"(...) Tres décadas después, y aún caliente su proclamación, el Rey Felipe
ha recibido durante el fin de semana los consejos, por no decir las
instrucciones, del presidente Mas, del conde de Godó y de Juan Luis
Cebrián para que vaya más allá de la Constitución y facilite una
solución para el conflicto creado por el nacionalismo catalán.
Lo
puramente extraordinario es el carácter exhibido y desacomplejado que
han tenido estas intervenciones políticas y periodísticas, tendentes,
como entonces, a que una fuerza superior obligue a los demócratas y
sitúe la resolución de una crisis política al margen de la Constitución.
Los prohombres citados y el inmoral ambiente que los empuja no solo
hacen como si desconocieran las elementales limitaciones de la monarquía
parlamentaria y las abruptas lecciones españolas sobre la entrada de
los reyes en política; es que están diseminando la convicción falaz de
que el problema nacionalista es demasiado importante para la vulgar
democracia.
Se trata, probablemente, de la más grave consecuencia hasta
ahora detectada del sostenido jugueteo de todos estos años con los
llamados derechos históricos y esa prístina legitimidad del autogobierno
de algunas comunidades que no encontraría acomodo en la legalidad
constitucional y en la igualdad de todos los ciudadanos; y emparenta
fatalmente la naturaleza anacrónica de la monarquía con la del
nacionalismo, cuya intimidad con la democracia es la misma que la del
axioma.
En la activa discusión sobre la monarquía de estos últimos meses se
ha invocado la necesidad de que la institución observe una conducta
transparente. El propio Rey se refirió a ello en su discurso de
proclamación.
Cabe esperar que no se limite a la distribución de sus
asignaciones presupuestarias. Por más que algunos de los que han
reclamado tan enfáticamente la transparencia le demanden ahora un
inusitado ejercicio de opacidad constitucional y política." (EL MUNDO 24/06/14, ARCADI ESPADA, en Fundación para la Libertad)
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