"Según una encuesta de Metroscopia realizada antes de la insustancial
comparecencia de Rajoy, la expectativa de voto del PP ha caído al 23,9%,
22 puntos menos que en las legislativas. Y el PSOE, en lugar de ser
alternativa, se sitúa por debajo, con un 23,5%.
Pero ese porcentaje es
sobre votos válidos con una participación, según la encuesta, del 53%.
No sólo el primer partido es la abstención, sino que nos gobierna una
arrogante entelequia que cuenta con el apoyo de apenas un 13% de los
ciudadanos.
Y así las cosas, se enroca el presidente, se blinda el PP y
se invoca la Constitución que de tanto mentarla para justificar
entuertos acabará en la basura de la historia. El 76% no se cree las
explicaciones del PP.
Y ante todo eso, lo único que pide Rubalcaba, tras
titubear, es que dimita Rajoy y pongan a otro de la misma trama, puesto
que lo que parecieran revelar los papeles de Bárcenas es una trama
extendida al conjunto del liderazgo del PP y organizada en su origen por
Aznar.
Si Rajoy está pringado, lo están todos. Y si Rubalcaba no pide
elecciones es porque sabe que el revolcón le alcanzaría a él y se podría
estar en una situación de hundimiento de los grandes partidos.
Si el
rechazo contra el PP y los partidos es generalizado, en promedio un 80%
según los temas, y los partidos se niegan a convocar elecciones, en
medio de una crisis total, no es disparatado hablar de la necesidad de
una revolución política pacífica. ¿Pero cuál?
El cambio político podría empezar con la convocatoria inmediata de
elecciones mientras administra el país un gabinete técnico de consenso.
Pero por sí mismas las elecciones no resuelven el problema, porque casi
todos los partidos actuales forman parte de ese sistema deslegitimado
para la mayoría de los ciudadanos.
La palanca del cambio podría ser una
coalición compuesta por asociaciones cívicas con apoyo de alguno de los
pequeños partidos existentes coincidentes, como en Islandia, en un solo
punto programático: elaborar una nueva Constitución que reforme el
sistema político, incluyendo una ley electoral, control de la
financiación y medidas concretas contra la corrupción previa
investigación y sanción de las irregularidades cometidas.
El mecanismo
de reforma de la Constitución debería ser ampliamente participativo,
como en Islandia, e incluiría el debate sobre las nacionalidades del
Estado y sobre el control de la banca. Una plataforma electoral de este
tipo tendría una posibilidad real de llegar al Gobierno contando con un
apoyo de los movimientos sociales, de jueces realmente defensores de la
justicia y de periodistas profesionales que influyeran en sus medios.
Lo
demás sería cuestión de iniciar una reforma política en profundidad
mientras un gabinete provisional y supeditado a los electos gestiona la
crisis defendiendo los intereses de la gente.
Precisamente porque es posible un cambio pacífico por vía electoral los grandes partidos rechazan las elecciones. Y ahí se plantea cómo obligarlos a su convocatoria. Mis interlocutores hablan de una movilización multiforme que incluya manifestaciones, ocupaciones del espacio público y ocupaciones de edificios en los que funciona una administración que en la práctica ha usurpado el poder.
Precisamente porque es posible un cambio pacífico por vía electoral los grandes partidos rechazan las elecciones. Y ahí se plantea cómo obligarlos a su convocatoria. Mis interlocutores hablan de una movilización multiforme que incluya manifestaciones, ocupaciones del espacio público y ocupaciones de edificios en los que funciona una administración que en la práctica ha usurpado el poder.
Edificios que podrían ser ocupados
desde dentro por quienes ahí trabajan. Claro que la policía impide
ocupar el Parlamento, pero sería imposible prevenir la ocupación de
centenares de edificios en todo el país. Lo cual requeriría que
millones, no miles, fueran los ocupantes. Por tanto, se trata de
conseguir una movilización mucho mayor de la ciudadanía.
Y ahí es donde
la ocupación simbólica del espacio de la comunicación por los
profesionales de los medios y por internet desempeña un papel decisivo.
Si la intransigencia de los políticos continúa, formas de desobediencia
civil más radicales pueden desarrollarse, desde suspender el pago de
hipotecas hasta retener el pago de impuestos esperando un gobierno que
el movimiento considere democrático.
Y con la posible cooperación de
unos policías que cada vez están menos dispuestos a ser los malos de la
película en temas en los que en realidad están de acuerdo. Si una clase
política deslegitimada (para el 60% la mayoría de políticos no son
honestos) rechaza una reforma creíble de sí misma, una revolución,
adaptada en formas y contenidos a nuestro contexto histórico, tiene más
visos de realidad que la permanente ocupación del Estado por unos
representantes en los que los ciudadanos no se reconocen representados." (Manuel Castells
, La Vanguardia, 09/02/2013)
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