"(...) La devaluación interna ha mejorado nuestra competitividad exterior al
reducir los costes laborales, pero también ha descapitalizado nuestros
activos (que caen en el descrédito por la caída del crédito bancario) y
ha devaluado nuestros recursos productivos, desvalorizando nuestro
capital humano que queda así infrautilizado y subempleado, viéndose
obligado a emigrar en inferioridad de condiciones.
En suma, se trata de
una política de contracción del valor que, aunque parezca un buen
negocio eficaz y funcional a corto plazo de acuerdo a las leyes de la
oferta y la demanda (de ahí el informe de Morgan Stanley: ¡Que viva
España!), en términos políticos supone un error mayúsculo, pues equivale
a malvender y abaratar no solo el despido y los salarios sino a nuestro
propio país. Y lo barato siempre sale caro.
Toda devaluación supone una desvalorización, una infravaloración que
deprecia aquello que minusvalora, condenándolo al desprecio o a la
pérdida de aprecio. Es lo que ha ocurrido con España, cuya devaluación
interna ha coincidido con el ascenso de la corrupción para degenerar en
una devaluación institucional.
Esto ha supuesto para nuestro país la
pérdida de gran parte de su poder blando (el soft power de Joseph Nye),
redundando en el descrédito de la marca España, como pudo verse al
quedar eliminados en la primera ronda de los juegos olímpicos.
Y entre
los múltiples efectos disfuncionales de esta pérdida de atractivo
político del poder blando español destaca el de la progresiva
balcanización de nuestro país, a la que asistimos ante el ascenso de un
secesionismo catalán que ha encontrado razones para despreciar a España
esperando despegarse de ella como hizo Kosovo de Serbia.
El desafecto y desapego de los catalanes tiene una de sus causas en
la devaluación institucional de España. Una desconfianza merecida por la
instrumentalización que las élites políticas han hecho del entramado
institucional español, al que han terminado por deslegitimar y
desacreditar.
De modo que hacen bien los catalanes en desconfiar de una España
devaluada por sus propios dirigentes. Pero por idénticas razones también
deberían desconfiar de la propia Cataluña, cuyo tejido institucional
también se ha visto instrumentalizado, deslegitimado y desacreditado por
la irresponsabilidad y la corrupción de sus élites políticas en la
misma medida que en el caso español.
En realidad, la operación
independencia es una devaluación interna en toda regla, emprendida por
Artur Mas y compañía con la esperanza de quedarse con todo el capital
social de Cataluña S. A. sin compartirlo con sus socios españoles. Pero
al pretender aislarla de su entorno, lo que se ofrece es reducir su
escala política malvendiendo y abaratando unos activos que perderían
gran parte de su valor actual.
Lo cual implicaría una fuerte reducción
del soft power catalán, que desde la economía de escala que se disfruta
sobre la cubierta del portaviones español dispone de mucho mayor
alcance, radio de acción y capacidad de maniobra. Pues no es solo valor
económico lo que se perdería con la independencia sino sobre todo valor
político, que redundaría ineluctablemente en la depreciación de la marca
Cataluña.(...)" (
Enrique Gil Calvo , El País, 29 SEP 2013)
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