"¿Tenía España un problema de competitividad?
Las empresas españolas no: entre 1994 y 2007 la cuota de las
exportaciones españolas sobre el total de exportaciones mundiales se
mantuvo más o menos constante en torno al 1,8%.
En términos comparativos
nuestra cuota exportadora a escala global se ha reducido en los últimos
doce años tan sólo en un 8,9%, mientras que las de las principales
naciones industrializadas, excepto Alemania, lo hacían en una franja del
20% (Francia y EEUU) al 40% (Italia), según el Banco de España. Sí
tiene un problema de competitividad estructural en relación con el
sector energético.
En la actualidad la balanza comercial española, sin
considerar los productos energéticos, tiene superávit. El tradicional
déficit de nuestra balanza por cuenta corriente ha estado ocasionado
fundamentalmente por las importaciones de combustibles y lubricantes,
que en 2012 representaron el 6% del PIB y suponen en la actualidad el
23% del total de importaciones.
La fuerte dependencia energética
exterior de las actividades industriales y de servicios, particularmente
del transporte, y no la evolución de los salarios, es lo que ha
determinado el desequilibrio estructural exterior de nuestra economía y,
por tanto, es clave en la capacidad de reducción de nuestro
endeudamiento exterior, tal como indica el propio Banco Central Europeo.
Una política orientada a reducir la alta dependencia energética,
impulsando las energías renovables (en algunos de cuyos segmentos como
la energía eólica somos altamente competitivos) y sistemas de transporte
de mercancías menos contaminantes que el transporte por carretera, , para mejorar su competitividad estructural. (...)
Sois críticos con los análisis que se basan en los Costes Laborales Unitarios (CLU). ¿Por qué desconfiáis de este indicador?
El hecho de que la cuota exportadora de España a escala mundial apenas
se hubiera visto perjudicada por el aumento de los Costes Laborales
Unitarios (CLU) en nuestro país antes de la crisis, pone en evidencia
que en la competitividad de las exportaciones españoles entran en juego
otros factores además de los precios.
El economista Nicholas Kaldor
evidenció, ya en 1978, que no existía una relación entre la evolución de
los CLU y la cuota de mercado. Los CLU sólo informan sobre la
competitividad-precio de productos estandarizados, pero no aportan
ninguna información sobre las mejoras que se hayan producido en otros
aspectos como la calidad y diferenciación del producto, las estrategias
de internacionalización, la calidad de los servicios de distribución y
venta.
No es que nosotros desconfiemos de ese indicador, es que son
numerosos los estudios, del Servicio de Estudios del BBVA, del Banco de
España, de economistas como Vicente Salas, o Jesus Felipe y Utsav Kumar
del Banco de Desarrollo de Asia que ponen de manifiesto que los CLU
agregados a escala sectorial o nacional no son un indicador correcto
para medir la competitividad de un país.
En España la burbuja
inmobiliaria hizo que el mix tecnológico de producción evolucionara
hacia sectores, vinculados a la construcción, poco intensivos en
tecnología y de baja productividad, elevando los CLU agregados a escala
nacional, pero sin que esto supusiera un empeoramiento real de la
capacidad competitiva de las empresas exportadoras de nuestro país.
Apostáis por el concepto de “competitividad estructural”, ¿en qué consiste?
La competitividad estructural de una economía parte de la consideración
de que, además de a factores internos de gestión empresarial, la
capacidad competitiva de las empresas depende de la estructura económica
de la que forman parte:
1)del tamaño y sofisticación de la demanda
nacional;
2)de las estructuras de las relaciones de producción
nacionales entre diferentes sectores;
3)del tamaño y poder de mercado de
proveedores y clientes;
y 4)de la capacidad de difusión de tecnología.
La competitividad estructural de una economía depende de su grado de
capitalización, en términos de infraestructuras, capital humano, e
innovación tecnológica. Elementos sobre los que la actuación de los
poderes públicos es fundamental.
Si analizamos la competitividad desde
este punto de vista, la reducción de salarios es contraproducente, no
solo reduce la demanda agregada, y su nivel de sofisticación (aumenta el
consumo de productos de menor calidad y se venden menos productos de
marca y tecnológicamente avanzados, que son los que tienen un mayor
valor añadido y, por tanto, los que permiten disputar mayores salarios),
y también genera un efecto de fuga de los trabajadores más capacitados y
cualificados, aquellos que más incrementan el valor para las empresas
que apuestan por la innovación y el conocimiento. (...)
Habláis de mejorar la productividad,
pero también el gobierno y la patronal insisten en la productividad.
¿Habláis el mismo idioma?
Una mejora de la
productividad del trabajo, que es a la que se nos referimos cuando
hablamos de productividad coloquialmente, puede lograrse a través de
tres vías:
1)incrementando la explotación de los trabajadores. Si
tomamos el ejemplo de una empresa de mensajería estaríamos hablando de
la rebaja de sus sueldos o del incremento de su jornada y ritmo de
trabajo;
2)incrementando la relación de capital por trabajador. En el
mismo ejemplo, si la empresa compra una moto a sus carteros les permite
repartir más cartas en menos tiempo;
y 3)imponiendo los precios de sus
productos sobre los clientes, o los precios de los bienes intermedios o
materias primas sobre sus proveedores, esto es, si las empresas son
capaces de lograr derechos de monopolio sobre alguno de estos cinco
activos intangibles específicos: el acceso a la tecnología, los
conocimientos de gestión en equipo, las economías de escala en los
centros de producción, las mejores ideas de comercialización y disponer
de marcas bien conocidas.
En general, las grandes empresas están mejor
posicionadas para lograr dichos derechos de monopolio. Nosotros nos
referimos, evidentemente, a lograr mejoras de la productividad mediante
los dos últimos caminos. (...)" (Entrevista con Bruno Estrada, eldiario.es, 26/01/2014)
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