"(...) Los trabajadores del Estado español, junto a los del resto de
economías periféricas, se han convertido en una reserva de mano de obra low cost. Como
han señalado algunos autores, el proceso de construcción europea ha
generado una nueva división internacional del trabajo, alimentando una
dinámica colonialista caracterizada por la hegemonía alemana y por la
subordinación de las economías periféricas[1].
Esto es lo que explica que las actuaciones estatales de control sobre
el mercado y de protección de los derechos sociales estén siendo
destruidas al ritmo de los dictados de la unión económica y monetaria.
Cuando las exigencias del proceso entran en contradicción con las
disposiciones estatales en materia de política social, los Estados
periféricos proceden a adaptar sus respectivos sistemas de bienestar,
siempre en el sentido de disminuir la protección de los derechos
laborales y sociales.
El dumping social no sólo no se ha
combatido, sino que se ha fomentado, situando la regulación del factor
trabajo como elemento de competitividad y desencadenando un feroz
darwinismo normativo para reducir los estándares laborales y de
protección social.
La nueva división europea del trabajo explica y promueve la
progresiva destrucción de los modelos sociales estatales auspiciada por
la troika e inmediatamente perceptible en dos ámbitos
fundamentales: la flexibilización de los mercados de trabajo (en
concreto, mediante la rebaja de la tutela de la estabilidad en el empleo
y la devaluación del coste de la mano de obra) y la reducción de la
protección social, en particular de los sistemas de Seguridad Social
(reducción de la cuantía de la pensión de jubilación, reforma sanitaria,
etc.).(...)
Al aceptar los dictados de la troika, las clases dirigentes de
los países periféricos asumen su incapacidad de afrontar un camino
independiente para sus respectivos países y sellan una relación de
subordinación y dependencia semejante a la que se produce en el proceso
de colonización clásico, caracterizado por la desposesión sistemática de
las economías periféricas y la sobreexplotación de sus trabajadores.
No
debemos olvidar que son las clases dirigentes de los diferentes Estados
miembros las que han construido y abonado este modelo de Unión Europea,
bajo cuya intocable legitimidad han resguardado las más impopulares y
duras reformas.(...)
En nuestra opinión, cualquier agenda política que pretenda romper
realmente con el neoliberalismo, incluso en un sentido reformista, debe
plantearse en serio la salida del euro y enfrentarse a la Unión Europea
como tal. Como ha señalado Costas Lapavitsas[2],
la única salida progresista para nuestro pueblo consiste en abandonar
de la zona euro y recuperar el control de la soberanía, en el marco de
un desplazamiento radical del poder económico y social hacia el Trabajo.
Una estrategia que empieza con el impago de la deuda soberana y se
amplía a una salida del euro que permita a nuestro país escapar del
cataclismo de la devaluación interna impuesta por la Unión Europea.
Nuestro país tiene futuro, pero un futuro digno pasa necesariamente por
romper con esta Europa y con las instituciones de esta Europa." (Héctor Illueca y Adoración Guamán, Público, 11/01/2014)
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