"Es muy ingenuo creer que todo ello es solo el efecto de una crisis
financiera importada.
Es mucho más: los partidos que gobiernan se pasan
por el arco del triunfo las promesas electorales, los principios que
consagra la Constitución son papel mojado, la Jefatura de Estado se ve
envuelta en escándalos más propios de rufianes que de monarcas, la gente
no confía en los jueces, la policía apalea a los que protestan por la
corrupción y protege a quienes defienden a los corruptos, los banqueros
se forran con el dinero de las familias humildes que pierden sus
viviendas y se llenan los bolsillos del dinero público que sus voceros
niegan a quienes ellos han arruinado.
Se encarcela a ladrones de tres al
cuarto y se indulta a los financieros y delincuentes de cuello blanco.
No vivimos una crisis puntual o de alternancia. Lo que a mi juicio está ocurriendo es que se viene abajo sin remedio el edificio de la transición postfranquista. (...)
Lógicamente, todos esos grupos procuraron que la muerte del dictador
solo fuese, en todo caso, el fin de un régimen político y no el del
entramado económico y financiero constituido en los años de dictadura.
Por eso no fue fácil el equilibrio entre las clases dominantes y las
que luchaban por la democracia y la libertad. Ni los grupos oligárquicos
procedentes del franquismo estaban en condiciones de imponer sus
condiciones (aunque lo intentaron tratando de dejar fuera de la nueva
institucionalidad al PCE y a otros grupos a la izquierda del PSOE) ni
las clases trabajadoras tenían poder suficiente como para lograr una
democratización efectiva de los aparatos del Estado y, por tanto, la
auténtica ruptura con el fascismo.
Pero la influencia alemana y
estadounidense, la actitud acomodaticia del PSOE, el temor reverencial
de la clase política procedente del franquismo a los nuevos tiempos que
llegaban y el papel casi arbitral concedido a los nacionalismos de
derechas periféricos para anular el contrapeso de la izquierda más
transformadora que hubiera podido ser decisivo, lograron cuadrar el
círculo. (...)
Lo que está pasando en España es simplemente que ese edificio se
viene abajo. No puede mantenerse ya sin dejar al descubierto los
intereses que realmente hay detrás de él y la servidumbre y putrefacción
tan gigantesca que afecta a gran parte de los dirigentes que nos
gobiernan, alternándose cada cierto tiempo y mostrando uno detrás de
otro, ante una población cada vez más asqueada, su continua vinculación
con casos de corrupción.
Lo singular es que al caerse el edificio hipoteca también a otros
partidos, que es verdad que han sido en gran medida ajenos al negocio
que han tenido entre manos los dos grandes y los nacionalistas
gobernantes en Cataluña y País Vasco, pero que, quieran o no, transitan
por la misma vía que ellos.
Por eso ni UPyD ni incluso Izquierda Unida
registran un incremento en la estimación de voto que pueda considerarse
decisivo a la hora de generar, en el marco institucional actual, una
nueva gobernabilidad.
La conclusión es obvia. No hay solución posible dentro del espacio
político que marcaron los pactos de la transición. Ya no es posible
disimular por más tiempo que no fue un diseño modélico, como tantas
veces se ha querido hacer ver, sino un reparto de poder e influencia que
a la postre dejaba las manos libres a los grandes grupos empresariales y
financieros y cuyo gran poder político ha hecho estallar, ¡oh
paradoja!, el propio sistema que los privilegiaba.
La avaricia de los
mismos banqueros que para salvar sus privilegios monitorizaron el diseño
del régimen de la transición lo han hecho saltar por los aires al
generar, en su beneficio, una burbuja insostenible y una deuda
desbocada.
La estrategia ahora teledirigida contra Mariano Rajoy y su equipo es
la toma de posiciones de una buena parte de estos últimos grupos que ya
no se sienten convenientemente representados por ellos. (...)
Cualesquiera que sean las medidas que hubiera que tomar para resolver de
verdad los problemas que en este momento tiene España hay una cosa
fuera de duda: necesitan el apoyo de una gran mayoría social, del 60 o
70 por ciento de la sociedad para ponerlas en marcha. Y para ello no
basta con que un partido tenga mayoría absoluta. Una y otra cosa, como
está demostrando el PP, son muy distintas. (...)
Para que cualquier tipo de medida pueda tener semejante apoyo, debe
responder a principios éticos y políticos transversales, comunes a
personas de un espectro social muy amplio, que respondan a intereses de
muchos grupos sociales. No pueden ser definidas, por tanto, en términos
de derechas e izquierdas, porque ninguno de éstos es capaz de unir en
torno a sí a una mayoría social tan grande como la que se precisa.
Y si
ese tipo de mayoría social no se puede conformar mirando a derecha o a
izquierda, solo se puede constituir contemplando el arriba y el abajo.
Solo esto es lo que permite unir hoy día a la inmensa mayoría de la
sociedad en torno a una serie de valores, de principios y medidas que me
atrevo a decir que se asumen de forma generalizada, que han pisoteado,
sobre todo en sus últimos años de hegemonía, el PP y el PSOE, y que ya
ni siquiera los garantiza la actual Constitución:
la lucha transparente
contra la corrupción, la democracia real, el ejercicio efectivo de la
libertad y de los derechos sociales que no solo no se conquistan sino
que comienzan a perderse uno tras otro.
La única salida que tiene España es articular una nueva mayoría
social y moral. Es la hora de poner sobre la mesa propuestas concretas
para una nueva gobernabilidad y para afrontar con decisión los problemas
económicos porque éstos van a empezar a pasar pronto una factura quizá
impagable." (Juan Torres López, 05/02/2013)
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