"Los informes de salud pública de Baltimore lo reflejan como un
problema más. De cada diez habitantes, cuatro sufren sobrepeso, dos
fuman tabaco y uno es adicto a la heroína. En pocos lugares del mundo se
convive hoy con esta droga de una manera tan cotidiana, y quizá no haya otra economía tan adicta al caballo en todo el mundo industrializado.
En
según qué barrios, los niños aprenden desde pequeños a reconocer las
marcas que dejan los pinchazos y los síntomas de quienes están en pleno viaje opiáceo. Hay quien se entretiene fotografiándolos y catalogándolos. (...)
La Agencia Antidrogas, la DEA, habla de 60.000 heroinómanos sobre una
población de 600.000, aunque el doctor Hayes no sabe si dar credibilidad
a la cifra. “Es muy difícil calcular cuántos son y quizá están sumando
gente que no es de Baltimore, sino que viene aquí a drogarse”.
Enérgico,
rondando los sesenta y dotado de un cuello venoso que estira al hablar,
el doctor Hayes le resta importancia a la aritmética. “Da igual el
número, de cualquier manera no se puede discutir que Baltimore es la capital de la heroína. Y la droga está tan arraigada que pasa de una generación a otra, tiene una dimensión cultural”. (...)
Hayes define el problema como una infección. “Nos contagiamos hace 40
o 50 años y, como todas las infecciones que no se tratan correctamente,
ha ido en aumento”. En Baltimore, recuerda, había industria acerera,
fábricas automovilísticas, uno de los principales puertos de la Costa
Este…
“Llegaron inmigrantes de muchos sitios, había mucho trabajo y
dinero. Después las fábricas se fueron para siempre y la heroína ocupó su lugar. Ten en cuenta que la droga es también una forma de vida y un negocio. Aquí nunca se le ha cogido demasiado miedo”, dice.
Baltimore
es hoy una ciudad pobre, con un 63% de población afroamericana,
altísimas tasas de crimen y desempleo y un nutrido historial de
disturbios raciales. Como en otras muchas ciudades desindustrializadas de EEUU, los ricos han huido a las zonas residenciales o han emigrado. El consumo de heroína, sin embargo, no está en absoluto segregado. (...)
Cientos de personas acuden a los llamados “mercados de la droga al aire
libre” desde otras localidades de la zona o desde los barrios pudientes.
Dinero no falta. El estado de Maryland, que acoge muchas de las mansiones del poder político y económico que gravita en torno a Washington D.C., sostiene de hecho la mayor renta per cápita del país. La Casa Blanca se encuentra a menos de una hora por carretera. (...)
“He vivido en muchos sitios difíciles y esto es lo peor que he visto nunca. En esta acera hay tiros todas las noches, la gente muere ahí delante, como perros; son niños armados, a todas horas”, dice el trabajador de una tienda de comestibles situada en la propia avenida, un hombre joven, originario de Yemen. (...)
En Baltimore, el 35% de la población recibe cupones de comida para alimentarse y en las calles adyacentes a Pennsylvania Avenue se concentra buena parte de los 220.000 vecinos que dependen de los subsidios. (...)
De acuerdo con Thomas H. Carr, director del programa High Intensity Drug Trafficking Area (HDTA), el grueso del envío está hoy en manos de grupos como La Familia Michoacana o El cártel de Sinaloa,
que mantienen acuerdos con bandas locales para asegurarse la
distribución. “Hemos detectado todo tipo de modalidades de envío: en
contenedores por el puerto, por carretera e incluso por carta
certificada”, comenta.
En principio, la heroína es una droga de pobres y en Baltimore, su capital, se puede conseguir un viaje de ocho horas por unos pocos dólares.
La tolerancia de los adictos, sin embargo, va creciendo
exponencialmente y muchos acaban necesitando dosis salvajes. Y ya no
para colocarse, sino simplemente para no sufrir la tortura del mono.
Amy,
una de las nuevas pacientes del doctor Hayes, reconoce que ha estado
gastando últimamente 300 dólares al día. “Son 100 por la mañana, 100 a
mediodía y 100 por la noche. A veces lo pienso y podría haberme comprado una casa”,
cuenta a este diario. A los 21 años, Amy empezó a tomar percocet
(medicamento opiáceo) en el instituto.
“Luego me pasé a la heroína, que
era más barata y más intensa. Mi novio y yo nos pasábamos todo el día
consiguiendo dinero para meternos. Yo hacía striptease…”, dice dejando la frase en suspenso, justo antes de que le suministren la primera dosis de vivitrol (similar a la metadona). Es la segunda vez que intenta desengancharse. (...)
Baltimore lleva décadas siendo la capital de la heroína y la industria
está imbricada en la economía de la ciudad, hasta el punto de que hay
quien se cuestiona qué ocurriría si desapareciese de la noche a la
mañana. “Mucha gente vive de ello, no tiene otra vía de ingresos”, reconoce Hayes. El dinero de la droga se filtra a todos los sectores, desde la restauración hasta la construcción.
Y por grotesco que resulte, el resurgir del caballo
que está experimentando Estados Unidos es una buena noticia para
algunos padres de familia en barrios arrasados por el paro y la
delincuencia, donde ahora reciben un nuevo tipo de cliente procedente de la periferia. (...)
Sucede que el mapa de las adicciones de EEUU está cambiando, al menos en números relativos. Así, mientras el consumo de cocaína cayó más de un 40% en la última década, la heroína ha aumentado alrededor del 50%
en el mismo periodo. Sin exagerar. Aunque es innegable el cambio de
tendencia, sigue habiendo 4 millones de consumidores de cocaína frente a
300.000 adictos a la heroína. (...)
La heroína transitó por un camino distinto, destaca Kleiman. Y su resurgir actual está condicionado por una adicción previa a los opiáceos legales,
medicamentos de venta en farmacias cuyo consumo se cuadriplicó entre
1997 y 2007 y cuyas sobredosis provocan la muerte de unas 30.000
personas cada año en el país. Aún hoy, tras restringir severamente su
uso las autoridades, EEUU consume el 80% de los fármacos a base de opio que se fabrican en el mundo, así como el 99% de la hidrocodona, un derivado sintético. (...)
“Lo que ocurrió es que mucha gente se enganchó en la farmacia, con receta, y cuando se lo prohibieron se pasó a la heroína.
Esto explicaría por qué está apareciendo esta droga en zonas del país
donde antes nunca había llegado, en ocasiones en pequeñas poblaciones
rurales apartadas de las grandes ciudades”, dice Kleiman. Algunas de
estas poblaciones no están lejos de Baltimore.
El doctor Hayes confirma el diagnóstico. En su clínica recibe cada vez más gente proveniente de zonas rurales. “Muchos son rednecks (paletos)
que se han enganchado a pastillas que les recetaron porque les dolía
algo. Durante años proliferaron clínicas especializadas en el dolor que
administraban opiáceos sin control. Hay que decir que se abusó mucho
porque era un gran negocio.
Llegabas con artritis o un dolor crónico y te recetaban opiáceos potentes. Pagaba el seguro médico.
Cuando los estados empezaron a controlarlo, mucha gente estaba ya
enganchada y se pasó a la heroína, que es más barata. Es gente que no
empezó a drogarse por diversión y que, aquí en Baltimore, encuentra
fácilmente lo que anda buscando”. (El Confidencial, 28/02/2014)
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