"El dramático encuentro tuvo lugar en Cannes, la víspera del G-20 francés. Y marcó probablemente el punto de mayor tensión de una crisis que puso en peligro la supervivencia del proyecto europeo.
"¡Vaya noche!", recordaba
unos meses después el ya ex primer ministro griego ante un grupo de
periodistas que visitamos Atenas. George Papandreu nos aseguró entonces
que, a su juicio, en la tensa reunión del 2 de noviembre de 2011 logró
convencer a la canciller Angela Merkel, pero no pudo con el presidente
francés. "A Sarkozy solo le preocupaba que fuera un éxito la cita del
G-20 y que nada pudiera eclipsarlo". (...)
Nadie contaba, al
parecer ni siquiera los servicios de información del Gobierno francés,
con que Papandreu estropeara la fiesta anunciando el 31 de octubre un
referéndum sobre las reformas exigidas por la troika a cambio del segundo rescate de Grecia, aprobado en Bruselas la semana anterior.
Las Bolsas se
desplomaron ante el previsible rechazo popular de los draconianos
ajustes y la consiguiente bancarrota de Grecia. Y Sarkozy y Merkel,
furiosos, convocaron a Papandreu para una reunión urgente en Cannes.
En
el filo del 2 al 3 de noviembre, a solo unas horas del comienzo del
G-20, la pareja franco-alemana lanzó un ultimátum jamás oído en medio
siglo de integración europea: Grecia tendría que abandonar la Unión Monetaria si la consulta popular anunciada por Papandreu rechazaba los ajustes pactados en Bruselas.
"Está claro que la
pregunta que se plantea es la del futuro europeo de Grecia: ¿quiere
Grecia seguir o no en la zona euro?", zanjó Sarkozy durante la rueda de prensa de aquella medianoche,
celebrada en la misma sala en que se entregan los galardones
del festival de cine de Cannes.
"Corresponde al pueblo griego responder a
la pregunta", añadió el presidente francés. "Y es sobre esa pregunta
sobre la que tendrá que pronunciarse si se convoca un referéndum".
Papandreu, sonado,
todavía anunciaría aquella misma noche la fecha del referéndum: 4 de
diciembre. La consulta, por supuesto, no llegó a celebrarse. Varios
ministros del gobierno griego, entre ellos, Evangelos Venizelos, el
poderoso titular de Economía, consideraron una locura jugarse en
las urnas la pertenencia al euro.
El gobierno socialista
cayó y Papandreu vaga desde entonces como alma política en pena,
tratando de convencer a quienes le escuchan de que su frustrado
referéndum no era una idea tan descabellada. (...)
La reyerta de aquella
noche de difuntos no pasó inadvertida para las delegaciones del G-20 que
llegaban a la Riviera francesa. Algunas, como la de Obama, no ocultaban
su creciente preocupación ante un torbellino europeo que, de no
controlarse, enturbiaría las elecciones de EE UU un año después.
Otras,
como la china o la brasileña, observaban con cierto regodeo los
problemas internos de un club que siempre parece dar lecciones de
gobernanza al resto del mundo.
Pero no había motivos
para la alegría porque el ultimátum de Merkel y Sarkozy (cursado, por
cierto, sin consultar con el resto de socios) desestabilizaría a toda la
zona euro y parte del planeta durante casi un año.
Para los inversores
internacionales había quedado claro que la moneda única no era
irreversible y que, en determinadas circunstancias políticas o
económicas, algunos países podrían volver a su antigua (y devaluada)
divisa.
El capital
comenzó a huir de los países del sur susceptibles de caer en esa puerta
giratoria y se refugió en el núcleo duro en torno a Alemania.
Solo un mes después de
Cannes, el BCE tuvo que anunciar una inyección de un billón de euros.
Pero apenas surtió efecto y el resquebrajamiento financiero de la zona
euro se intensificó durante el primer semestre de 2012.
El futuro del euro se jugaba ahora al sur de los Pirineos por culpa de Atenas, Berlín y París. Solo la intervención de Mario Draghi, presidente del BCE, frenó la espiral con sus famosas palabras en los idus de julio de este año: "El BCE está listo para hacer todo lo que haga falta para preservar el euro. Y créanme, será suficiente". (Bernardo de Miguel, 30/12/2012)
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