" (...) Desde 2011, todos los barómetros apuntan una gran insatisfacción tanto
hacia el Gobierno como hacia la oposición, la cual pasa a evolucionar en
caída libre desde entonces.
Hasta hace poco, el líder de la oposición, Pérez Rubalcaba,
inspiraba menos confianza que el propio presidente del Gobierno.
Además, existe la percepción de que, tutelados desde Europa, no hay
margen para aplicar políticas económicas diferentes gobierne quien
gobierne. El cortafuegos a la insatisfacción política que supone la
alternancia ya no opera como en los 90.
Mientras, el cuadro de desafección en España ha mutado. Todas las
encuestas señalan que la insatisfacción con la política bate récords
pero, a la vez, el interés por la política se ha disparado.
Desde el
15-M hay un relato que parece calar: la crisis ha supuesto la quiebra de
las expectativas de toda una generación, la cual no se siente
representada. Esto, sumado a la rigidez de las organizaciones, que se
han resistido a abrirse a la participación ciudadana, indica que los
grandes partidos habían calculado mal el umbral de tolerancia de los
votantes.
Además, los estallidos de corrupción, casi concurrentes con la
llegada de la crisis, se han sumado al cóctel. La corrupción no es
nueva en nuestro país, pero los excesos de la burbuja inmobiliaria han
pasado factura. Hay una menor tolerancia ante los escándalos y las
diferentes redes de clientelismo se han empezado a descomponer.
Ante estos factores, había condiciones estructurales que permitían la
emergencia de un movimiento político anti-establishment en España.
Había una ventana para emprendedores políticos con ambición. Esto
finalmente ha cristalizado en Podemos que, lejos de ser un fenómeno
transitorio, ha venido para quedarse.
Podemos crece desde la centralidad
de la izquierda, atrae votantes de mediana edad y atrapa esencialmente a
socialistas desencantados, pero también a votantes de Izquierda Unida,
votos protesta procedentes del centro y abstencionistas crónicos. Esto
sugiere que nos movemos hacia un escenario tripolar a la italiana: con
dos bloques a derecha e izquierda muy igualados con un Podemos
claramente contrario a ambos.
No sabemos si este partido podrá hacer
sorpasso a alguno de los mayoritarios, pero está claro que recibe el
aliento de corrientes de fondo que estaban en otros países cuyo sistema
de partidos se desmoronó. (...)
A los partidos clásicos sólo les queda intentar minorar el golpe y ver
si en el nuevo ciclo sabrán adaptarse al varapalo que les llega desde
las urnas." (Pablo Simón , El Mundo, 16/11/2014)
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