, de 31 años, está tirando de los ahorros y se apoya en su
compañero, que aún trabaja. Isabel, de 55, que trabajaba como pastelera,
dice que en casa ya solo entran marcas blancas y que se acabaron las
salidas: toca reunirse en casa con los amigos a hacer cineforum
con películas bajadas de Internet.
José Antonio se queja de que la
crisis haya convertido a muchos españoles en “ciudadanos de segunda de
un plumazo”. Luisa, de 60 años, que ha visto cómo les han reducido el
sueldo tanto a ella como a su marido, está preocupada porque su hijo de
33 años es licenciado y tiene un máster, pero solo ha conseguido
trabajar en la construcción y en pizzerías hasta la fecha.
Luis Fernández, cabeza visible de la asociación de desempleados Adesorg, lo tiene bien claro: “Los que llevamos tiempo en situación de desempleados nos hemos adaptado: trabajamos en B,
esclavizados, y nos van a salir plumas por comer tanta carne de pollo.
Pero lo que va a ocurrir con la clase media alta me preocupa: se va a
encontrar de pronto en esta fase y el trauma va a ser brutal. De tener
la vida resuelta, aunque sea sin grandes lujos, a verse ninguneados”. (El País, 17/10/2012)
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