30.8.13

Nuestro sistema político carece de mecanismos de depuración y nuestro sistema judicial, con su lentitud exasperante, no apacigua nuestra conciencia. Algo está fallando. Algo fundamental.

"En una novela, las primeras páginas suelen abrir interrogantes a los que el narrador deberá luego dar respuesta, sin incurrir en incoherencias ni dejar ningún cabo suelto. La mente humana aspira al equilibrio y quiere que las cosas encajen, que tengan sentido. (...)

Los ciudadanos se sienten frustrados y no pueden descansar en paz mientras los culpables no sean castigados. No es un afán justiciero, ni un deseo soterrado de linchamiento. Simplemente, quieren recuperar la fe en las instituciones y en los que las encarnan, la convicción de que la justicia funciona y es igual para todos.

 Quieren carcajearse viendo cómo el preboste de turno da un brinco al sentarse, quieren poder imaginarse a los aprovechados pagando sus fechorías en la cárcel, o al menos privados de sus privilegios y coches oficiales. Necesitan que la justicia les acabe de contar la historia, para dormir tranquilos. 

Esto es justo lo que no está ocurriendo con las innumerables estafas y casos de corrupción que infestan las páginas de nuestros periódicos, y en particular con el caso Bárcenas. Nuestro sistema político carece de mecanismos de depuración y nuestro sistema judicial, con su lentitud exasperante, no apacigua nuestra conciencia. Los casos se dirimen a la vista de todos.

A los ciudadanos nos gustaría no tenernos que enterar de los detalles escabrosos de cada caso, no tener que soportar el hedor que despiden. Desearíamos que los responsables dimitieran y que los culpables fueran condenados con rapidez, para descansar a gusto. 

Es la tarea que esperamos de nuestros políticos y de nuestros jueces. Que los unos asuman las responsabilidades que les correspondan y que los otros se tapen la nariz, que se enfrenten al hedor, sin dejar que lo inunde todo, y nos limpien la casa. (...)

Pero nuestras instituciones judiciales y políticas escriben novelones infames en las que los hilos del argumento se pierden en extraños laberintos procesales, los protagonistas se confunden en la mente del lector, sobran personajes y capítulos, los enredos se entremezclan, las pistas se pierden, todo suena a sabido por la reiteración de los chanchullos, pocas veces se llega al final y aún menos al fondo de ningún asunto, nadie se da por enterado de nada y pocos pagan de verdad sus fechorías. 

La acumulación de casos y su similitud son tales que ni los pintorescos nombres con los que son denominados —Gürtel, Campeón, ITV, Nóos, Emperador, Palma Arena, Pokémon, Clotilde, Mercurio, Palau, Pretoria, Malaya, Ballena Blanca, etcétera— sirven para individualizarlos en la mente del lector.

 Hay miles de imputados, cientos de sumarios pudriéndose en los juzgados, nadie devuelve un euro y el conjunto es una novela sembrada de indicios concluyentes de los que nadie saca conclusiones, de acciones sin consecuencias, de responsables que no se responsabilizan de nada y de víctimas impotentes ante la insultante impunidad de los culpables.  (...)

Hoy, esta novela tiene un protagonista indiscutible, el preso de Soto del Real, y los indicios sobre la financiación ilegal del partido del que era tesorero son tan abrumadores que si de verdad fuera una novela no podríamos abandonar la lectura hasta llegar al final, con las dimisiones y condenas pertinentes, que sin duda serían ejemplares.

 Pero aquí nadie escribe el último capítulo y nosotros seguimos en suspenso, sin saber cómo acaba el denigrado protagonista de Desgracia —que, si la traducción fuera fiel, debería titularse Deshonra, por cierto— ni qué tipo de maldición pesa sobre la estirpe de los Buendía. ¿Cómo no van a cundir el cinismo y la desafección?

Estoy convencido de que la mayoría de nuestros políticos son honestos y la mayoría de nuestros jueces, diligentes y capaces. Pero es obvio que algo está fallando. Algo fundamental."                 ( , El País,  5 AGO 2013 )

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