"(...) En una nueva versión del dicho “se sufre pero se aprende”,
enfoque que tan famoso hizo al doctor infantil Eduard Estivill, la
retórica de la austeridad considera un éxito que las economías
periféricas hayan recuperado sus equilibrios macroeconómicos básicos a
costa de desequilibrar profundamente las condiciones sociales de buena
parte de la ciudadanía. No es la primera vez que escuchamos este
mensaje.
En América Latina y África, donde los programas de Ajuste
Estructural del FMI y del Banco Mundial consiguieron un efecto similar
en los ochenta y noventa, se repitió hasta la saciedad, aunque no fue
suficiente para evitar que su programa básico de reformas, el llamado
Consenso de Washington, terminase desapareciendo por el desagüe de la
Historia.
Haciendo una revisión de estos ya casi
siete años de crisis económica global, los resultados en términos
políticos son absolutamente desalentadores. El sector financiero ha
visto incrementarse su control pero las reformas establecidas para
evitar nuevas burbujas están francamente lejos de ser suficientes.
El
desempleo, la desigualdad y la pobreza se han disparado en prácticamente
todos los países desarrollados y el auge de los emergentes se ve
comprometido por el espejismo que significó su papel de “valor refugio”
durante los años más complicados de la crisis y que ahora se revierte,
generando no pocos problemas monetarios y financieros ante la salida
masiva de capitales que vuelven hacia las economías desarrolladas.
La Unión Europea ha sobrevivido a la fase
más aguda de la crisis, pero los efectos de la misma se notarán durante
mucho tiempo: la desafección ciudadana hacia las instituciones ha
crecido hasta niveles alarmantes y el debate abierto por los
euroescépticos puede, si no herir de muerte, sí generar una enfermedad
crónica al proyecto europeo.(...)
En términos de política económica, el giro dado por los acontecimientos
ha sido espectacular. Entramos en la crisis condenando el exceso de
desregulación en sectores clave de la economía, reclamando una vuelta
del Estado al puesto de mando (recuérdese que algunos pedían “refundar
el capitalismo”), y hemos terminado situando la responsabilidad de la
crisis en el excesivo peso del sector público y en su falta de
dinamismo. (...)
Y sin embargo, y pese a todo, las raíces profundas que han generado esta
crisis siguen presentes en nuestra estructura económica. En su informe trimestral sobre la Eurozona,
la Comisión adelantaba las perspectivas de crecimiento potencial de las
economías del euro para los próximos años y los resultados son
desalentadores.
Mientras que durante el período de 1990 a 2007 el
crecimiento potencial de la eurozona se materializó en un 2% anual, las
perspectivas para la década 2014-2023 lo sitúan en un 1,1%.
El
crecimiento de la productividad (0,5%) se mantendrá, durante la próxima
década, por debajo incluso de los niveles mediocres que se llevan
observando desde inicios de los años noventa (0,8%), agrandando el
diferencial con Estados Unidos, y permitiendo que los países emergentes
se acerquen a las economías europeas. (...)
A largo plazo, como bien explicó el Grupo de Reflexión sobre el futuro de la Unión Europea del 2030,
las perspectivas no son tranquilizadoras. Y sin embargo, Europa se
encuentra exhausta, sin la fuerza, la determinación ni el liderazgo para
acometer las reformas necesarias. (...)" (José Moisés Martín Carretero, Economistas frente a la crisis, 05/02/2014)
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