"Si hubiera sucedido en Alabama, Estados Unidos, de seguro
ocuparía página de los diarios y sería noticia en más de un telediario. Pero
ocurrió en Valencia en día tan significativo como el 14 de abril, por tanto
cabe deducir que debe pasar por la censura social que ahora domina los medios,
y podría asegurar que pocos, muy pocos, se enteraron de la impresionante
historia.
A las 10 de la mañana un individuo al que imagino de buena
planta –era un tirador olímpico veterano–, algo excitado, se presenta en la
recepción del hospital valenciano de La Fe. Es jornada festiva en Valencia,
lunes de Pascua. El hombre aborda a la chica que está en la recepción y le dice
escuetamente: “Me llamo Antonio Temprano García y quiero donar todos mis
órganos”.
No hace falta mucha imaginación para contar la reacción de la
empleada que se limita a extenderle un cuestionario de “donante de órganos”.
¡Qué otra cosa iba a hacer! Pero todo se transforma cuando Antonio Temprano
añade: “Quiero hacerlo rápido porque me voy a suicidar”.
No tengo el más mínimo interés morboso por esta historia que
trasciende los llamados sucesos habituales, pero me gustaría saber qué pasó
desde ese momento. Si Antonio tiene fijada su presencia en el hospital de La Fe
de Valencia a las diez de la mañana, en día festivo, qué ocurrió después hasta
que se metió en los lavabos y se descerrajó un tiro pegado a la barbilla, en la
ingenua creencia que sería menos letal para los extractores de órganos.
Lo hizo
con una Magnum 9 mm Parabellum; con esa arma letal debió quedar hecho un
cristo. (Agradezco a la gentileza profesional de Vicente Useros, de El Mundo en
Valencia, algunos datos sobre el caso).
Lo que no sabía el voluntarioso Antonio Temprano, 43 años, es
que el suicida representa un problema difícil para los recuperadores de
órganos. El suicidio exige el trabajo posterior de un forense y por tanto
muchos órganos vitales quedan inservibles. O eso dicen. Pero hasta aquí llega
el incidente, luego viene el drama.
Antonio Temprano García llevaba parado un
año y medio, y todas las glorias locales que le había deparado ser un tirador
de pistola olímpico, tener una esposa médico, dos hijos –una con problemas,
hidrocefalia–, una sociedad complaciente cuando vas de triunfador, aunque sea
local, se transformó probablemente en una pesadilla. De vivir en La Nucia,
junto a Benidorm, se trasladaron a Valencia donde su esposa consiguió trabajo
en el hospital de Torrent-1, de médico de familia.
Se sentía un hombre de más, que vivía de su mujer y que tras su
experiencia en Alicante vinculado a las ambulancias y algunos trabajos
eventuales, no lograba salir del círculo vicioso del paro. Y el paro,
convendría explicárselo a los expertos económicos, es un virus que a los
trabajadores dignos, como con toda seguridad debía serlo Antonio Temprano, les
produce una angustia irreversible y permanente, que empieza en la depresión y
acaba en no se sabe dónde.
Depende de la dignidad, el aguante y la resistencia
de la víctima. Recuerdo a un matarife empresarial, un tal Feito, que decía que
un trabajador en paro debía ir a Laponia si allí le ofrecían un trabajo. A esta
gente asentada deberíamos tener el derecho a denunciarla ante los tribunales
por terrorismo social. Son delincuentes con buenos letrados, como los grandes
del mundo mafioso. Sus hijos, no digamos él, jamás irán a Laponia; no saben ni
donde queda.
El titular es sencillo por más brutal que parezca. “Un hombre
desesperado opta por suicidarse para no seguir siendo una carga familiar”.
Resulta un poco largo para los cánones del oficio periodístico, pero se podría
arreglar hasta hacerlo comprensible. ¡Y la dignidad del suicida!
Por qué le
quitamos ese gesto definitivo de humanidad; que sus órganos sirvan para otros
que lo necesiten. Cosa que no harían ni el señor Feito, ni la patronal en
pleno, no digamos Bárcenas, Blesa, Rato o Millet, que a buen seguro dispondrán
hasta de panteón en cementerios de postín, y rogatorias y misas y triduos y lo
que haga falta. (...)
¿Por qué no sacamos del armario a los suicidas? En vez de
sentirse orgullosa del gesto temerario del marido, la esposa de Antonio
Temprano, la doctora Eva Llovet, ha hecho un esfuerzo suplementario por
inventarse una muerte del marido que encajara con lo que la vida social exige.
Lo entiendo, incluso lo disculpo, pero eso debe terminar.
Si mis amigos, mi
mujer o alguno de mis hijos tomara decisión tan trascendental como matarse con
una causa tan obvia y tan desesperada como es no poder vivir con dignidad en la
sociedad que nosotros les hemos creado –la misma que se niega a mirarse en el
espejo de sus medios de comunicación– habría que sentirse orgullosos de su
valor.
Porque la dignidad exige redaños, el servilismo no los necesita.(...)" (El suicida generoso,
Gregorio Morán, Si Permiso, 27/04/2014)
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