"Shinzo Abe
prometió aumentar los estímulos a la economía y recurrió al manual
keynesiano El Banco de Japón ha cambiado su objetivo de inflación,
doblándolo, al pasar del 1% al 2%
Si uno descarta a
Estados Unidos, con una política monetaria agresiva y una política
fiscal con moderadas restricciones en el gasto, Japón es el primer país
de las siete grandes democracias industriales que se baja en marcha del
tren de la austeridad que reina en la eurozona para coger el tren en la
dirección opuesta.
La explicación
podría radicar en que lejos de sufrir “la peor crisis económica desde la
Gran Depresión de los años treinta” los países desarrollados
occidentales experimentan en la actualidad la repetición del tremendo
pinchazo que sufrió Japón en su burbuja financiera e inmobiliaria
(1989-1992).
Una burbuja descomunal: la capitalización bursátil de la
bolsa de Tokio equivalía a la mitad de la capitalización bursátil
mundial, y los alrededores del Palacio Imperial de Tokio tenían un valor
equivalente a todo el parque inmobiliario del estado de California.
Desde entonces hasta ahora, casi un cuarto de siglo, el PIB japonés
apenas ha crecido, fruto de un crecimiento bajísimo y de la débil pero
persistente deflación de precios.
En The Holy
Grail of Macroeconomics. Lessons from Japan’s Great Recession (el santo
grial de la macroeconomía, lecciones de la gran recesión japonesa),
Richard C. Koo explica hasta qué punto pueden ser largos los procesos de
desendeudamiento.
Al margen de la
literatura económica existente –e ignorada por nuestros gobernantes–,
quiénes dijeron basta hace algo más de un mes fueron los electores
nipones que votaron masivamente en favor del hoy primer ministro Shinzo
Abe, que hizo campaña centrándose en la necesidad de cambiar
radicalmente de política económica en favor de políticas expansivas
tanto desde la vertiente presupuestaria como desde la monetaria.
Hace tan solo un
año, su antecesor en el cargo aprobó doblar el IVA con el objetivo de
acelerar la consolidación fiscal. Y como ha ocurrido en Grecia, Portugal
y España el aumento de la presión fiscal apenas incrementó la
recaudación al frenar la actividad y así siguió aumentando el volumen de
deuda respecto al PIB, un proceso que puede denominarse la trampa de la
austeridad.
Shinzo Abe prometió aumentar los estímulos a la economía y
recurrió al manual keynesiano con inversión y obra pública que no
parecen inútiles en un país con infraestructuras deterioradas y riesgos
de catástrofes naturales. Lejos quedaban las críticas editorializadas
por The Economist a mediados de los años noventa ironizando sobre la
(in)utilidad de gastar dinero en puentes hacia ningún sitio o en abusos
ecológicos como asfaltar los lechos de los ríos (para impulsar la
demanda de cemento, paralizada absolutamente por el colapso
inmobiliario.
Si el gasto
público ha evitado una Gran Depresión en Japón, las medidas de ajuste
iniciadas en los últimos años ante una deuda que supera el 200% del PIB
han provocado una recaída en la recesión.
Mientras tanto,
el Banco de Japón, que desde mediados de los años 90 bajó sus tipos por
debajo del 1% y posteriormente del 0,25%, se ha mostrado mucho menos
audaz a la hora de adoptar medidas no convencionales (desde 2005 apenas
ha incrementado el tamaño de su activo).
A mediados de los noventa, a
Japón le salían consejeros por doquier, desde el padre del monetarismo,
Milton Friedman, para quien los problemas económicos del país respondían
a “una década de política monetaria inepta”, al neokeynesiano Paul
Krugman, quién exigía poner en marcha la “máquina de imprimir dinero” y
ponerse a comprar títulos de deuda pública a mansalva.
En resumen, en
una situación de deflación, con precios a la baja, incluso unos tipos de
interés minúsculos del 0,25% son demasiado altos para favorecer el
desendeudamiento y favorecer la inversión y el consumo.
Pero lo que ha
puesto los pelos de punta a Ángela Merkel y a su ex asesor económico,
hoy presidente del Bundesbank, ha sido que Shinzo Abe cumpliese su
promesa de forzar un cambio en la política monetaria del Banco de Japón,
en su objetivo de inflación, doblándolo del 1% al 2%, y en la necesidad
de favorecer una depreciación del yen.
Este trío de sapos que han
tenido que tragarse los responsables del Banco de Japón demuestra,
además, la relatividad, de la independencia de los bancos centrales." (Brújula-Ciencia-Economía-Sociedad, 03/02/2013)
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